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Cómo mejorar en tus lances a la caza menor (conejo, perdiz y liebre)

Si quieres mejorar tu acierto en las jornadas de caza menor, a continuación compartimos algunos sabios consejos que te ayudarán a no volver 'bolo' a casa.

Conejo, perdiz y liebre.
Conejo, perdiz y liebre. © JyS

Habiéndose cumplido ya más de un mes de un mes de caza menor en la mayoría de provincias españolas probablemente habrás tenido tiempo de salir a cazar con mayor o menor acierto. En cuanto a esas piezas que te han dejado con un palmo de narices te diremos que no eres el único al que le ha sucedido. Es normal fallar, pero seguro que con algunos de los consejos y anécdotas que compartimos a continuación aprenderás a enmendar los errores o, al menos, a encajarlos mejor.

Perdices: siempre un paso por delante

El tiro fuera del monte no es complicado: dispararás sobre perdices con un vuelo lineal y predecible. Sólo con fuertes rachas de viento deberás correr la mano con mayor generosidad.

El gran problema es la larga distancia a la que, entrada la temporada, deberemos apretar el gatillo. Chokes cerrados de hasta una estrella con cargas de 34 gramos del 6 no son ninguna locura en esos cotos con escasas y bravas patirrojas ya tiroteadas. En estos casos también debemos adelantar bastante el disparo… sin olvidar que es mejor no accionar el gatillo que dejar pinchada una pieza que volaba fuera de tiro.

Que no te engañen las distancias

No te confíes con esos tiros desde lo alto: las distancias se calculan peor y es habitual dejar los plomos bajos, descargando además sobre perdices que en realidad van demasiado largas. Es la razón por la que en estos cazaderos el porcentaje de piezas alicortadas es bastante elevado.

Conejos: mantén las distancias

Con esta especie suelen realizarse numerosos disparos precipitados y sin dominar la distancia, sobre todo en las primeras jornadas. Debemos templar los nervios. Es raro que todos los conejos exijan un disparo a tenazón, y en ese caso lo mejor será dejarlo marchar, ya que si es demasiado cercano lo más probable es que no podamos aprovechar su carne. Debes dejarles cumplir, enderezar su huida para esperarle en ese hueco que has detectado con el rabillo del ojo y así abatirle adecuadamente. Los que se arrancan a media distancia dan tiempo suficiente para encarar y apuntando poco más por delante de la cabeza podremos abatirlos de manera certera. Nada de repetir disparos sin sentido, apenas sin apuntar, o estarás haciendo oposición para dejar escapar la mayoría de ellos. En cuanto al arma, utiliza aquella con la que estés familiarizado en tus jornadas de menor, con chokes de 3 estrellas en semiautomáticas y 2 y 4 en paralelas o superpuestas. Si no son intercambiables y a priori se antojan demasiado ‘cerrados’, opta por cartuchos con plomos del 7 u 8 y 34 gramos.

Liebres: afina tu puntería

El tiro clásico con la rabona es el de nalgas, con ella alejándose de nosotros: la norma general es apuntar a las orejas, aguantando esos primeros saltos descontrolados hasta que las separa del cuerpo, buscando no quedarse atrás y acertar en la ‘chola’ como zona más vulnerable. Nunca debemos ensayar con estas piezas en lances lejanos: sólo lograremos herirlas y no cobrarlas. Otra cosa son los lances cruzados o semicruzados: ahí lleva al descubierto la ‘caja de cambios’ y tres o cuatro plomos bien encajados la voltean con autoridad dejando ir la escopeta un poco por delante de ella.

Potencia para frenar a la rabona

El uso de los cartuchos de gramaje alto sólo lo justifican las ganas de revolcar lo que ya va ‘traspuesto’ y fuera de rango, y ni eso consiguen. Cargaremos 30, 32 o máximo 34 gramos si nos gusta jugar duro. La caza tiene su distancia y su ética. Teniendo en cuenta que la mayoría de los lances se decidirán en distancias cortas o medias, un choke abierto de tres o cuatro estrellas –o más– irá bien.

La anécdota

Es uno de los lances más surrealistas que he vivido. Me encontraba cazando en Toledo, en un coto salpicado de retamas y tomillos. En un momento dado se arrancó un conejo a pocos metros de mí. No tenía mucho tiempo antes de que se esfumase entre la vegetación, así que abrí fuego en dos ocasiones y fallé. Al realizar el segundo disparo, una perdiz inició su vuelo por sorpresa a unos 40 metros de donde yo me encontraba. Me quedé observándola con la escopeta descargada y vi que volaba en mi dirección de una forma extraña. Sin esperarlo, se desplomó a mi lado muerta: los plomos que envié al conejo la habían alcanzado a ella sin pretenderlo.