Sopas de ajo

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Ángela

Ángela Medina – 5/12/2017 –

Los de mi quinta hemos crecido aleccionados por el miedo, el de un maestro socorrido por la vara, un cura prometiéndonos arder en los infiernos y una madre sin más argumento que porque lo digo yo. Aprendimos a fuerza de palos. Pero a pesar de acostarnos calentitos, de ése dios que todo lo ve, amenazante y justiciero… no nos fue tan mal.

De chico yo tenía dos fantasmas, uno vivía al fondo del pasillo. Cada vez que se apagaba la luz corría tras de mí para arrastrarme hasta el averno. Yo sentía su zarpa siempre a punto de alcanzarme. Y lo que era peor, nunca me alcanzaba, se quedaba allí… esperando. El otro se acostaba conmigo. Yo lo aguardaba con los ojos abiertos, dispuesto a retarle, pero me pillaba siempre descuidado vencido por el sueño. Cuando despertaba ya se había marchado dejándome empapado en un charco de orina y con el rabo entre las piernas. Yo tenía ya 8 años.

Una Pascua me mandaron a casa de los abuelos a pasar las vacaciones, un casutón en el campo que olía a potaje de puchero, sin más quehacer que apedrear gallinas o subirme a los tejados. Dormía en una vieja cama de hierro con bolinches dorados pulidos con sidol, en un colchón de lana y sobre un tapete viejo de hule… por si acaso.

-Aquí te dejo el perico galán. Por si te entran ganas.

La abuela María me metía un orinal desportillado debajo del somier.

-Tú lo que tienes que hacer es comer muchas sopas de ajo, ya verás que pronto se te curan esas flojeras.

Y todas las noches, todas, cenábamos sopas de ajo. Mientras la abuela migaba el pan, de esos grandes y redondos que llaman de hogaza yo majaba el ajo, repicando en el mortero.

-Venga a comer, que ajo hervido ajo perdido.

En la mesa se hablaba poco.

-Mañana si no llueve me voy de caza. Me llevo al chico.

-Al chico no se le ha perdido na en el campo.

-El chico se viene conmigo y no hay más que hablar.

Yo sorbía las sopas atrincherado detrás del tazón a salvo de aquel fuego cruzado, la moquilla a punto de caerse que la abuela me limpiaba con la punta del mandil siempre en el último momento.

-Un día de estos cojo el portante y no vuelvo.

-No vuelvas.

-Ya me está subiendo la tensión. A ver si pego un trueno y te quedas a gusto.

-Más vas a perder tú.

La abuela se metía en la cama con un pañuelo mojado en agua de colonia atado a la cabeza. Desde el cuarto nos llegaban los suspiros de su alma que se entregaba ya a Dios, casi agonizante.

-¡Ay virgencita, llévame contigo!

El abuelo no se estremecía. Tenía muchos tiros pegaos.

De madrugada cogimos el petate y subimos en la moto, yo, el abuelo y Manolo, el perro.

-Vamos a coger esa sementera que está al abrigo, a la perdiz le acobardan los hielos. Estas de por aquí son mansas porque no están hostigadas. ¿Llevas frío galán?

Iba sudando.

-¡Míralas! ¡La madre que parió al perro, ha echado un bando en aquellos mojones ¡Chile! Joputa ven aquí que te voy a capar. Han volado a aquel alto.

Si aquellos pájaros que volaban a tomar por saco eran perdices, muy tontas tenían que ser para dejarse cazar por un viejo.

-Tú vete por esa orilla, vamos a ir dándole la vuelta al cerro, así si te sale alguna me la echas que conforme está la mañana apeonan poco.

Estuvimos andando más de una hora, hasta que en una solana se levantó una perdiz. El abuelo se giró y esperó a que sentara la arrancada. Al poco aquel pájaro hizo un quiebro y mudó el vuelo. Iba tocada.

-Ha caído en aquel risco. Mira, el perro va loco, ya le ha dado el humo.

Mientras nos arrimábamos a la señal me iba dando lecciones de maestro.

-Si alguna vez te sale un bando no apuntes a bulto, le pones la mirilla a una sola y le apuntas al magín. Si te sale de alto en bajo, le pones el punto en los remos. Y si te sale al hilo, le encañonas el faldón, que no falla… ¡Tráela bonito, tráela! Buen chico. ¿Llevas gana?

Nos sentamos al abrigo de una reguera y sacamos la merienda.

Aquí hay buen temple, el tiempo está de arriba, viene siero. Toma come.

Mascamos en silencio, sin terciar palabra, de cuando en cuando le echábamos un cacho al perro.

-Cuando yo tenía tu edad también me orinaba. Mi madre, tu bisabuela, me mandaba a la escuela con los calzoncillos mojaos… los chicos se reían de mí y me llamaban culocalao. Eso el día que no me calentaba con la zapatilla o tendía las sábanas en lo alto del cabañal. ¡Como si pasando vergüenza se me fueran las ganas!

 Me miró de frente y me sonrió con una sonrisa triste.

-La bisabuela tenía ese genio. Una noche me acosté tan acobardao que para no orinarme me até la cola con un hilo y me quedé dormido. Estuve a un tris de la muerte.

Me volvió a mirar con aquellos ojos pardos.

-No te hagas mala sangre galán. Por eso no se es menos hombre ni se pierde honra. Cuando menos lo pienses, se irá.

Se levantó de una y se sacudió las migas mirando al sol.

-Venga perillán, estas están ahora en el barranco.

Nunca después, en los años que siguieron, la caza me supo tan dulce.

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