Tenía apellido de escopeta y un corazón que latía por la caza. Un hombre del norte valiente y noble, de sangre caliente y consejo sabio, que, sin duda, fue uno de los tipos que más pelos en la gatera se dejó por esta pasión que nos palpita en las entrañas. Vasco, como Blas de Lezo, fue el gran capitán de una legión de cazadores a la que apadrinó sin pretenderlo. Y eso que le tocó liderar al sector en una época dura como pocas, cuando más arreciaba el temporal en contra de la caza, pero siempre se mantuvo al pie del cañón, siendo, como dice la canción de Shinova, la voz en la niebla y la calma en el mar.
Juan Antonio, ante todo, siempre transmitía paz, seguridad y valor. Como buen vasco, era un hombre leal que caminaba con la misma sencillez y el mismo paso firme entre reyes y plebeyos. Y los que le conocían saben que no es un decir. Compartía amistad con el mismo rey emérito y con plebeyos como el que firma estas líneas.
Aún recuerdo el día que lo conocí. Era el año 2007 y nos encontrábamos en la sala de reuniones de un hotel del paseo de la Castellana de Madrid. Amenazados por la inminente tramitación de la Ley de Patrimonio Natural y de la Biodiversidad, una veintena de representantes de la caza trataba de organizar una respuesta para los ataques del Gobierno de ZP. La reunión de aquel sector descolocado, nada acostumbrado a lidiar en política y entregado a la derrota, transcurría entre el desconcierto y la indecisión hasta que él tomó la palabra. Fue la primera vez que lo escuché hablar en público, y desde el minuto uno supe que quería estar en su equipo. Porque Juan Antonio nos enseñó que merecíamos soñar a lo grande.
Porque Juan Antonio no hablaba. El hombre con apellido de escopeta que llegaba del norte disparaba las palabras, siempre cargadas de verdad, orgullo y ganas de luchar.
Y es que esa era otra de sus virtudes: la oratoria. Cuando Juan Antonio se subía a un escenario sabía cómo incendiarlo. En todas las manifestaciones en las que tuve la fortuna de estar a su lado, el momento más esperado por todos era aquel en el que él pisaba el estrado, con sus maltrechas rodillas, y se acercaba despacio al micrófono. Porque Juan Antonio no hablaba. El hombre con apellido de escopeta que llegaba del norte disparaba las palabras, siempre cargadas de verdad, orgullo y ganas de luchar. Era capaz de atravesarnos las tripas con sus arengas y hacer que nos sintiéramos orgullosos de llevar la caza tatuada en el ADN. Porque cuando Sarasketa levantaba el puño el suelo temblaba bajo los pies de la caza y se tambaleaban los ministerios. Cristina Narbona lo sabe bien.
Pero no sólo sabía levantar la moral a ese ejército de hombres libres que poco a poco fue creyéndose su militancia. Juan Antonio tenía una habilidad innata para construir sector, para unir y cohesionar, para observar y rodearse de los mejores. De los más capaces. Nunca olvidaremos su labor al frente de la Oficina Nacional de la Caza en aquellos momentos en los que el sector necesitaba líderes inspiradores y decididos.
Pero por encima de todo, Juan Antonio era un hombre bueno. Y eso, al final, es lo que hace grandes a las personas. Porque es lo único que importa y lo que queda en el recuerdo. Los galones se caen y las plazas se vacían, pero lo que no cambia nunca es la huella que los hombres, desnudos ya de todo, dejan tras de si. Y la suya fue inmensa. Irrepetible.
Allá donde estés, Juan Antonio, seguiremos caminando tras tu huella, defendiendo la caza que tanto amaste y recordando siempre al hombre bueno que nos enseñó a no rendirnos. Gracias por todo, compañero.








