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Lince ibérico, el alimañero del siglo XXI

Estando de espera al jabalí en una finca de Ciudad Real fui testigo de cómo un lince atacaba a un zorro. Siempre pensé que eran los perros los que iban detrás de los gatos... no al revés.

Lince. ©Shutterstock
Lince. ©Shutterstock

En mi juventud viví el declive del lince ibérico (Lynx pardinus) en la Península. Todos sospechábamos que era debido a alguna enfermedad. En aquellos tiempos ni se analizaba ni se estudiaba el porqué, pero los que sí tenían claros los motivos eran los guardas de las fincas donde siempre hubo una gran población de este felino. Una de estas fincas era El Palomar. Su guarda mayor, conocido por todos como Luisón, actualmente jubilado, en aquellas charlas informales a la sombra de una encina siempre me decía: «Al lince lo mató una enfermedad». Yo presencié su desaparición. En el transcurso de un año en aquellos riscos se dejó de ver un solo ejemplar. 

Donde hay linces no hay zorros, me contaba también, pues en el territorio de caza de los primeros los segundos pasan de puntillas: si caen en sus garras tienen perdida la batalla. Estos felinos son muchos menos voraces que los raposos –que pueden matar cien conejos para sólo alimentarse de uno–, pues sólo cazan lo que van a comer. En aquellos años, en mi ignorancia, las explicaciones de Luisón no resultaban me eran del todo creíbles. Siempre pensé que eran los perros los que iban detrás de los gatos… no al revés. 

Testigo directo de un ataque a un zorro

Hace cuatro años que cazo en una finca de Ciudad Real en la que el lince cría todas las primaveras. Hay pocos espectáculos naturales como hacer una espera a los cochinos y, antes de ponerse el sol, encontrar ante ti al rey de nuestros felinos bebiendo en la baña o comprobar cómo los conejos no corren cuando el lince está marcando su territorio y no cazando. Durante uno de esos aguardos, sentado en el borde de un rastrojo salpicado de encinas, me tuve que quitar el sombrero recordando a Luisón. En una esquina del rastrojo, bajo unas retamas, se perfilaba la cabeza de un lince esperando el paso de algún orejudo incauto. Mientras lo observaba con los prismáticos, a mi derecha, al lado contrario del rastrojo, ladró un raposo. Fue visto y no visto. ¡No pensé que podrían correr tan rápido! El felino pasó a unos diez metros de mi puesto y el zorro no se percató del ataque hasta que lo tenía prácticamente encima. No presencié el final, pero por lo que escuché di por supuesto el final del cánido. 

Esta finca tiene una de las mayores densidades de perdices salvajes de las que yo conozco. Al conejo se le mima, ya que es el sustento principal de los linces, y en el cortijo no hay gatos domésticos, uno de los vectores principales de enfermedades de esta especie. Amigo cazador, si tienes la suerte que una pareja de linces elija tu coto para establecerse te habrá tocado la lotería. Pronto comprobarás cómo, increíblemente, descienden las poblaciones de zorros, meloncillos, turones, ratas… al tiempo que aumenta la densidad de las especies cinegéticas. En mi opinión, el lince es el perfecto alimañero.