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10 hábitos que debes erradicar cuando comience la temporada de caza

Jara y Sedal

Son inapropiados, molestos, de dudoso gusto y hasta peligrosos. Pero todos tienen algo en común: son muy frecuentes entre nuestras filas. En este artículo repasamos las diez malas costumbres más repetidas a la hora de cazar. ¿Y a ti? ¿Te resulta familiar alguna? Pues es hora de acabar con ella con la nueva temporada de caza.
3/10/2018 | Texto: Antonio Cástor Puerta / Fotos: JDG, Ángel Vidal y Shutterstock

Hacer tus ‘cosas’ dejando lejos la escopeta


Se ha demostrado científicamente que las feromonas liberadas por la orina humana miccionada desde cierta altura, así como el sonido característico que ésta produce sobre el humus campestre, provocan la huida inmediata de todo ser vivo, en especial cinegético, que se encuentre en los aledaños de la acción. Asimismo se ha logrado establecer una inapelable causa-efecto entre el reflejo matinal del sol sobre unas nalgas blanquecinas y la alocada estampida de perdices, conejos y en especial liebres. Habiendo demostraciones empíricas concluyentes, mi pregunta es: ¿por qué dejas la escopeta alejada cuando vas a aliviarte, alma de cántaro? ¿Acaso no sabes que algunos de los lances más meritorios de la historia de la caza se ejecutaron con un pantalón meado o con unos calzoncillos calados en las rodillas?

Cazar con el seguro de la escopeta quitado


Los peligros de andar por el campo sin el gatillo bloqueado son muchos y evidentes. Desde un disparo fortuito con el mismo dedo a enganches, tropiezos, caídas… Aun así, todavía hay quienes andorrean por el monte con el dedo presto al gatillo sin más freno al desastre que la fortuna de no liberar la aguja de forma accidental. Argumentan que se gana presteza en el tiro o que no consiguen acostumbrarse, con la adrenalina del momento, a quitar el seguro en el mismo gesto de encarar. Adquirir este hábito es cosa sencilla, y con un par de jornadas y algún lance malogrado uno se hace al cambio para siempre y sin esfuerzo, aunque con las semiautomáticas cueste un poco más. Siempre me he preguntado el porqué de que no haya ningún modelo de estas armas que incorpore el mismo sistema de seguro y ubicación que las escopetas de dos cañones. En mi opinión es mucho más cómodo y natural deslizar el dedo pulgar sobre la empuñadura en el mismo gesto del encare. Ahí queda la propuesta para los fabricantes. Si la diseñan yo me apunto.

Disfrazarte de Rambo 


 
Yo también soy español, y orgulloso de serlo, pero eso de ir a cazar en uniforme con la bandera en los hombros… Además de una horterada seria, da una imagen del cazador-militar-guerrillero muy nociva para el colectivo con lo que está lloviendo. Es cierto que un traje 3D o ghillie es útil para mimetizarse y además hay modalidades como la caza con arco en que es casi imprescindible, pero por favor: ropa de caza, no uniformes, que no somos legionarios. También os invito a que valoréis si el ser invisible para los animales os compensa del riesgo de serlo más todavía para otros humanos artillados. En una batida es una invocación al desastre. Muchos accidentes no se darían si fuésemos bien resaltados por colores chillones. Por eso soy defensor del chaleco reflectante, porque salva vidas. Recuerdo una batida en la que tras unas horas de espera y después de enchiquerar los perros, a 100 metros de mí y mientras yo descargaba el rifle, un enebro cobró vida, se levantó de su silla y empezó a recoger los artes. El tío estaba allí, como disecado, y yo tan ufano, soltando algún pedo creyendo que estaba solo. Me subió un escalofrío de pensar en el duro trabajo de nuestros ángeles de la guarda.

Hablar sin parar, llamar continuamente al perro…


Esta gente no quiere realmente molestarnos. Esa necesidad de hablar cuando van cazando les viene de un problema grave de comunicación en el seno de su hogar. Se sienten tan a gusto y liberados en el campo que aprovechan para sacar todo lo que llevan dentro atascado. Son personas dignas de compasión, que necesitan ayuda profesional. Por eso yo, como no lo soy, los suelo remitir a un psicoanalista de experiencia y tiro para otro lado. Yo no estoy capacitado para escuchar en el campo más que el sonido de mis pasos y el caldeo de mi perro. También es cosa comprobada que éstos, los perros, escuchan sonidos con nitidez en un rango que va desde los 10.000 hasta los 50.000 hertzios, frente a los pobres 16.000-20.000 de los humanos, ¡luego no le gritéis más! No es que el tuyo no te oiga, es que no te hace ni puto caso.

No dejar de wassapear mientras cazas


A este tema hay que darle una solución que debe pasar, sin duda, por la innovación tecnológica. Me duele observar a aficionados que se ven obligados a elegir entre desatender su postura para participar en una importante conversación sobre cómo se está dando el día o, por el contrario, mantenerse por unas horas ajenos a lo que sucede en su mundo y acumulando cientos de mensajes sin leer con lo laborioso que después resulta retomar el hilo. Estamos hartos de móviles estampados en las riscas y de piezas de mayor y menor que escapan indultadas por la imperiosa necesidad de colorear de azul los dos garabatos del mensaje. ¡Que las cabezas pensantes empiecen a maquinar porque la situación es insostenible! Móviles con retrovisor, cámaras de vigilancia con aviso de entrada de la pieza, radares que con antelación nos prevengan de que el bicho va a hacer su fugaz aparición… No sé, pero algo habrá que inventar.

Usar cartuchos ‘megamagnum’ porque sí


 
Las matemáticas no mienten. La diferencia en gramos de un cartucho de 32 a uno de 52 es de 20. Aparte de ser más caros, si multiplicamos 20 gramos por 30 cartuchos –la capacidad habitual de una canana– el resultado es la friolera de 600 gramos de peso extra que hará que se nos caigan los pantalones. En una tirada de postín las cifras se disparan. En cada cajón de 250 cartuchos añadimos un extra de cinco kilos con el consiguiente gasto añadido del alquiler de caballerías para transporte de material. También hay que sumar el importe de las piezas abatidas inservibles por la sobredosis plúmbica y el gasto en antiinflamatorios. Es más rentable usar munición con gramaje contenido… y práctico: uno de 30 o 32 mata mejor y más livianamente. O lo que decía mi abuelo: «Si con una guantá va el tío al suelo, ¿pa qué le vas a dar un puñetazo?».

Olvidar cargar el arma al bajar del coche


Se trata éste de un hábito muy perjudicial para la consecución con éxito de ese primer lance de la mañana. Sin embargo, a un cazador de los que acostumbran a ir con el seguro del arma quitado le puede ser de gran ayuda porque contribuye, durante ese lapso de tiempo hasta que se da cuenta de su error, a que sea un ‘elemento’ mucho más inocuo para su perro, compañeros… e incluso para él mismo.

Ver como enemigos al resto de cazadores


Este tipo de aficionado caza en un continuo sin vivir. Cualquier cuadrilla o cazador que divisa le está jodiendo el día. Todos desfilan con el paso cambiado excepto él. Una de sus capacidades más desarrolladas, por la que es muy reconocible o uno puede empezar a sospechar de sí mismo, es su excepcional visión nocturna que adquiere por la costumbre de madrugar más que nadie para hacerse con los mejores puestos, la mejor mano o cazadero. En media veda son capaces también de abatir codornices a oscuras con soltura por ecolocalización, cual murciélago. Nunca suelta prenda y si se le pregunta por algo, o no sabe o te manda al sitio contrario farfullando entre dientes. Son grandes aliados y topos de los anticaza, lo que hace más daño a la afición desde dentro que los otros desde fuera. Este hábito del individualismo es el que impide que nuestro colectivo haga frente común.

Salir del puesto para cobrar la pieza ¡y perderte!


 
Contra este problema grave del cazador-despiste existen varios métodos más o menos eficaces. Algunos confían en su orientación tomando como referencia algún accidente geográfico o botánico de los alrededores de la postura. A mí este sistema me ha dejado muchas veces al borde del llanto, acurrucado sobre cualquier piedra y cuestionándome mi salud mental. Mejor resultado me ha dado un pañuelo o una camiseta –o un trozo de papel higiénico– blanca enarbolados como bandera sobre la base de operaciones. Por fortuna, la tecnología viene en nuestra ayuda en forma de modernos dispositivos GPS con los que extraviarse es cada día un poco más difícil. De todas formas, por los dinerales que se pagan por un puesto en ciertas tiradas, lo mínimo exigible a la organización sería que instalase unos rótulos de neón sobre cada emplazamiento. Algo sencillo que rezase algo así como «Puesto 5, ¡aquí!», y una flecha.

Llevar los cartuchos mezclados en el chaleco con mil cosas más


Aunque uno, en frío, tenga perfectamente ubicadas las distintas municiones y su disposición en nuestro chaleco o canana, la emoción del lance y la apresurada recarga pueden trastocar todo. En cotos con abundancia de jabalí, que son la mayoría, se suele llevar entreverada alguna bala de escopeta que pudiera ocasionar un serio disgusto. Me contaba un amigo famoso en el pueblo por su tendencia a la distorsión que, tras abatir tres o cuatro codornices seguidas y no quedar nada de ellas, cayó en la cuenta de que les estaba tirando con bala sin percatarse. ¡Imaginaos el disgusto por no poder aprovechar su carne! ¡Y el pájaro parecía creerse lo que contaba! Luego está el típico mechero tipo Bic, redondito, que aparte de no ajustar bien en la recámara no tiene ni mucho menos el poder letal de un cartucho de pólvora.