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Fauna salvaje y caza en tiempos apocalípticos: ¿qué pasa cuando desaparece el hombre?

Durante el confinamiento por el coronavirus muchos animales llegaron a tomar las ciudades a pleno día, pero la ausencia del hombre no siempre le ha beneficiado. ¿Qué sucedió tras la Segunda Guerra Mundial o las grandes catástrofes nucleares?

Jara y Sedal

Por Carlos Díez y Carlos Sánchez (doctores en Veterinaria / Ciencia y Caza)

Durante los meses de estado de alarma y confinamiento nuestros pueblos y ciudades dieron la bienvenida a multitud de especies con las que los cazadores estamos familiarizados: jabalíes, corzos, ciervos… y hasta cabras montesas. También se vieron en el norte peninsular lobos y osos, especies generalmente esquivas y que incluso estando en el monte son difíciles de observar.

En el momento de redactar este artículo nos encontrábamos en plena desescalada del ‘desconfinamiento’ y lo normal es que estas y otras especies dejen de visitarnos a medida que recuperemos la normalidad. Algunos se preguntan qué pasaría si en vez de unos meses nos confináramos durante un tiempo prolongado. No hay nada como echar un vistazo a la historia para saber qué sucedió en situaciones que podrían parecerse, salvando las distancias, a la que vivimos actualmente –y cada uno que saque sus conclusiones–. 

¿Cómo reacciona la fauna silvestre en tiempos apocalípticos?

En Reino Unido disponen de datos de todo el siglo XX sobre capturas de perdiz pardilla, grouse, gallo lira, agachadiza común y becada, recopilados por The Game & Wildlife Conservation Trust (Aebischer y Baines, 2009). Estos datos pueden utilizarse para entender las tendencias poblacionales. Durante la Segunda Guerra Mundial las capturas de todas las especies se vieron reducidas, algo que no sorprende dado que la actividad cinegética tuvo importantes restricciones en esos años.

Lo importante es fijarse en lo que pasó después de la guerra: ninguna de las especies recuperó los niveles de capturas que existían antes del estallido de la contienda. Unas cayeron en picado, como la pardilla y el gallo lira, otras mostraron fluctuaciones, como la agachadiza y el grouse, y la única en la que se recuperaron los niveles fue la becada, ¡pero en la década de 1980!

Los investigadores lo tienen claro: los cambios en el paisaje y la desaparición de guardas en muchos cotos explican estas tendencias, especialmente en especies como la perdiz pardilla que están muy ligadas a un medio agrario respetuoso con sus necesidades.  

El caso de Chernóbil

El peor accidente nuclear de la historia tuvo lugar en la actual Ucrania al explotar uno de los reactores de la central Vladímir Ilich Lenin, a tres kilómetros de Prípiat y 14 de Chernóbil. El  material radioactivo liberado fue de 500 veces el de la explosión de la bomba atómica en Hiroshima (Japón, 1945). Un área que equivale casi a la extensión de Castilla y León y Castilla-La Mancha se vio afectada. No se sabe cuántas personas murieron, pero sí se que unos cinco millones vivieron en zonas contaminadas. 

En el caso de Chernóbil, un estudio publicado en 2015 comparó las abundancias de mamíferos en la zona de exclusión –equivalente a la provincia de Orense, pero sin población– frente a zonas que no se vieron sometidas a la fatal radiación. Recordemos que la radiación tuvo efectos letales en animales y personas.

Para sorpresa de los investigadores no se encontraron diferencias significativas en los índices de abundancia de corzos, ciervos, jabalíes y alces entre Chernóbil y cuatro zonas que no están sometidas a la radiación, siendo la abundancia del lobo siete veces mayor en Chernóbil frente a la zonas control. Los censos realizados con helicóptero demostraron que las tendencias de estas especies fueron al alza durante los diez años después del accidente. Los investigadores concluyeron que las poblaciones de estos mamíferos cuentan con un buen estado de conservación, y todo ello pese a los efectos de la radiación nuclear que dura casi 40 años. 

Un zorro frente al reactor de Chernóbil. /Shutterstock

Fukushima, tras el accidente

Está considerado como el segundo accidente nuclear más grave de la historia tras Chernóbil. Fue consecuencia de un terrible terremoto y tsunami del 11 de marzo de 2011 y provocó una gran contaminación radioactiva que obligó a evacuar a unas 150.000 personas en 20 kilómetros alrededor del la central, una superficie equivalente a la provincia de Guipúzcoa. 

En el caso de Fukushima, al tratarse de una catástrofe más reciente, se ha podido medir los efectos de la radiación sobre animales a nivel individual y en poblaciones enteras de distintas especies dentro de la zona de exclusión: hay evidencias de las consecuencias negativas de la radiación en aves y mamíferos y se han confirmado las elevadas dosis que recibieron muchas de ellas.

Sin embargo, como en Chernóbil, los estudios nos dicen que las poblaciones de la zona, en líneas generales, no se han visto afectadas negativamente. Es decir, que los daños a animales concretos no han implicado efectos significativos en conjunto de la población. Un estudio basado en fototrampeo, publicado en 2017, confirmó que osos, liebres, aves, monos y otras especies campaban a sus anchas incluso en áreas con importantes niveles de radiación. 

Conclusiones

La desaparición del ser humano de amplios territorios tiene consecuencias en la fauna silvestre que dependen de la especie o especies en cuestión. Aquellas que están al abrigo del hombre y de sus actividades pueden sucumbir, y sucede lo contrario en otras que están más al margen de las personas.

Los ejemplos de Chernóbil y Fukushima son evidencias de la capacidad de adaptación de la fauna silvestre a situaciones tan límites como un accidente nuclear. Una primera reflexión sería decir que el ser humano es peor que las radiaciones nucleares, pero realmente es la presencia de las personas el factor que regula la evolución de las poblaciones animales, tanto para bien como para mal.