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Este es el emotivo poema que homenajea el arduo trabajo de los rehaleros

Un cazador dedica un bello poema a los rehaleros, loando su trabajo y acordándose de muchos de los que ya no están. Se trata de un precioso homenaje al mundo de la rehala.

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Un rehalero y sus perros. © JDG

La rehala es un apasionante mundo pero a la par exigente por la dureza de los terrenos en los que se caza a pie, por los kilómetros que se recorren, por el especial cuidado con el que los rehaleros cuidan a sus perros y por el peligro al que se enfrentan cada jornada. Por esos y por muchos otros factores, un rehalero debe enfrentarse a sus propios miedos para salir airoso de los envites de esta apasionante modalidad cinegética.

Es lo que ha querido reflejar el cazador Guillermo Gutiérrez, que ha escrito un bello texto que ha dedicado a todos sus amigos rehaleros de Fuencaliente, en la provincia de Ciudad Real, una de las cunas monteras de nuestro país. En él, habla de la dureza que atraviesan a lo largo del día de caza y de cómo se sobreponen a las adversidades. Este es el texto:

Fuencaliente, cuna de grandes perreros, hoy dedico esta poesía a Lucio, Antonio Modesto, al Rubio, Jesús María, Manolo…

Hay un rico olor a migas, entusiasmo de montero y una alegre algarabía. De un elegante sombrero van saliendo papelillas que repartirán los puestos y las armadas del día. Estamos en el sorteo de una nueva montería. Con los cazadores prestos para iniciar la batida, es cuando los podenqueros le dan suelta a la jauría en un intenso momento. Alma de la cacería y oficio de sentimiento.

¿Para qué la puntería del tirador más certero si no levantaran reses los incansables podencos? ¿Y la caza? ¿Qué sería si no fuera por los perros y la entrega desmedida del fervoroso rehalero? A las órdenes del guía van los podenqueros nuevos con poca veteranía. Los rehaleros más expertos casi no los necesitan por llevar ya tanto en esto. Con palmas, con gritería, sin escatimar esfuerzos baten cada serranía entre el matorral espeso.

Tronchan jaras por umbrías, por barranqueras, por cerros y hasta se juegan la vida por las fragosas pedrizas en las que falta el aliento. Con el primer tiroteo, los cazadores se animan y alientan a los sabuesos para que sigan y sigan. Pero el instante más tenso y el de más adrenalina es cuando topan de lleno con un guarro de esos viejos de poderosas cuchillas. Es el lance más tremendo y el de mayor osadía, donde hay que tener arrestos, entereza y gallardía para enfrentarse con ellos.

Primero agarran los perros y después, con valentía, el rehalero con dos h… le clava el cuchillo entero al guarro en la paletilla. Estos lances tan violentos suelen dejar perros buenos con gravísimas heridas, cuando no terminan muertos. Pero lo que sí es cierto es que, si le queda vida, se echará su dueño al suelo para coserle las tripas y entrará al monte de nuevo con su perro a las costillas.

Cuando la caza termina, hay muchos perros de menos que, seguro con la bicha se fueron al mismo infierno. Todos buscan las judías mientras él busca sus perros, lanzando una melodía con su caracola al viento. A pesar de su maestría, no van todos al encuentro. Y con la luna encendida y doliéndole los huesos, se dice pá sus adentros: hoy no paso más fatiga, mañana vengo a por ellos.