Abundancia la que agita Extremadura y Andalucía. Tajo, Guadiana y Guadalquivir sonríen al ver sus riberas. Chulean de primavera, de lucir traje de temporada dos lunas llenas. El despertar a la vida ha llamado a la puerta con fuerza por esos lares del sur, mientras en mi querida tierra, en mi Salamanca del alma, queda la esperanza de que no pase de largo y golpee también el dintel de nuestros campos.

Un futuro incierto el que se avecina, con los ojos puestos en el firmamento, suplicamos gotas de agua que revivan los majadales donde pacen vacas, ovejas y caballos. Con angustia y el corazón encogido caminan los ganaderos: si la lluvia no hace acto de presencia, en el momento que debe, largo se va a hacer el estío alimentando a las reses.

Pastos altos, flores copiosas, alfombras repletas de colores son las imágenes que se cuelan por mis ojos cuando observan las fotografías que me llegan de la submeseta cálida de esta nuestra patria. Envidia supura mi cuerpo, celos me nublan la mente, ante borrascas caprichosas que cogen otras veredas que no llevan a mi casa.

Mayo es el mes de sus galas, de sus vestidos coquetos. De espinos florecidos y peonías salvajes.

Secos están los altos por el endemoniado cierzo que hiere con saña y venganza, marchitando a su paso la riqueza del campo. Vegas con hierba verde y chillona, de altura inexistente, con margaritas escasas y campanillas aisladas. Miedo brota en mi cuerpo, doblegando ilusiones al correr el calendario.

Los árboles van a su paso, lo propio del Campo Charro: encinas con media candela y otras desnudas del todo; botones en fresnos y robles; y yemas en los frutales. Mayo es el mes de sus galas, de sus vestidos coquetos. De espinos florecidos y peonías salvajes. Solo paciencia y aguante, ingredientes necesarios, para que el esplendor los cubra con elegancia.

Castilla la Vieja tiene otro ritmo, otro es el tiempo que abraza, a la que le cuesta desprenderse del frío y de las escarchas. Hielo pisan mis botas al alba esta mañana, cuando la locura del corzo me ha llevado a patearme el cercado de Valgrande. Abril ya está de vuelta y este es el panorama: chambergo por la mañana y también al caer la tarde.

Un corza en una foto de archivo. © Shutterstock

Olvido por momentos el látigo que flagela mi alma de ganadera; ahora es mi espíritu de cazadora el que recorre el paisaje. Asomo al alto del cerrado con rifle, vara y prismáticos. Oteo con lentitud cada rincón, anhelo con ansia ese corzo de seis puntas que lleva perturbando mi sueño cuando las noches eran largas y las horas del sol estaban de rebajas. Allá, a lo lejos, vislumbro unas figuras: dos son los animales que comen los brotes tiernos que se alzan hacia el cielo. Uno es una hembra, seguro; el otro no he podido verlo.

Me acerco, sigo acercándome. Voy a su encuentro como un novio de permiso en busca de su amada. Preparo horquilla, coloco el arma y me encaro.

El rececho continúa, mis pies flotan y no pisan, retrocedo más que avanzo serpenteando entre aliados carrascos que oculten mi estatua. El aire me golpea en la cara. Los corzos están a lo suyo: aparecen y se esconden. Juegan conmigo al despiste, muestran sus posaderas y no sus cabezas, que permanecen gachas mientras los carrillos se mueven. La incógnita persiste. El velo no se levanta.

Me acerco, sigo acercándome. Voy a su encuentro como un novio de permiso en busca de su amada. Preparo horquilla, coloco el arma y me encaro. Van a saltar al claro. El tiempo se detiene. Los pájaros cierran sus picos. El desenlace es cuestión de segundos. La corza atrevida se cuela en mi visor… ¿Dónde está su compañero? Pasan segundos que se convierten en décadas cuando asoma el hocico. Lo miro y remiro, lo valoro y vuelvo a valorar. No es el corzo que turbaba mi descanso; es un ejemplar joven y confiado el que sale al escenario tras la mira que sostengo. Cambio de instrumento, dejo el fusil y me echo a la cara los gemelos. Disfruto del instante. Sigo sus pasos, contemplo sus bailes. Me recreo en sus siluetas cuando coronan el viso y el horizonte los secuestra en el mayor de los silencios.

El momento de volver al hogar llega. Lo hago con satisfacción y no con fracaso. La cacería ha sido preciosa, aunque mi dedo no haya apretado el gatillo. El pan con mantequilla me reclama, el horno ya huele a quemado, la hora de la pitanza se abre paso haciendo eco entre las copas de los árboles. Mi estómago vacío pide saciar su hambre.

¿Qué hay ahí? ¿Qué es lo que veo? Una sorpresa inesperada aparece en el sembrado.

El paso se aligera sin yo mandarlo. Voy absorta recordando la estampa que se ha grabado en mi retina minutos antes. La tarde llegará pronto y otra cita me espera. La ilusión se renueva planificando la salida. Serán horas de aguardo sobre la peña de la Cruz de los Alba, con vistas al arroyo por donde merodean un par de duendes haciendo magia.

La mañana ya dio su fruto. He exprimido todo el jugo. Camino confiada, troncho ramitas y cascabullos, hojas secas crujen bajo las suelas de mi calzado. Me es indiferente ya. La tarea ha finalizado. ¿Qué hay ahí? ¿Qué es lo que veo? Una sorpresa inesperada aparece en el sembrado.

Un macho de jabalí entre el pasto. © Shutterstock

Juguetea entre el cereal que lo cubre y lo protege. Muerde, traga y avanza sin detenerse hacia su encame. Es hora de retirada. Veloz, mi mirada se prolonga de la mano de los prismáticos. Es un macho, de buen tamaño. No se tambalea la duda. La certeza es robusta. No es la especie que persigo, bien poco me importa. Pronta, diseño la estrategia. Quiero ganarle la batalla. Quiero robarle el aliento. Quiero matarlo porque estoy de caza. Que no se olvide y se endulce el relato. Depredador y presa, los protagonistas. Depredadora, el asignado.

La contienda se va a dar en campo abierto. Poca es la flora que encubre mi avance. Cuando el cochino baja la jeta, me deslizo al tronco más próximo. Quiero acercarme y no hacer un disparo que acaricie el infinito. Quiero conseguir el trofeo sin abusar de mi ventaja. Quiero ganarle la partida jugando con el viento, la maleza y la pericia.

Estoy a cincuenta metros, la misma distancia que le separa del monte con un hasta siempre. Cincuenta metros entre la luz y la tiniebla. Me encaro. Ni vara, ni “san” vara. Me sobra el pulso para rematar el lance. Una bala vuela hacia la diana, un jabalí cae sobre el manto verde. Unas perdices ríen viendo a su enemigo patalear con estertores de muerte, mientras se dirigen al nido donde una docena de huevos quiere gritar victoria ante su buena suerte.

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