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Las lecciones de Cenicientos: más allá de la extinción y del dogma en los incendios

Por Andrés Zorita Calvo ​La evacuación de urgencia del Puesto de Mando Avanzado (PMA) en Cenicientos, obligado a replegarse hacia Navalcarnero por el avance del fuego, pasará a la historia de nuestras emergencias como un aviso definitivo. Que el propio centro neurálgico del operativo tenga que ser rescatado por las brigadas forestales demuestra que los…

Por Andrés Zorita Calvo

​La evacuación de urgencia del Puesto de Mando Avanzado (PMA) en Cenicientos, obligado a replegarse hacia Navalcarnero por el avance del fuego, pasará a la historia de nuestras emergencias como un aviso definitivo. Que el propio centro neurálgico del operativo tenga que ser rescatado por las brigadas forestales demuestra que los incendios modernos han alcanzado una dimensión que desborda la mejor logística imaginable. Sin embargo, en plena catástrofe, el análisis no debe caer en el reproche político oportunista ni en los reduccionismos habituales. La raíz del problema es más profunda, más humana y, sobre todo, estrictamente estructural.

​Uno de los grandes errores actuales es el enconamiento de la lucha partidista entre izquierda y derecha en torno al cambio climático, convertido hoy en un arma arrojadiza. La historia geológica del planeta demuestra, de forma indiscutible mediante las evidencias de la elevación y descenso de los mares, que el cambio climático es permanente y natural. La única disquisición científica y política real debería centrarse en el porcentaje exacto de influjo que tiene la mano del hombre en el calentamiento actual. Pero, sea mucho o sea poco, el sentido común dicta que no podemos quedarnos de brazos cruzados bajo la excusa de la inevitabilidad; el «por si acaso» nos obliga a actuar con la misma urgencia. El problema es que se utiliza el clima como un cómodo paraguas para tapar las verdaderas negligencias de gestión sobre el terreno.

​Atribuir la gravedad de estos incendios únicamente al termómetro es ignorar el verdadero polvorín que hemos construido durante décadas. España sufre una crisis de despoblación rural sin precedentes. El abandono de la agricultura y de la ganadería extensiva ha eliminado los tradicionales mosaicos que fragmentaban el territorio. Donde antes había campos de cultivo y pastos limpios que actuaban como cortafuegos naturales, hoy tenemos una masa forestal continua, descuidada y densa que funciona como una autopista para las llamas.

​A este vacío demográfico se suma el fracaso de ciertas políticas de ingeniería agronómica. Durante generaciones se priorizaron las repoblaciones con especies altamente inflamables y de rápido crecimiento, desplazando a las especies autóctonas más resistentes al fuego. El verdadero peligro estructural no termina cuando se apagan las llamas, sino que se reactiva en la política agronómica posterior al desastre. Si en las tareas de restauración de las miles de hectáreas quemadas en Ávila o Madrid se vuelve a caer en el error de reforestar con pinos o especies pirófitas buscando la rentabilidad rápida, estaremos financiando con dinero público el próximo gran incendio de la década.

​El coste de este modelo actual es insostenible. Cada hectárea calcinada nos cuesta entre 19.000 y 30.000 euros entre las tareas de extinción y la posterior restauración. Es una paradoja económica flagrante: el presupuesto público destina cerca del 80% de los recursos a apagar las llamas en verano y apenas un 12% a gestionar el monte en invierno.

​La demoledora factura total calculada para estos 19 meses de incendios en España (año 25 hasta julio 26) es de 15.672 millones de euros que equivale prácticamente al presupuesto anual completo de la Junta de Castilla y León para este año 2026.

​Ese enorme capital dilapidado en el caos de la emergencia serviría, casi en su totalidad, para dar un soporte financiero parcial y estable a la contratación de ganaderos de extensivo a lo largo de nuestras pedanías. Son ellos quienes garantizan una prevención real limpiando el sotobosque con el manejo tradicional. Esta apuesta no solo protege el paisaje, sino que impulsa la producción local de carne de altísima calidad nutricional, blindando nuestra soberanía alimentaria y reduciendo la dependencia de macroacuerdos de importación como Mercosur, que inundan el mercado con producto foráneo de peor estándar ambiental.

​Los incendios no se combaten comprando más aviones de urgencia, sino devolviendo la vida, la actividad y la rentabilidad digna al campo mediante una ingeniería agronómica comprometida en devolver al bosque las especies autóctonas de antaño. El desalojo de Cenicientos debe ser tratado con el máximo respeto hacia quienes hoy lo pierden todo, pero también exige valentía analítica. Si de verdad queremos proteger nuestro patrimonio natural, debemos entender que el fuego no solo se alimenta de calor, sino de abandono, olvido y malas decisiones de despacho. Es hora de volver la mirada al campo antes de que la realidad nos vuelva a obligar a evacuar.

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