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Recaza - El blog de Jesús Caballero

A estas alturas de mi vida, satisfechas todas mis vanidades cinegéticas, estas nostalgias se revelan como una manera de endulzar los desastres que acompañan a los venenos líquidos de la edad que diría Gamoneda. Qué gran cosa la memoria cazadora ¡y qué balsámico el inesperado milagro que acontece al reubicar nuestras nostalgias!

Un cazador sostiene una becada. © Israel Hernández

El fin de la vendimia es para mi tribu el prólogo natural para apertura de la veda. Los indígenas de estas planas tierras cereales esperamos al tímido sol del membrillo para dar inicio a esa ceremonia rural que es la colecta de nuestra brava fauna municipal. Estas zoologías silvestres y comestibles fueron epicentro cinegético del adusto paisanaje que habita estos yermos páramos donde es cultura renovar los votos de pleitesía con la ‘pobreperdiz’, la emérita reina que agoniza arrastrando con ella a la singular milicia que la venera. ¡Qué distinta la cosecha a mano de esta indomable superviviente en comparación con esa impúdica pantomima de esos ojeos por aspersión con domésticas sucedáneas! La caza a rabo en estos humildes cotos locales permite cosechar alguna de estas perlas con decencia.

Decía Umbral que envejecer es ver cómo las cosas se alejan. Cierto es, lo hizo ya el paisaje y ahora lo hace la fauna más preciada, cada vez más salobre, escasa y… lejana. Haber faenado durante lustros en los mismos caladeros nos permite sin embargo un placer inesperado cual es la evocación en cada besana, pedriza, alcor o majuelo de recuerdos de pretéritos lances. Esta de rememorar en sus escenarios es cosa de mayores, pero la reivindico en esta nota como disciplina cinegética: la recaza.

Recazo cuando vuelvo a esa viña baja donde un día de enero, empapado, bolo y febril, volvía al coche y de los mismos bajos despegaron dos perdices a las que aventé dos tiros locos, suficientes para que Pol –mi fiel bretón– hiciera hilo tras su estela. Subí al coche. Mi boca no era un misal precisamente. Blasfemé, esperé la vuelta del perro, que al poco surgió de la galerna portando el doblete vivo en su boca de cashemir. Lloré.

También recazo cuando en la espera de tarde a los patos finos, en el mismo puesto del mismo tablazo y azotado por un idéntico zarzagán, rememoro aquel único disparo nocturno y cenital con el que desconté tres unidades a un ángulo de cercetas. Recazo también cuando evoco aquella madrugada boreal en la que un pálpito me condujo a una sombría pobeda donde imaginé habría alguna becada. Fui, estaba ¡y la cobré!

A estas alturas de mi vida, satisfechas todas mis vanidades cinegéticas, estas nostalgias se revelan como una manera de endulzar los desastres que acompañan a los venenos líquidos de la edad que diría Gamoneda. Qué gran cosa la memoria cazadora ¡y qué balsámico el inesperado milagro que acontece al reubicar nuestras nostalgias! Se abre la veda, señores. Que los venerables dioses de la caza les sean propicios. Ustedes lo cacen y recacen bien.