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¿Por qué todos deberíamos combatir el animalismo?

Impecable reflexión de Jesús Caballero sobre la amenaza que supone el animalismo para la conservación de la naturaleza y del peligro de que su ideología cale en una sociedad urbana incapaz de percibir la amenaza que supone.

Manifestantes en la multitudinaria manifestación de cazadores del pasado 20 de marzo en Madrid.
Manifestantes en la multitudinaria manifestación de cazadores del pasado 20 de marzo en Madrid. © Ángel Vidal

Sin duda, la gran amenaza para el futuro del cazador es la expansión de la ideología animalista. Con el ecologismo científico se puede pactar, de hecho lo hacemos, pero con aquellos que piensan que la naturaleza se gestiona protegiendo al individuo el consenso es imposible, pues es desconocer que los ecosistemas de este planeta se basan en la heterotrofia y que para que un sistema biocenótico no colapse es inevitable el sacrificio individual. Partiendo de premisas viciadas, como lo hace esta emergente ideología, no pueden concluirse nada inteligible. La naturaleza no es un ente armónico sino un sistema dialéctico en constante lucha, y entenderlo de otro modo es un delirante trampantojo de la realidad.

La naturaleza, amigos, no es igualitaria, ni complaciente ni justa, es cruel con el distinto, xenófoba, infanticida e implacable con el herido y el enfermo. Es decir, no es el modelo de convivencia que algunos pretenden

El animalismo ha terminado por crear y creer en un ‘Matrix natural’ donde las cosas parecen acontecer bajo la armoniosa ética de la corrección política en un desquiciado delirio naïf que, sin embargo, tiene niveles de aceptación inesperados por su vocación apostólica aunque supure un odio feroz contra todo aquel que discuta su delirante visión del mundo, feble revisión del mito de la naturaleza donde ésta aparece como un paraíso perfecto, armónico y cereal donde el dolor y la muerte se omiten, olvidando que la naturaleza es heterotrófica y, por tanto, unos individuos deben comerse a otros o esta colapsaría.

Era previsible que, por su perfil ideológico, los animalistas estén blindados a la evidencia. La ecología positiva, la científica, considera que el fundamento de la conservación de la naturaleza empieza por la preservación del medio, es decir, primero el espacio, luego la especie y por último el individuo, pero aceptando que para que el sistema se mantenga es imprescindible el sacrificio periódico y constante de estos como ineludible combustible del sistema. La naturaleza, amigos, no es igualitaria, ni complaciente ni justa, es cruel con el distinto, xenófoba, infanticida e implacable con el herido y el enfermo. Es decir, no es el modelo de convivencia que algunos pretenden, como si fuera un ens perfectum dotado de inteligencia propia donde el ser humano es un intruso. El cazador, por ser el único predador racional de este planeta, tiene la obligación de ser ecologista, es decir, proteger los espacios y la especies pero aceptando necesariamente el sacrificio individual como parte ineludible del sistema. Por eso un buen cazador debería combatir al animalismo. 

El cazador, por ser el único predador racional de este planeta, tiene la obligación de ser ecologista, es decir, proteger los espacios y la especies pero aceptando necesariamente el sacrificio individual como parte ineludible del sistema. Por eso un buen cazador debería combatir al animalismo. 

Sin embargo, la sociedad occidental excedentaria, caprichosa y alejada de la realidad natural ha terminado cosificando la flora y la fauna imaginando que vive en un mundo virtual donde las cosas suceden como suponen sus emociones. Su ceguera sería insignificante si no fuera porque aspiran a ser los lazarillos de un colectivo urbano tan alejado de los principios naturales que no ve peligro en la ingenuidad de estos principios.

Vivimos momentos líquidos. La razón compite en igualdad de condiciones con la ocurrencia. No deberíamos descartar ningún escenario. La broma hace tiempo que dejó de serla.