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Penzol, el carrete de pesca patentado por un español en 1947 que se adelantó a su tiempo

El autor de este artículo, coleccionista de carretes de pesca antiguos recorrió 1.000 kilómetros para recomponer la historia de esta pieza revolucionaria que maravilló incluso a Francisco Franco.

Carrete de pesca Penzol. © Cristian Ureña

Por Cristian Ureña

Muchos conocemos los antiguos carretes de pesca que se fabricaron en España entre los años 40 y 50: Aimsa, Viper, La Dorada Chritin, Nemrod, Centurión o Sagarra. Este último es el más popular, sobre todo desde que apareció un artículo en 2007 en una revista, revolucionando el mundo del coleccionismo de carretes. Muchos abrimos los ojos, y nos dimos cuenta de que los viejos carretes que tenemos tirados por casa o vemos por los rastros, en realidad son pequeñas joyas que debemos conservar lo mejor posible. No deben perderse en el olvido, es nuestra responsabilidad mantener viva la historia de nuestra pesca.

Hace unos años, me llegaron rumores de la existencia de un carrete muy especial, totalmente diferente a los demás, su nombre era Penzol y estaba fabricado en España en los años 40. Me puse a investigar y con un golpe de suerte, al cabo de unos años pude dar con él. Después de buscar información por internet y en libros de la época, tan solo pude encontrar su patente incompleta en el registro de patentes.

También pregunté a los coleccionistas de antigüedades de pesca y ni rastro. Un día, sin esperarlo, al intercambiar imágenes de carretes con otro coleccionista que acababa de conocer, me dijo: «Te voy a mandar una foto de un carrete que no habrás visto nunca». Y así era, nunca lo había visto, únicamente había observado su dibujo en la patente, se trataba del Penzol que estaba buscando.

En busca del carrete Penzol

Aquella imagen me dio la pista para poder encontrarlo, ya que estaba tomada en una tienda de pesca o una armería, y se apreciaba parte del logotipo del comercio. Buscando por internet pude averiguar el teléfono. Llamé al instante y hablé con el propietario que muy amablemente me atendió. Efectivamente el carrete había estado en la tienda.

El dueño del carrete, que era el hijo del inventor, lo había llevado para que estuviera expuesto en una vitrina, pero ya no estaba allí. Desafortunadamente no tenía su contacto. Después de conversar con él un rato sobre carretes antiguos y de pesca en general, me dijo que conocía a alguien que podría ayudarme a contactar con él, se lo pediría cuando lo viera y me llamaría.

Después de varias semanas esperando, ya había perdido la esperanza de recibir esa llamada. Pero un día recibí un mensaje del dueño del comercio proporcionándome el teléfono de José Penzol, gesto que le agradezco enormemente. Lo llamé y se alegró mucho de que alguien se interesara por el carrete de su padre. Además me invitó generosamente a su casa para que viera el carrete y todos los documentos que tenía guardados.

Mil kilómetros de viaje para ver el carrete

El día que fui a su casa, situada a 1000 kilómetros de la mía, me mostró una buena cantidad de piezas de carretes y carretes montados, algunos funcionaban y otros no. Como coleccionista la verdad es que fue muy emocionante. También me mostró toda la documentación, cartas de proveedores, fabricantes y dibujos hechos a mano por su padre. En fin, conservaba todo lo relacionado con el invento, cosa muy difícil, ya que han pasado muchos años.

José R. Penzol Vijande fue el jefe de telégrafos en Ribadeo (Lugo), era un hombre creativo, que patentó varios inventos. También era muy aficionado a la pesca, probablemente vivir muy cerca del mar en un pueblo pesquero, favoreció su devoción por esta afición. Cuando terminaba su jornada laboral, empezaba su verdadera pasión que era construir un carrete con un mecanismo y unas funciones tan optimizadas que pudiera venderse en todas las tiendas de pesca del mundo. Así empezó la historia del carrete Penzol.

Así es el carrete Penzol

© Cristian Ureña

El carrete Penzol fue diseñado para el lanzado de señuelos, especialmente para la pesca de la trucha y el salmón. Con un diseño muy innovador y un mecanismo que no deja indiferente a nadie. El lanzado se puede realizar utilizando solo una mano, gracias a un mecanismo interno que hace pivotar la bobina que aloja el nylon, cambiándola de posición y permitiendo que salga libremente el hilo.

Tiene dos posiciones, la de lanzado, donde la bobina queda paralela a la caña y la de recogida, en la que la bobina esta perpendicular a la caña. Este cambio de posición se realiza fácilmente, solo accionando una palanca con el dedo pulgar y después pasa a la otra posición al desplazar la palanca con el dedo índice. Con este cambio de posición de la bobina se permite el lanzado o la recogida, ya que el pick up es fijo, en contraste con el resto de carretes que había en ese momento en los que había que levantarlo para poder lanzar.

Este pick up también hace un movimiento oscilante, para que el nylon se distribuya por toda la bobina por igual. A la bobina también se le podía dar la vuelta fácilmente, para quitarle la torsión del nylon producida por la utilización de cucharillas o devones. El carrete se coloca en la parte superior de la caña de pescar, esto también lo diferencia de los demás carretes, es decir, se coloca igual que los carretes de casting actuales que se utilizan para el lanzado ligero.

Un pieza revolucionaria patentada en 1947

Era una pieza revolucionaria, ya que reunía lo mejor de los carretes convencionales, como el freno y el antiretroceso, y mejoraba el sistema de lanzado, que se podía realizar con una sola mano y con un poco de práctica mejoraba notablemente la jornada de pesca. Sin duda es una pequeña obra de arte, más aún si pensamos que se patentó en Ribadeo en 1947. Imaginaos lo completo que era tecnológicamente para esos tiempos y lo difícil que sería encontrar los materiales y piezas para construirlo. También las dificultades de comunicación, ya que entonces todo se negociaba, buscaba y rectificaba por carta o desplazándote personalmente.

Gracias a José Penzol, que guardó toda la documentación relacionada con el carrete, podemos hacernos una idea de las terribles dificultades que tuvo su padre J. Ramón Penzol para encontrar piezas, fábricas para su construcción o financiación para su elaboración… El señor Penzol dedicó algunos años a mejorar el carrete hasta que quedó perfecto. Después otros tantos buscando fabricante o comprador para su patente.

Finalmente se patentó en España, Alemania, Francia, Estados Unidos y Canadá. Después su creador se puso en contacto por carta con los principales fabricantes de carretes de estos países, Pezón et Michelle, Dropper, Horrocks-Ibbotson y españoles como Viper, Ramón Turón (Rio-mar), Gastón Chritin (La dorada chritin), Arpes, Itxaspe… entre otros.

Además, contactó con empresas de construcciones mecánicas y trabajos en serie, de distintas ciudades españolas, que lo pudieran fabricar a un precio competitivo.

Muchas de estas empresas se interesaron por él, pero al estudiar el precio la mayoría perdían el interés, ya que el coste de fabricación eran unas 170 pesetas, precio que era superior al de venta de la mayoría de carretes en ese momento. Algunas de estas empresas sí que se atrevieron y dieron un paso adelante. Llegaron a realizar un primer pedido de 5000 unidades con Horrocks-Ibboston, por lo que el señor J.Ramón Penzol buscó una fábrica de trabajos mecánicos de Éibar para construir las primeras unidades.

Se empezó con una primera tirada de prueba de 50 unidades, los cuales no resultaron ser del agrado del inventor, que quería que fueran perfectos, de recogida suave, igual que los prototipos que había construido. Los carretes no tenían el acabado esperado. Después de decenas de cartas intentando solucionar estos y otros problemas, rompieron la relación laboral. Se dejó de fabricar y no se pudo cumplir con el pedido.

Francisco franco también tenía un carrete Penzol

Los 50 carretes fabricados, y algunos más que construyó artesanalmente en su casa de Ribadeo, se utilizaron para la promoción del carrete, enviándolos a empresas que se interesaban por su venta, y sobre todo a amigos y pescadores de la zona de Galicia. Como hecho anecdótico decir que se regaló este carrete al presidente de la Federación Española de Pesca y otro a Francisco Franco, los cuales quedaron maravillados con esta joya.

Todos estos esfuerzos sirvieron de poco y fue decayendo la moral, ya que no encontraba a nadie que pudiera fabricar el carrete a un precio competitivo preservando su calidad. El último esfuerzo que hizo el señor Penzol, siguiendo las recomendaciones de fabricantes y amigos, fue inventar un carrete más sencillo y con materiales muchos más baratos, el cual pudiese fabricarse por un precio mucho más asequible y así poder venderlo a todas las clases sociales.

Finalmente, cansado de tantos años de lucha y teniendo en cuenta el gran desembolso económico que suponía para un trabajador de telégrafos, cesó en su empeño. El carrete nunca se llegó a vender en todas las tiendas de pesca, y su sueño se vio truncado.

Sin duda este magnífico carrete hubiera dado mucho que hablar, pero por falta de recursos económicos y por ser un carrete demasiado caro para el consumidor, quedó en el olvido. Hoy en día es una pieza muy buscada y valorada por los coleccionistas de artículos de pesca, los cuales ya quisieran mostrarlo en sus vitrinas. Es uno de los carretes más bonitos e interesantes que se fabricaron en esa época.