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Caza un corzo con una sorprendente cuerna en forma de corona: «He contado 21 puntas»

Un cazador rinde un homenaje a sus dos compañeros fallecidos recientemente contando la historia de un rarísimo corzo que había estado oculta hasta ahora. Sus cuernas «parecían alas de murciélago fosilizadas», relata Antonio Molina a Jara y Sedal.

El cazador murciano y seguidor de Jara y Sedal Antonio Molina ha narrado a este medio la historia de un extrañísimo corzo que abatió hace unos años en un coto de la provincia de Zaragoza y que dedica a dos amigos cazadores que recientemente han fallecido a los 60 años. La historia había permanecido oculta hasta ahora, que el cazador ha decidido narrarla coincidiendo con el concurso de historias de caza que Jara y Sedal y Excopesa han puesto recientemente en marcha.

La gran captura se produjo el primer día de la temporada de caza de corzos para Antonio, un inicio que se vio retrasado por la meteorología: «Una primavera lluviosa pospuso el primer rececho hasta la tarde del viernes 19 de abril. Llegué al pueblo tras varios meses de ausencia y seiscientos cincuenta kilómetros de viaje y allí me esperaban Vicente y Ramón, buenos amigos y excelentes conocedores del coto», relata.

Lo normal en la zona es que los avistamientos sean más frecuentes en la alborada que al atardecer, pero de ninguna manera renunciaron a regalarse la primera salida posible. «La mayoría de los machos no habían descorreado todavía, así que había que observar detenidamente con los prismáticos para evitar errores en la valoración de las cuernas, lo cual resultaba complicado cuando las horas brujas, justo las más querenciosas, reducían la visibilidad», sigue explicando Antonio.

Empezaba el rececho

Otra imagen del paisaje. / A.M.

Por delante tenían poco más de hora y media de luz, así que se propusieron visitar un cornijal al que se accedía por un carril sin salida; se trataba de dos laderones cercados por el meandro de un arroyo, próximos a una vega en la que abundaban brotes tiernos. El sitio, apartado del tránsito humano, aunaba comida, agua y paz. «Si yo fuera corzo lucharía por una parcela allí. Además, Vicente aseguraba haber visto movimiento en la zona, concretamente dos parejas, una de las cuales va acompañada de la cría de la última paridera», relata Molina.

Con el fin de minimizar el ruido, bajaron del todoterreno y caminaron en silencio el último tramo, atentos; pero a pesar de las precauciones fueron descubiertos, algo que advirtió el ladrido de una corza que huye tapándose con los arbustos hacia una mancha de pinos que adornaba el bocacerral; detrás, obediente,  le seguía un macho con borra exagerando el volumen de su cuerna. Ambos desaparecieron al pasar la cuerda.

El avistamiento de estos animales animó entonces a los cazadores, pero agotaba el tiempo necesario para revisar otros terrenos, así que dieron por buena la tarde y decidieron volver al pueblo.

Donde menos esperas, salta… ¡el corzo!

Al irse, transitaron la vega que riega un modesto afluente del Jalón, las primeras casas del pueblo aparecían a la vista en «una zona salpicada de huertos donde es habitual coincidir con algún viejo labrador aferrado al terruño», describe Molina. El coche circulaba muy despacio y un cochino abandonaba parsimonioso su encame en la ribera y cruzaba una siembra de tintes verdes.

«Contemplamos ensimismados la escena, cuando, con la rapidez de un rayo, un corzo zigzagueaba en un zarzal al pie del talud que soporta el camino. La visión fugaz desencadenó un guirigay en el que Ramón aseguraba a gritos que se trataba de un buen macho. Vicente frenó bruscamente. Bajó corriendo del coche y metió una bala en la recámara del rifle: no había tiempo que perder. Miró y remiró, pero no vio nada. El corzo encamado junto al camino se había asustado porque, sin saberlo, habíamos invadido su burbuja de seguridad y tras un corto movimiento evasivo, creía estar a salvo camuflado en la fronda», relata el cazador.

Retrocedió por el camino a paso ligero sin perder de vista la mancha de zarzas y un tropel su compañero le avisó del intento de fuga: «Por fin lo vi un instante entre la maleza y disparé», relata Antonio.

Acto seguido: silencio y desconcierto. «No podía asegurar qué ha ocurrido. Mis amigos me preguntaban: “¿Le has dado?”, y no sabía qué contestar. La adrenalina se había hecho protagonista y me había dejado llevar por el instinto. Ahora estaba paralizado, no quería ni pensar en haber fallado. Pronto me aclaré y constaté que no había visto salir al corzo de la pequeña zona enmarañada. La única vía de escape era una siembra despejada. Ramón y Vicente bajaron el talud mientras yo vigilaba nervioso desde lo alto del camino. Caí en la cuenta de que mi rifle estaba descargado y metí tres balas por si acaso. No hacían falta, el duende estaba abatido», dice con alegría Antonio Molina. El resultado: un trofeo atípico, único en su caprichosa configuración, cuyas cuernas están rematados por unas curiosas palmas «que parecían las alas fosilizadas de un murciélago y al que le he contado 21 puntas», añade el cazador.

Suma de rarezas

Vicente y Ramón con el corzo. / A.M.

Antonio relata que ha vivido y compartido con estos amigos muchas jornadas de caza recechando corzos, pero ésta le resulta imposible de olvidar por múltiples razones: «Ningún cazador del pueblo había visto nunca a este ejemplar tan singular, ni a ningún otro con un trofeo parecido», dice en primer lugar. En segundo, «es muy improbable encontrar a estos recelosos animales encamados tan cerca del pueblo y, por si esto fuera poco, en el talud de un camino bastante frecuentado; tampoco es habitual disparar a un corzo con un tiro intuitivo como si se tratara de un conejo entrematado», añade. Y, por último, «encontrarte con un tesoro de la naturaleza tan especial, una escultura espectacular, un trofeo distinto a cualquier otro».

Los recuerdos más especiales

Hoy, el trofeo en la pared le evoca todos los detalles de la aventura que vivieron juntos esa jornada y la alegría compartida con unos amigos que, «tristemente, ya se apearon del tren de la vida», dice Antonio. Por ello, este relato es un homenaje a dos cazadores ausentes: «Vicente y Ramón. Va por vosotros», concluye.

Jara y Sedal y Excopesa premiarán la mejor historia de caza con unos prismáticos Minox

Jara y Sedal y Excopesa premiarán la mejor historia de caza con unos prismáticos Minox

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Para optar a ellos solo tienes que enviarnos un email a info@revistajaraysedal.es, o un mensaje privado a cualquiera de nuestras redes sociales contándonos tu mejor historia de caza mayor, adjuntar las fotos de ese día y tu número de teléfono, además de seguir en Instagram el perfil de Jara y Sedal (@jaraysedal.esy el de Excopesa (@Excopesa). No tiene por qué ser el relato de un trofeo medallable, aunque se valorarán aquellos extraordinarios, curiosos o llamativos a los que les acompañe una buena historia. En este enlace te contamos cómo puedes participar.

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