Durante décadas, quienes crecieron en pueblos han defendido una idea que hoy sigue generando debate: «éramos más libres». No es solo una frase hecha. Es el recuerdo de una forma de vida en la que los niños salían de casa sin horarios rígidos, recorrían el monte sin vigilancia constante y participaban desde muy pequeños en tareas que hoy se considerarían impropias de su edad. Lejos de ser una percepción distorsionada, la psicología y las ciencias sociales empiezan a confirmar que esa sensación tiene una base real.

Uno de los puntos de partida para entender esta realidad es que la infancia no ha sido siempre igual. La sociología de la infancia lleva años señalando que la forma en que crecen los niños depende directamente del entorno social en el que viven. Autores como Allison James o William Corsaro han demostrado que no existe una única manera de ser niño, sino múltiples modelos condicionados por factores como la economía, la cultura o el territorio.

En el caso del mundo rural de mediados del siglo XX, ese contexto estaba marcado por un modo de vida exigente, en el que la familia funcionaba como una unidad productiva y en el que cada miembro, incluidos los más pequeños, tenía un papel que desempeñar. No se trataba de una decisión educativa diseñada para fomentar la independencia, sino de una realidad cotidiana que obligaba a asumir responsabilidades desde edades tempranas.

Más libertad en el día a día y una autonomía real

Ese contexto generaba, de forma natural, una mayor libertad de movimientos. Los niños no estaban sometidos a una supervisión constante porque, en muchos casos, simplemente no era posible. Los adultos trabajaban largas jornadas y el entorno requería que los menores se desenvolvieran por sí mismos.

La investigación Interculturalidad e infancia rural, publicada en la Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales, Niñez y Juventud, recoge precisamente cómo en estos entornos los niños participaban activamente en la vida familiar y comunitaria desde edades tempranas. Ese papel activo implicaba tomar decisiones, asumir tareas y resolver problemas reales en el día a día. No era una autonomía simbólica, sino práctica. Desde cuidar animales hasta encargarse de recados o colaborar en labores del campo, los menores desarrollaban habilidades que hoy han desaparecido en el entorno urbano o se han desplazado a edades mucho más tardías.

Esa experiencia continuada es la que explica que muchos recuerden aquella etapa como una escuela de vida. No porque fuera ideal, sino porque exigía implicación constante.

Responsabilidades que llegaban antes

Esa mayor libertad estaba directamente relacionada con otro elemento clave: la asunción temprana de responsabilidades. Los estudios sobre infancia rural coinciden en señalar que los niños crecían integrados en la dinámica familiar, contribuyendo al funcionamiento del hogar de una manera activa.

Esto no solo implicaba trabajo, sino también aprendizaje. El contacto con el entorno natural, la observación directa y la participación en actividades como la agricultura, la pesca o la caza formaban parte de un proceso de socialización en el que el conocimiento se transmitía de forma práctica.

El estudio El niño en el medio rural: su aprendizaje cotidiano, disponible en la Universidad de la República, subraya cómo este tipo de experiencias favorecía el desarrollo de habilidades adaptativas y una comprensión profunda del entorno. Ese aprendizaje, vinculado a la realidad diaria, contribuía a generar un sentido de responsabilidad que no respondía a normas abstractas, sino a necesidades concretas. Si había que hacer algo, se hacía. Y se hacía desde pequeño.

Un entorno con menor supervisión que el actual

Sin embargo, esa libertad y esa responsabilidad no pueden entenderse sin tener en cuenta otra variable fundamental: el nivel de supervisión. La psicología rural y los estudios sobre desigualdad territorial coinciden en que los entornos rurales han estado históricamente marcados por un menor acceso a recursos y a estructuras institucionales.

El trabajo Psicología, procesos psicosociales y escenarios rurales, disponible en SciELO, analiza precisamente estas dinámicas. En ese contexto, la supervisión adulta y la protección institucional eran más limitadas que en la actualidad. No porque no existieran, sino porque el sistema no estaba diseñado para ejercer un control constante sobre la infancia como ocurre hoy.

Esto explica por qué esa libertad no era necesariamente un privilegio buscado, sino una consecuencia del entorno. Los niños tenían más margen de acción, pero también estaban más expuestos a situaciones que hoy serían consideradas de riesgo.

Esa combinación de factores —autonomía, responsabilidad y menor supervisión— es la que permite entender por qué tantas personas recuerdan su infancia en el mundo rural como una etapa especialmente formativa. No se trata de afirmar que aquellas generaciones fueran mejores o más fuertes, sino de reconocer que crecieron en un contexto que favorecía que asumieran responsabilidades antes y que desarrollaran una relación directa con su entorno desde edades muy tempranas.

La psicología no desmiente ese recuerdo, pero sí lo matiza: la libertad existía, pero no era gratuita; la responsabilidad era real, pero nacía de la necesidad; y la protección, aunque presente, era menos intensa que la actual.

Un modelo que ya no existe

Hoy, ese modelo ha cambiado radicalmente. La mayor presencia de instituciones, la transformación del mundo rural y el avance de la sociedad han dado lugar a una infancia más protegida, más supervisada y, en muchos casos, más dependiente del entorno adulto. Esa evolución no implica necesariamente una mejora o un empeoramiento, sino un cambio de paradigma. Cada generación crece adaptándose a las condiciones que le toca vivir.

Síguenos en discover

Sobre el autor