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Un corzo en la gasolinera

Un corzo en una zona urbana.
Un corzo en una zona urbana. ©Shuttestock

Por Chapu Apaolaza Periodista y director del Instituto Juan Belmonte de la Fundación Toro de Lidia

Recuerdo hoy cuánto se celebraron durante la pandemia las imágenes de los animales entrando en las ciudades, el corzo en la gasolinera y los jabalíes corriendo por las calles. «La vida se abre paso», celebraban, como si lo que había allí antes que el corzo no fuera vida, pues la humanidad en su extensión urbana no formaba parte de la vida, pero el animal, extemporáneo y fuera de contexto, sí. El rider, el turista que paraba a repostar camino de la playa con el coche lleno de niños y de maletas, el ejecutivo en la moto y toda la humanidad que ya no estaba allí no eran vida, pero el corzo, sí. El corzo como vida que se abre paso frente a la no vida, planteaban. 

Pensé mucho tiempo en esta frase y cada vez me resultaba más tenebrosa, pues escondía en determinado contexto una connotación conmemorativa del desastre que vivíamos. Se entendía que la vida se abría paso, al fin. En realidad la vida se estaba consumiendo en el encierro de las casas, en la ruina de las familias, en las UCI y en la pista del Palacio de Hielo de Madrid, pero ese repliegue humano significaba para algunos un hecho del que alegrarse. 

«Como toda religión, el animalismo incluye en su sistema de creencias un pecado original que hay que purgar, y en este caso es el de ser humano y occidental»

El animalismo que recela de la caza y los toros, y que de alguna manera une a la tauromaquia y al mundo cinegético en una resistencia heroica, expresa en el fondo de su ánimo un deseo, un anhelo secreto, acaso una complicidad inconsciente con nuestra extinción como especie: algún día, cuanto antes, la humanidad desaparecerá y en su lugar la vida –la otra, la no humana– se abrirá paso y al fin podrán recorrer los animales las plazas y las avenidas. Como toda religión, el animalismo incluye en su sistema de creencias un pecado original que hay que purgar, y en este caso es el de ser humano y occidental. El mismo mantra se repitió años después de la catástrofe de Chernobyl, en cuyo aniversario más reciente los animalistas celebraron que la zona del accidente, abandonada por los habitantes y los trabajadores de la zona –muchos de ellos muertos o enfermos–, se había convertido en un paraíso natural para los osos, los zorros y otras especies. La explosión del reactor habría sido poco menos que una suerte.

En los tiempos del confinamiento –y aun hoy en día– se sigue extendiendo la idea de que, gracias a la pandemia, la naturaleza ha hablado y nos ha mandado un mensaje, cosa que sólo se entiende desde el convencimiento de que la naturaleza no somos nosotros y, por supuesto, de que la naturaleza habla. Se da por hecho que la naturaleza se queja de que, por ejemplo, nos la comamos, la toreemos o la cacemos. Y que se queja con razón, pues creen que morir a chorros nos está bien empleado. Ojalá se muriera más, piensan algunos. Son los que celebran cuando sucede alguna tragedia en la plaza o en el campo, cuando la bala alcanza al cazador, el toro cornea al torero y en las gasolineras sólo ponen gasolina los ciervos.