La tragedia ocurrida en una cañada real de Valladolid, donde han aparecido muertas decenas de ovejas de un rebaño trashumante que recorría la histórica Cañada Real Leonesa Occidental, debería provocar una reflexión sobre el estado de conservación de nuestro patrimonio rural. Un episodio que pone sobre la mesa problemas que llevan décadas ignorándose. La trashumancia no es una reliquia del pasado. Durante siglos fue uno de los pilares económicos, sociales y ambientales del mundo rural español. Gracias a ella se mantuvieron ecosistemas, se conectaron territorios y se creó una red de corredores naturales cuya utilidad sigue plenamente vigente.
«Una de las infraestructuras ecológicas más abandonadas»
Las cañadas reales, cuerdas y veredas son una de las mayores infraestructuras ecológicas de Europa… y una de las más abandonadas. Mientras las administraciones destinan millones de euros a proyectos de biodiversidad, conectividad ecológica y recuperación de hábitats, permiten el deterioro de una red que lleva siglos prestando esos servicios de forma natural. Pocas herramientas existen más eficaces para lograr los objetivos de sostenibilidad, lucha contra la despoblación y conservación de la fauna que unas vías pecuarias vivas y funcionales.
Muchas de ellas han perdido anchura, han sido ocupadas por cultivos o absorbidas por propiedades colindantes. El patrimonio público ha ido desapareciendo ante una mezcla de pasividad administrativa, falta de vigilancia y ausencia de voluntad política para afrontar el problema. Si se confirma que la muerte de las ovejas guarda relación con productos fitosanitarios o contaminación procedente de terrenos agrícolas colindantes, la gravedad del asunto será mayor. No estaríamos sólo ante un problema de conservación de una vía pecuaria, sino ante las consecuencias de determinadas prácticas sobre el ganado, la fauna silvestre y la biodiversidad. Las ovejas son animales resistentes y adaptados al medio rural. ¿Qué efectos pueden tener esos mismos factores sobre especies mucho más vulnerables? El declive de aves ligadas a los medios agrarios, la desaparición de insectos polinizadores y la pérdida general de biodiversidad son fenómenos sobre los que los científicos vienen alertando desde hace años.
«La España rural no necesita más discursos; necesita gestión»
La trashumancia aporta además beneficios que van mucho más allá de la producción ganadera. El paso del ganado dispersa semillas, controla la vegetación, reduce la carga combustible y ayuda a mantener ecosistemas diversos. Allí donde desaparece la ganadería extensiva aumentan los riesgos de incendios y se rompe un equilibrio ecológico construido durante generaciones. Y junto al abandono de las cañadas existe otro problema igual de grave: la incapacidad de parte de la clase política para afrontar los problemas reales del mundo rural. Los espacios públicos rurales se deterioran mientras asistimos a un espectáculo permanente de burocracia, anuncios grandilocuentes y enfrentamientos partidistas que rara vez se traducen en soluciones. Faltan actuaciones visibles sobre el terreno. El debate político parece un enfrentamiento de chulos de barrio. Intercambian reproches y buscan titulares mientras cuestiones esenciales como la conservación de las vías pecuarias, la protección del patrimonio rural o el apoyo a la ganadería extensiva esperan respuestas. La España rural no necesita más discursos; necesita gestión, mantenimiento, vigilancia y decisiones.
La repercusión mediática de este episodio ha provocado una rápida reacción institucional. Cuando existe atención pública también existe capacidad de respuesta. Pero la verdadera prueba llegará cuando desaparezcan las cámaras. Los ganaderos han escuchado demasiadas veces promesas que terminan olvidadas. Sería una grave decepción que esta movilización acabara reducida a una fotografía institucional. Lo que necesitan las vías pecuarias son deslindes efectivos, recuperación de su anchura legal, vigilancia permanente y protección frente a ocupaciones, roturaciones…
«Las cañadas no son simples caminos para el ganado»
Las cañadas no son simples caminos para el ganado. Son corredores ecológicos que conectan ecosistemas, facilitan el movimiento de la fauna silvestre, conservan flora autóctona y forman parte de un patrimonio común irremplazable. Necesitamos cañadas vivas, libres de invasiones, de contaminación y de prácticas que pongan en riesgo al ganado y a la biodiversidad que albergan. Si de verdad queremos conservar la fauna, recuperar especies en declive y mantener un mundo rural vivo, su protección efectiva no puede seguir siendo una cuestión secundaria. Es una necesidad inaplazable.
La muerte de estas ovejas debería ser una llamada de atención definitiva. No sólo por el daño sufrido por el ganadero, sino porque simboliza algo mucho más profundo: el abandono progresivo de un patrimonio que pertenece a todos. Lo sorprendente no es que mueran las ovejas ni que las cañadas aparezcan invadidas, sino que sigamos fingiendo que no sabemos por qué ocurre.








