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Caza de alces del Yukón con arco, padre e hijo tras el gigante de Canadá

Pedro Ampuero narra en primera persona la aventura que vivió tras los alces del Yukón con arco coincidiendo con el lanzamiento de su último documental sobre ella.

Pedro Ampuero junto a su padre © Pedro Ampuero
Pedro Ampuero junto a su padre © Pedro Ampuero

El café casi está listo. Cory Custalow echa un par de huevos y un poco de bacon en una sartén. Aún medio dormidos, no hablamos mucho. Fuera está oscuro y parece que ha bajado el termómetro. Las temperaturas están siendo algo elevadas para encontrarnos a mediados de septiembre. Es la primera noche que hiela, y en estas condiciones la caza del alce se retrasa. Aún se puede ver a las hembras solas. El celo todavía no ha empezado, pero no es algo que me preocupe. Lo más importante es que estoy en una pequeña cabaña en medio de ninguna parte compartiendo con mi padre un café cargado con leche enlatada. Cory abre la puerta de la cabaña para que entre aire fresco y se vaya el olor a bacon frito. Parece que dentro de muy poco habrá algo de luz, así que es hora de moverse.

Mi padre descenderá el río en un bote mientras yo cazaré a pie con mi guía, Dom Jackson, ya que nuestra embarcación está inutilizada. El primer día entraba agua; el segundo se gripó el motor; el tercero, apareció una enorme grieta en el casco. Lo entendí como una invitación de la naturaleza a probar algo diferente. Caminamos en silencio hasta un claro de tundra baja rodeada de un impenetrable bosque de pinos y sauces. Tomo aire. Reconforta alcanzar un espacio abierto después de haber cazado el espeso lecho del río durante los últimos días.  

El protagonista se despide de su transporte. Comienza la aventura. © Pedro Ampuero

Cantos de celo de los alces

Es la primera mañana tras una helada nocturna, y una capa blanca cubre todo. Los bosques aún no han despertado. La naturaleza está sumida en un silencio sepulcral, perfecto para lanzar la primera llamada del día. En cuanto los pájaros, las ardillas y otros habitantes del Yukón se activan resulta más complicado escuchar el sonido grave y bajo del alce, así que estos primeros minutos del día son los mejores. Dom, que se encuentra a unos metros de mí para no escuchar mis ruidos, rompe ese silencio mágico con un reclamo de hembra que viaja por el valle y desaparece lentamente sepultándonos de nuevo en el silencio. Aguzamos el oído esperando que algo en aquella inmensidad haya escuchado nuestro mensaje.

Después de unos minutos oigo algo a lo lejos, pero no abro la boca. No estoy seguro de si ha sido un alce o mi imaginación soñando de nuevo con la respuesta de un macho. Unos minutos más tarde me llega el mismo sonido y giro mi cabeza de inmediato hacia Dom. Nuestras miradas se cruzan. Esta vez no hay duda. Hemos escuchado lo mismo.

Pedro y Dom durante el rececho. © Pedro Ampuero
Pedro y Dom durante el rececho. © Pedro Ampuero

Reviso nervioso el borde del bosque de donde procede el sonido. No tarda mucho en surgir de entre los árboles, a unos 275 metros, un macho enorme. Todo se torna real. ¡Se acerca! Cazar alces parece más sencillo de lo que en realidad es. Todos hemos visto reportajes o nos han contado historias en las que los machos se acercan al lugar desde donde se les ha reclamado como si fuesen tontos, pero después de haber salido detrás de ellos una vez te das cuenta rápidamente de todo el trabajo que hay detrás de cada oportunidad.

En mi primer viaje al Yukón, en el año 2005, me di de bruces con la realidad. Infravaloré uno de los mayores retos a los que un arquero puede enfrentarse, un desafío en el que cualidades como la paciencia y la perseverancia son puestas a prueba. Dicen que aprendes más de tus fallos que de tus aciertos, y aquella expedición me cambió. Analicé la cacería muchas veces, y saqué conclusiones de todos mis errores. 

Unos años después…

Detrás del arco se encontraba ahora un Pedro algo diferente. La caza también requiere algo de suerte, pero tienes que trabajar duro para reducir la influencia de este factor. Estaba preparado para dar lo mejor de mí, y por fin un macho grande estaba acudía hacia mí después de una semana de cacería. Cuando el alce comienza a cruzar el claro comprobamos el viento y rápidamente nos colocamos en el lugar donde creemos que hará su aparición. A 50 metros empezamos a divisar las puntas de su cuerna entre los sauces. Viene directo a nosotros acompañado por ese ruido único de árboles crujiendo a su paso.

Durante el lance. © Pedro Ampuero

Me recorre un escalofrío cuando aparece a unos 30 metros y continúa bajando directo a nuestra posición. Estoy sobre mis rodillas y no puedo mover un solo músculo. Mi corazón está a punto de estallar. Ha sido un largo camino hasta a este momento, necesito ser paciente y esperar unos minutos más para poder hacer un buen disparo al costado. Rompe un par de sauces más mientras se acerca. Dejo de medir con el telémetro cuando cruza la marca de los 30 metros. Tengo la mano en el disparador para tensar el arco tan pronto como vea la oportunidad. El macho levanta su cabeza de nuevo y nos dirige su mirada. Incapaz de sostenerla, agacho la cabeza y pongo la mía en el suelo. 

¡Ya está aquí!

Está muy cerca. Sé que es capaz de escuchar mi respiración agitada. Soy incapaz de controlarla. Mi cerebro es una zona en guerra bombardeada por miles de pensamientos: «Venga, dame el flanco… quizá tenga que dispararle en el pecho… por favor, acércate… no, no te acerques tanto…». A unos 15 o 20 metros cambia su trayectoria y comienza a cruzar por nuestro lateral. El momento ha llegado y tenso el arco muy despacio.

Pedro con su alce. © Pedro Ampuero
Pedro con su alce. © Pedro Ampuero

No sé bien qué ha pasado, ni siquiera qué pin he usado o dónde he apuntado, pero sí he podido ver la flecha desapareciendo entre sus costillas. ¡Creo que lo hemos conseguido! El macho desaparece rápidamente entre los sauces como si nada hubiera sucedido. Me giro y abrazo a Dom. Él es quien lo ha hecho posible. Aún no puedo creerme cómo lo hemos atraído, y rezo porque en este momento nadie me despierte: todo ha pasado como lo había soñado mil veces.

Busco el móvil en mi mochila y escribo a mi padre para contarle la gran noticia: «Papá, ¡creo que ha caído! Vuelve. ¡Increíble! ¡Gracias!». Sé que desea estar aquí para pistear mi macho, que a sus 70 años no ha regresado al Yukón para abatir otro ejemplar sino para compartir conmigo un momento tan especial. No podría estarle más agradecido. Sólo espero, el día de mañana, poder vivir una experiencia similar con mi hijo.

Pedro, sacando la carne del alce. © Pedro Ampuero
Pedro, sacando la carne del alce. © Pedro Ampuero

Turno para el jefe

Con mi objetivo cumplido es hora de colaborar con mi padre para que pueda conseguir el suyo. Los últimos días ha estado cazando en la parte superior del río, donde llegó a localizar un macho con muy buena pinta que no le dio opción una de tiro. Regresamos al campamento apresurados por Cory ante la cercanía de la noche, pero tengo un presentimiento, una corazonada, e insisto al grupo para que nos asomemos a una tabla de agua donde una hembra comía el día anterior, muy cerca del lugar donde mi padre vio a aquel macho. Me conceden cinco minutos para ojear la zona. 

Comienzo a escudriñar la zona con los prismáticos y allí estaba la hembra… ¡junto al macho! Corro hacia mi padre para avisarle de que trate de buscar una posición de tiro lo más rápido posible. Se apoya en la mochila y espera a que el animal se atraviese para colocarle un tiro perfecto, justo detrás del hombro. Apenas parece acusar el impacto, y cuando mi padre vuelve a cargar se hace realidad uno de mis mejores presagios: el alce da unos pasos y se derrumba en mitad del río.

La alegría era inenarrable, pero estaba preocupado: ¿cómo vamos a sacar semejante mole del agua? La noche se nos echa encima, así que lo amarramos a un árbol para que no se hundiera o lo arrastrase la corriente. A la mañana siguiente comenzamos el rescate con ayuda de una de las barcas, cuerdas y cabestrantes. Tardamos muchas horas en acercar el cuerpo a la orilla, pero mereció la pena. La cara de mi padre era de felicidad absoluta y eso es algo que compensa cualquier tipo de dificultad vivida. 

Una cacería inolvidable, ahora en vídeo

Padre e hijo, en mitad de la nada, juntos tras un par de grandes machos cobrados. Los nombres de nuestros perros tienen siempre que ver con algún hecho especial. Es una forma más de recordar fechas especiales. Sin duda, Yukón será un nombre extraordinario para nuestro nuevo cachorro de braco alemán.