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Este extraordinario poema nos traslada a la España rural de la siega y la trilla

Estos son los versos del cantautor cacereño Luis Pastor que te harán retrotraerte a la época en que no había tractores ni cosechadoras y la mies se recogía a mano.

El mundo rural, y en concreto la época de la recolección del cereal, ha sido narrada por innumerables poetas y escritores a lo largo de la historia. Desde los grandes clásicos del Siglo de Oro hasta los más actuales escritores han loado las maravillosas estampas que la vida en el campo ha dejado para la posteridad. Uno de los poemas que mejor lo retratan tiene por autor al cantautor cacereño Luis Pastor.

Este artista, nacido en Berzocana (Cáceres) en 1952, tuvo en su pueblo una infancia feliz que transcurrió apaciblemente entre la escuela, la plaza, la iglesia, la calle, el campo y los amigos, algo que relata a la perfección en su poema ‘Vengo de un tiempo de cerezas’.

En él, ahonda sobre la vida en el mundo rural, en el día a día, en las oportunidades que éste ofrece para vivir en tranquilidad absoluta, ganándose el pan con honradez y esfuerzo… y especialmente se centra en la época de la siega que precisamente se llevaba y se lleva a cabo en estas fechas.

Antiguamente, la cosecha y la posterior trilla de la mies recogida, era una de las labores más duras que del campo, ya que se tenían que segar los campos a mano con la ayuda de una hoz, transportar el cereal hasta la era, pasar la trilla y, tras ello, lanzar al viento con ayuda de horcas la materia vegetal para lograr separar el grano de la paja. Esa era una labor muy dificultosa pero gratificante, ya que con ella se ganaban el pan del resto del año.

A continuación compartimos los versos de ‘Vengo de un tiempo de cerezas’ que te trasladarán a la España de los años cincuenta.

Los versos de ‘Vengo de un tiempo de cerezas’

Yo vengo de un tiempo de cerezas

De la espiga del viento y de la hoz

Mapa que retiene la memoria

Como una fotografía en blanco y negro

Yo vengo de un tiempo que me nombra

Con espada de madera y crucifijo

En la escuela se cantaba el cara al sol

Y en la calle a Molina y Joselito.

Era el tiempo de ser niño.

Por la dulce voz, por el agudo grito

La calle una plaza abierta.

La plaza un planeta unido.

Con calles a muchas puertas.

Casas de abuelos y de primos

Era el tiempo del caballo y de la yegua

De los cerdos, las gallinas y los nidos

Y el huerto con todos sus manjares, olores y sabores

Que mi padre labraba, artesano del surco.

Escultor del manzano y de la higuera.

Sabio en su oficio, dueño de la hazada y la guadaña

Gigante humano domando la tierra

Era el tiempo de la era y de la trilla.

Campanas y cigüeñas. Paraíso del pobre.

Pan y espigas

Era el tiempo del trino y el jilguero

Cantaor de coplas, ruiseñor de sueños

Era el tiempo de la radio y de los rezos

De las tristes procesiones para muertos

De los muertos tan cercanos a la era

De los lobos y bandidos por la sierra

Era el tiempo de los juegos en pandilla

De la comba, de la piedra,

Del pinchete, de la pídola

Y el verano, como un año al sol entero

Con siestas en la manta por el suelo

Era el tiempo de la madre y sus caricias

De su dulce voz, de sus ojos dulces,

De su tierna risa

Del abuelo y su secreto de tristeza

Que ahogaba cada noche con vino de taberna

Era el tiempo de la pana y los remiendos

Del café de estraperlo,

De la sopa de tomate y de patata

Del pecado que mata.

Del miedo, del castigo y del perdón

Era el tiempo de temer a Dios.

– ‘Yo vengo de un tiempo de cerezas’, Luis Pastor –

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