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Aquellos maravillosos años: Así eran los días de caza de nuestros abuelos

Total, no ha llovido nada desde aquellos años 40 del pasado siglo en los que salía de caza con la del 12 de mi padre por las veredas de la adolescencia.

Dos imágenes de nuestro pasado como cazadores. ©Leonardo de la Fuente

Por Salvador Calvo

En aquellos tiempos del cuplé, o antes –aún la Montiel no estaba de moda–, coches había muy pocos en el lugar. Si acaso el de D. Ramón Álvarez de Toledo, el dueño de la finca La Espigadera, el de D. Félix el veterinario y pare usted de contar. Dos o tres, entre ellos mi señor padre, el médico del lugar, acudieron, mañana temprano, a lomos de jumento, y los demás, peones de brega para batir –rutear se dice por allí– unas veces a pie y otras andando. Escopetas, las justas: paralelas del 12 y alguna de un solo caño. Moderneces de repetidoras y superpuestas, ni por asomo.

Dieron cuatro o cinco manos en las vertientes y laderas del ribero de la finca. Cuatro o cinco de puesto y los demás al salto. Antes de empezar la cacería, allá en la casa, hubo café con migas en el amplio galpón de la cocina –hogar de la estancia del guarda. Dirigía D. Ramón y cada cual sabía su cometido. Añadiremos que la autoridad competente, Guardia Civil caminera, acudió al evento y puso la nota de legalidad pertinente.

Una cacería diferente

Canes, siete u ocho, suficientes para mover el cotarro, levantar las rabonas de sus yacijas y echar  las perdices hacia los puestos. La Espigadera fue finca muy bien nombrada en cuestión perdicera y se hicieron allí magníficas perchas de la que llamamos reina de la caza chica. Paraíso para perdigoneros, de los de la jaula colgando en la espalda en febrerillo el loco.

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Una imagen con mucha historia tras la cacería en La Espigadera. Años 40. Custodiando al personal de cazadores, la pareja de la Guardia Civil; en el medio, alto y con sombrero, D. Ramón Álvarez de Toledo, dueño de la finca; a la derecha, junto al guardia, el padre del autor, con boina y escopeta al hombro.

Al cabo de los lances, los tiros, los yerros y los aciertos, volvieron a la casa y previa la ‘chupa’ –comida compartida de fiambreras y asados en la lumbre– posaron para el fotógrafo. Cazadores de pie y en cuclillas, algunas piezas amontonadas y algún perro sin prestar atención a la cámara. Custodiando al personal de cazadores, la pareja de la Guardia Civil; en el medio, alto y con sombrero, D. Ramón; a la derecha, junto al guardia, mi señor padre, con boina y escopeta al hombro. Total, no ha llovido: años 40 del pasado siglo. En una de aquellas, a mi padre le entró la loba, uno de los últimos ejemplares que se cazaron por esos montes de los riberos del Tajo. ¡Sic transit!

De caza con la del 12 paterna 

El tiempo vuela, los años se evaporan y el cazador novel remplaza al padre. Servidor, los 16 recientes, papeles en regla, con la del 12 paterna al hombro, acudía de noche aún a la esquina de la calleja de Garrido con el Ejido Patero para unirse a la cuadrilla de Filomeno El Castellano. Cuadrilla del dicho práctico, sus tres sobrinos, El Litri, Pedro Durán y servidor. Caminando las veredas de la madrugada hasta alejarnos una legua larga del pueblo para cazar las manchas de jaras, par de la Rivera de Fresneda. Todo el santo día pateando esas laderas hostiles. Filomeno dirigiendo la faena con perros y dos o tres ayudantes, y los demás puestos veneros abajo. Conejos, liebres, perdices.

A eso de las doce o la una, un alto para abrir la fiambrera, comer un trozo de pan con una presa de tocino veteado, echar un trago de la bota, otro cigarro y vuelta a la faena hasta el declinar de la tarde, cuando ya el cansancio, los pies, el alma y Dios bendito querían que Filomeno tuviera piedad y diera por terminada la jornada. Reparto de piezas y de nuevo pasos y mil pasos por esas veredas oscuras de los campos, en busca del agua caliente del hogar, el calorcito en el alcabor de la lumbre y el descanso. 

En las zarzas 

Por los 80 ya íbamos en el dianséis en pos de los conejos de los zarzales, en medio de las apreturas del utillaje y los perros. ¿Habrá alguna adrenalina tan deliciosa como la que provocan los perros cuando dan con el conejo en el intríngulis de la zarza? La habrá, no hay duda; pero para el cazador de chica tal vez el vuelo de la perdiz, no más.

La caza era un zarzal tras otro, un frugal refrigerio en cualquier sitio y a media tarde, coche y para casa. Pero el tiempo pasa y nada queda. De la vieja foto de la cacería en La Espigadera no sobrevive ninguno. Filomeno El Castellano también se fue a las praderas de Manitú. Servidor ingresó en Virgen de Guadalupe, cuadrilla de los riberos del Guadiloba y el Almonte. Años 90. Churros de mañana en la Ruiz y después en los coches  al monte. Los mayores a los puestos, los jóvenes a cazar al salto. Perdices, liebres, aqueloutro, que llamaba Castroviejo a la zorra, y en el otoño frío, rozando el invierno, las líricas y misteriosas pitorras.

La cuadrilla enciende la lumbre, tira de tartera y echa el taco mediada la mañana. Cuando el mediodía palidece y la tarde va apagando la luz, a los coches y a la casa del Castillejo. De nuevo la reconfortante fogata y bendice Señor estos manjares, tras la dura brega de esos riberos empinados. Los años no perdonan: las viejas paralelas románticas van siendo sustituidas por relucientes superpuestas y estrepitosas repetidoras. «¡Que así tan vergonzosamente, señores, se las ponían a Felipe II!», decía nuestro querido Delibes. Y qué razón.

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Años 90. La cuadrilla de Virgen de Guadalupe se detuvo en el viejo puentecico y la cámara recogió el instante. El quinto por la izquierda, el autor del artículo. ©Salvador Calvo

Añoranza de la caza del pasado 

Un día, la cuadrilla de Virgen de Guadalupe, yendo a dar el cara y cruz del arroyo Pizarro, se paró en el viejo puentecico y la cámara recogió el instante. A veces la cuadrilla se queda en el monte, a la tibia luz del sol otoñal, enciende una buena lumbre y echa en las parrillas tiras deliciosas de costillas y pancetas. A lo lejos zumban los autos por la autovía Vía de la Plata y, a veces, en el firmamento, sentimos los graznidos de las grullas, que buscan la calma del encinar.

¿Qué fue de aquella caza de antaño? ¿A dónde fueron los utensilios para recargar los cartuchos de cartón? ¿Dónde están la cazoleta de la pólvora –sin humo–, los pistones fulminantes, la pieza para ajustarlos en el culatín del cartucho? ¿Dónde están el rebordeador, los tacos, la munición? La vieja mochila de tela duerme olvidada en algún rincón de baúl; la canana, casi deshecha, en el fondo del altillo del armario, la honorable Larga Pletina del Doce –la que mató a la loba–, con la maquinaria del caño izquierdo averiada, mira cada día de caza cómo es remplazada por las escopetas nuevas mientras ella duerme la quietud eterna.

Tras cada temporada, el largo desierto de la veda. Fúnebres presagios de futuro; pero aquella caza de esforzados cazadores «que con arma, perro y bota componen una pieza», como dijo nuestro maestro de Valladolid, quedará en la memoria de muchos de los que aún salimos los domingos al monte a romper el carámbano con las botas buscando a la rabona, o a esperar el estrepitoso arranque de la perdiz que nos transporte al Paraíso.