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Teresa Ribera, ecóloga de baja escuela

El autor hace una dura crítica a la vicepresidenta del Gobierno y le anima a presentar su dimisión tras lo que considera una nefasta gestión.

Teresa Ribera.
Teresa Ribera. ©Shutterstock
Publicado: 18 de noviembre de 2022 / Actualizado el: 2022/11/18 - 10:20

El 4 de octubre de 2021 escribí en ABC de la Caza el artículo La loba Ribera, sobre la licántropa ministra que corre con los asuntos de nuestra ecología y demografía, adornada de las propias baratijas que engalanan al gabinete de buhoneros donde se integra. El análisis de hoy no es una repetición, aunque insista en lo mismo, porque a la también vicepresidenta no la transmuta ni su caudillo chusquero, paradigmático intercambiador de principios para darse pisto paseando deshonor y desafuero. Ribera, alumna de primera, no decae en sus obsesiones de interdicción. Las manifestaciones en la calle, y las increpaciones que la avasallan allá donde vaya, encelan su bravura para atacar nuevas parcelas de la caza, aunque tuvieran vigilancia y planes de conservación desde antes de nacer ella.

Creo que, además de propender a loba, doña Teresa puede ser algo locatis o, me cuesta menos pensarlo, simplona. Resultaría atrevido aventurar que obra por maldad. No la tengo por malandrina, sólo por incompetente, que cuanto menos actúa menos desmerece. ¡Más campechanía, ínclita ministra! Sin tanto cientifismo de salón y con mayor apego a la sencilla razón. Observe más y especule menos. Acepte el orden natural de la vida y desista de teñirlo con doctrina. Y no se ría bobamente cuando la fotografían para testimoniar inoportunidad y fracaso en el obrar. Emancípese de trujamanes y deje de apoyarse en edecanes y correveidiles, más útiles para el ideario que rentables al erario. Lo absurdo y lo hilarante juntos llevan a lo surrealista y en el surrealismo nos sumerge su excedencia funcionarial permanente, que alguien consideró el sueño de profesores y profesionales mediocres sin vocación, empleados en política por lucimiento, enriquecimiento o ambas cosas al tiempo. ¡Qué productivo cambalache, maestra!

 «No la tengo por malandrina, sólo por incompetente, que cuanto menos actúa menos desmerece. ¡Más campechanía, ínclita ministra! Sin tanto cientifismo de salón y con mayor apego a la sencilla razón. Observe más y especule menos. Acepte el orden natural de la vida y desista de teñirlo con doctrina»

¿De qué se sonríe, señora mía, cada vez que aparece para aguar la fiesta  o amargar la vida al campesinado, entorpeciendo su ocupación, aficiones o tradición? ¿De preferir la cáscara a la nuez y la intuición al rigor? Es usted una escopetera de tiros por la culata y siempre le sale al revés lo que dispara. Con justificaciones del fallo, siempre también, entre risicas que irritan más que calman a quien duda si lo engaña una veterana de trincheras o le bromea una alma en pena. Elija sustantivo, inefable mandataria, a quien seguro le gustaría un altarcillo de virtuosismo. Propongo «Santa Teresita del lobo feroz y la tórtola viajera, las perdices postineras y la codorniz meseguera». Joyas todas de su protección que, a cual peor, abarca el campo y la caza, el tiempo y el clima, el gas, la luz y la gasolina.

Su rescate de animales y abandono de paisanos a cuenta de perros y gatos debe tomarse como molde de antipatía a la racionalidad, nunca antes vista en un máximo rector de lo ambiental: sin mérito especial que alabar, desde luego, pero tampoco con deméritos así a lamentar. Caso distinto el suyo, culpable de lo muy mal hecho en esta área y a quien un día emplazarán las urnas, donde su equipo se va a enterar. Seguro que, cuando llamen a votar, no irán por el ramo de transportes, ganadería, agricultura, cinegética o tauromaquia los eventuales de salario máximo que la cortejan, burócratas papelistas de las peores acepciones, pero con astucia para camelar decisiones. Y usted se verá apeada de su sede sin que le valgan trucos de charlatán que mucho habla, poco dice, menos sabe, nada arregla y todo enreda. Pero no tema el paro: en su Ciudadela balear, libre de lobos y con la ganga de un cese bien indemnizado, le aguarda el balsámico Mediterráneo y una paz pensionada para soñar. Allá se las apañen para limpiar los zurullos depuestos quienes vengan detrás y deban arrear. Y vete entonces a pedir cadena para quien pueda alegar de eximente su vena locuela.

«Dimita, excelencia, y no espere al último aviso. Nada de su competencia cabe imaginar peor de como está»

Lo dijo no sé quien: «La dicha es cosa de chalados, sandios, malvados y santos». Creo no figurar entre ninguno, por lo que la falta de felicidad quizá sea mi peor cruz. ¿Pero y usted, dónde mora? Contesto yo: en el cuartel de Moncloa, blindada por el alto mando de un Gobierno sin comunicación, al que aguantar y tragar es lo que le ocupa, dándole igual la España laboriosa, sin vacaciones, vacía y humeante. La hecha carbón y en agonía. Sus hombres, mujeres, ancianos y niños jamás olvidarán este pérfido disponer y ejecutar. Cuantos más tubos les retiren y menos suero les metan, antes expirarán. Ovejas, vacas, tórtolas, patirrojas y codornices tampoco se lo agradecerán, porque los pastores y cazadores las cuidan más. No habrá para usted regazo ni paño de lágrimas. Dimita, excelencia, y no espere al último aviso. Nada de su competencia cabe imaginar peor de como está. Si de necios y locos, todos, hasta yo, tenemos un poco, usted acredita medio y cuarto más. Triste honor de derrotada. Huya. Deserte antes. Váyase ya.