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El viejo arriero de montería al que atacaron los lobos

Mauro, mulero, el que trajina con bestias meneando la carga, al que las coces de sus mulas y los mamporros con su romana le salvaron de los lobos, al que apodaron el mudo tras mirar de frente a la muerte. Es uno de los últimos arrieros, uno de los primeros en ser olvidados cuando las mulas sean sustituidas por las máquinas en nuestras monterías. Ángela Medina lo recuerda así en una de sus crónicas literarias.

Un arriero en una montería.
Un arriero en una montería. © JDG

Mudo, deja la vainica y apareja las mulas. Tienes que subirte hasta La Quintanilla a sacar los bichos de los cornijales, el tractor se ha atascado hasta la panza–.Mauro aorilla la costura de esparto y arregla la lumbre, arrimándola con el badil al puchero, un potaje de habichuelas que gorgotea sin arrebatos, sin más especias que un hueso rancio, comidas de pobres decían los pobres, tentación de señoritos me supongo yo.

Mauro camina sin aceleros hasta la cuadra. Desata la mula yeguata, hija de un garañón puro y una yegua escrita. Imponente, con un brillo que se escapa. El mulo aguarda su turno, manso, acostumbrado al ramaleo, ya viejo y de pelo feo y ensillado que vale su peso en oro.

El mulero les pasa la mano por las ancas, por los pechos por la panza, sacudiéndoles los pajones. Caricias de arriero. Arriero: dícese de aquel que trajina con bestias meneando la carga. Yo digo que son de lo que ya no queda, perdedores como sus hermanos los buhoneros, los quincalleros, vestidos aún con el sayo y el gabán, meciendo recuas con raciones de vara y canciones de cuna: «Arre mula, arre».

Mauro se cincha a sus mulas, pone su fe en ellas, ¡benditas sean por San Antón!, y se doma a su paso, pisando por donde pisan, en pos de ellas que ya se saben el camino. Se meten en lo hondo de la sierra, atajando entre negrillos y carrascos, viejos conocidos, por sendas trilladas por carretas en otros tiempos, pero que no quedan tan lejos. No ha perdido la costumbre de echarse al monte e ir rezando por lo bajo, letanías de arriero, tarareo incesante que hace compaña cuando se anda solo el camino: «Fácil que sean más de 42 años monteando aquí en El Carbizo y no me marraría mucho. Los años que tiene Paquito, que la Rosario había salido ya de cuentas la primera vez que me llamaron y volvía yo ascape por el Requejo… por atajar… con un nevazo que caía que pa qué…con las apreturas de llegar… por lo de la mujer». Y se le representa aquella noche otra vez, el cierzo escociendo los ojos, descosiendo el miedo a la noche, a las sombras. Las mulas inquietas cuando vio al primero, una exhalación, sólo un aviso, una presencia que se arrimó lo justo para tentar la suerte. El hambre del lobo. Una manada entera en pie de caza, buscando el clareo por dónde romper y coser con los dientes carnaza con que llenar el vientre.

–¡Oogghhh, oogghhh!–… Mauro intentó pedir auxilio pero el miedo atenaza los gaznates con mano prieta y, no se explica por qué, ahoga la voz. Y los animales huelen el miedo, se esparce en el aire como un tufo, una señal que avisa de que la presa está cuanto cabe para dejarse matar.

El primer asalto se estrelló contra las coces de las mulas, dispuestas a patear a Satanás si se arrimaba más de la cuenta, dispuestas a no dejarse morir o morir matando. Mauro se refugió entre ellas agarrando la romana que colgaba de las alforjas, liándose a mamporrazos que atronaban la noche, escándalo y ruido que ahuyentara ‘la santa compaña’. Así llegó hasta la aldea, entre coces y músicas y la cara de aquellos que se han paseado con la muerte, como el enjalbiegue. Le acostaron en la cama de la parturienta que aún no había roto aguas. Don Ramón le sangró con una quinceta por si con eso le volvía la voz y contara a qué tanto dislate. Desde entonces le pusieron el mudo.

–¡Cuánto tuviste qué pasar! ¿Eh?

–No es pa dicho. Si no es por las mulas…

Se acerca ya al barranco, le aguardan los monteros al pie de los robles, de los marranos descuidados, de las ciervas que se abaten guste más o guste menos, del venado que aunque no muy bueno se puso tan a tiro. Mauro se pone al oficio, las saca al claro de las mondas y las aúpa a los lomos, a cargaero y bien sujetas, sin arrastras ni fullerías que hacen polvo las piezas. Como dios manda, como está mandao. Las mulas hasta las trancas se hacen remolonas a salir de la sima. El mulero arrecia la voz pero se sujeta la lengua, no fueran a pensar las gentes que allí miran.

–¡Aaarre, muuuula!–. Pero ellas se envaran remisas.

El mudo pierde las formas acabada la paciencia, que estos animales no entienden de finuras y les calienta las ganas con un «¡Me voy a cagar en la re…» que hace persignarse a más de uno. Se empatillan un poco, pero meten riñones sabiendo cómo las gasta el amo, se humillan resignadas, nacidas sin hiel por la gracia de dios. Y por la gracia de dios malditas para engendrar. ¡Qué cosas! Será por eso que los bríos los gastan en tesón y en coraje que sólo el arriero sabe administrar. 

Arriero, dícese del viejo oficio que se muere cuando se callen los mudos. Y con él se irán las mulas al infierno de las mulas, carne de matadero sin el mulero que no se ve sin ellas. Pero vendrán las máquinas, ya están aquí y no quedarán románticos que se acuerden de cómo se hacían las cosas entonces, a golpe de azada de carro y de mula. Yo sí. Algunos pensarán, ¿qué sabrá ésta? Nada. Pero sí sé que he vivido lo bastante para comprender que en este mundo no somos nadie imprescindibles, eso lo sé bien, que otros vendrán y te ladearán sin que nadie te eche de menos, también lo sé y, que arrieritos somos y en el camino, cuando menos te lo esperes, nos hemos de ver.