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Caza del corzo en julio: así se rececha al 'duende del bosque' durante el celo

Con los campos ya cosechados y el sol achicharrando todo a su paso se despierta la necesidad de perpetuar la especie. Carreras, cortejos y corros se suceden por los rastrojos como si de un ritual se tratase, esto es todo lo que tienes que saber si vas a recechar corzos en esta época.

Pareja de corzos en celo. © Shutterstock
Pareja de corzos en celo. © Shutterstock

A diferencia de otros cérvidos, como venados y gamos, los corzos (Capreolus capreolus) no recurren a una berrea o una ronca para atraer a las hembras o tantearse con sus rivales. Suelen expulsarlos con carreras y a empujones con sus cuernas, pero sin llegar a enfrentarse de forma clara y perseguir a las hembras de forma insistente hasta que éstas se terminan mostrando receptivas.

El ritual de apareamiento también es bastante singular y tiene lugar en el mes de julio. Cuando el macho reclama a una hembra que está por la labor, se acercará mientras ella se aleja dibujando un ocho –es lo que se denomina ‘corro de cópula’, que no son más que las marcas que dejan en la hierba al dar vueltas uno detrás del otro–. Es la hembra la que, a su debido momento, se parará y se dejará montar.

El celo en las hembras es cuestión de días, lo que explica que la suerte sea un factor definitivo para que podamos aprovecharlo. En los machos, que hasta entonces han permanecido en lo más profundo del monte, se despierta el instinto de la perpetuación de la especie, asomándose a campo abierto y bajando la guardia. Son animales que sólo presentan un celo al año, por lo que las corzas sólo tengan una oportunidad para quedar preñadas: si no lo consiguen deberán esperar al julio próximo. Todo esto guarda estrecha relación con uno de los periodos de gestación más curioso del mundo animal, la diapausa embrionaria: el feto entra en letargo hasta enero, unos cinco meses después, para que el corcino nazca en plena primavera, cuando el alimento es abundante y la climatología mucho más benévola.

¿Cómo es cazar el corzo durante el celo?

Este tipo de cacerías se llevan a cabo en julio y a comienzos de agosto, cuando algunas autonomías cierran la temporada corcera. Es un buen momento para completar los cupos, si durante abril y mayo no abatimos todos los ejemplares calculados, y hacer caza de gestión, eliminando aquellos ejemplares defectuosos o que no sigan las pautas deseadas: en esta época se dejarán ver con mayor frecuencia y no será difícil poder tirar alguno.

Aunque también es un momento fantástico para encontrar a esos corzos grandes que perdimos de vista días atrás, tus objetivos también deben ser los machos cuerna defectuosa, los más débiles y como no, los denominados ‘asesinos’. Son estos últimos los que pueden causar estragos en alguna carrera persecutoria. Si otro macho es alcanzado por una de sus afiladas cuernas, prácticamente quedará sentenciado.

También podemos centrarnos en los varetos que presenten sólo botones en lugar de varas y aquellos que, tras comprobar su evolución, no hayan mejorado en su segunda cabeza. Mientras en Europa es una actividad asentada y practicada por la gran mayoría de cazadores, en España no tenemos la costumbre de cazar corzos en edad juvenil. Debemos acostumbrarnos a que esta es una regla de oro para asegurar el futuro de la especie y la calidad de los trofeos en nuestros acotados. 

Corzo. ©Shutterstock
Corzo. ©Shutterstock

¿Quieres abatir uno?

Aunque en un primer momento pueda parecer una cacería fácil, sin mucho misterio, es todo lo contrario. A diferencia de otros cérvidos, como venados y gamos, los corzos no recurren a una berrea o una ronca para atraer a las hembras o tantearse con sus rivales. Suelen expulsarlos con carreras y a empujones con sus cuernas, pero sin llegar a enfrentarse de forma clara y perseguir a las hembras de forma insistente hasta que éstas se terminan mostrando receptivas. El ritual de apareamiento también es bastante singular. Cuando el macho reclama a una hembra que está por la labor, se acercará mientras ella se aleja dibujando un ocho: es lo que se denomina corro de cópula, que no son más que las marcas que dejan en la hierba al dar vueltas uno detrás del otro. Es la hembra la que, a su debido momento, se parará y se dejará montar.

Los machos, por tanto, bajan la guardia durante unos días, hostigando a las corzas hasta montarlas. Ellos se relajan, pero ellas… Ellas están más atentas si cabe. En tus acercamientos céntrate en las corzas. Como alguna detecte tu olor o te vea, aunque sea a centenares de metros, arrastrará al macho en su huida. Ellos no van a preguntarse el porqué de la alocada carrera, simplemente van a seguir a su hembra allá donde vaya. Pero tranquilo, no todo son inconvenientes.

Ten en cuenta que el celo entra en su máximo apogeo con la conjunción de dos factores claros: calor y humedad. Eso es lo que necesitan las hembras para activarse. Los días de julio en los que las temperaturas son altas y ha caído alguna tormenta veraniega son los perfectos. Además, olvídate de salir al amanecer y al atardecer en exclusiva. Durante el celo puedes encontrar a tu macho a casi cualquier hora del día. 

Una experiencia propia

Sin ir más lejos, hace un par de años logré cobrar el último corzo de la temporada un sábado, 27 de julio a las 15:15 horas, con el sol en todo lo alto y la camisa empapada en sudor como si me acabara de tirar a un río. Sabía que solía moverse junto a una hembra cerca de unos rastrojos que lindaban con un enorme y profundo barranco de jaras. Lo había visto el día anterior, corriendo como alma que lleva el diablo detrás de otro macho, de menor categoría. No era un corzo demasiado voluminoso pero sus enormes rosetas me tenían prendado. Decidí que ese sábado no madrugaría. Llevaba varios días levantándome al alba y necesitaba un respiro.

Almorcé temprano y puse rumbo a los rastrojos sobre las 14:00 horas. Mi intención era estar allí sentado hasta que anocheciera. La sombra que proyectaba mi cuerpo en el suelo era diminuta. El sol me estaba derritiendo, literalmente. Las chicharras estaban agravando mi incipiente sordera cuando, entre dos montones de paja, los vi. El macho y la hembra realizando sus clásicos corros de celo. Un pilla-pilla amoroso precioso de contemplar. A los siete u ocho minutos la pareja se orilló al borde del rastrojo y bajo un enebro los perdí de vista. Seguramente, con el amparo de la sierra dieron rienda suelta a sus pasiones y se echaron a descansar a la sombra. El macho decidió ‘salir a por tabaco’ al cabo de 50 minutos y ese fue su último paseo. Feliz, me apresuré a aviar al animal. Con esas temperaturas la carne caduca pronto.