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Un cazador destaca con este apasionante lance a un gran jabalí la «libertad» que le aporta la caza

El cazador Óscar Fernández Toural recuerda en este relato un lance a un jabalí vivido hace un lustro que le marcó en su vida como cazador.

jabalí
Una imagen de la jornada. © O. M.

Por Óscar Fernández Toural

A mi derecha sonaban disparos. En el puesto número tres, Roberto, en al menos tres ocasiones repetía dos o tres tiros. Su puesto se sitúa arrimado al pequeño arrollo seco que atraviesa un precioso bosque de hayas, un soleado 29 de diciembre.

No llego a ver los perros, pero escucho sus ladridos aún. Atento a mi derecha, a mi izquierda, tratando de no perder en ningún momento la concentración, la tensión. No hay movimiento, los minutos pasan y se hace el silencio, tan solo interrumpido en algún instante por «el carrasqueo» de un arrendajo, molesto por nuestra presencia allí. La belleza del bosque es incomparable, luces y sombras proyectadas sobre un mantel de hojas caídas de los árboles, mientras el sol va tomando altura. A través de las ramas secas de las hayas, un espléndido cielo azul.

A Roberto no alcanzo a verle, a mi izquierda reconozco el chaleco naranja de un invitado que nos acompaña, situado tras un tronco grueso y viejo, que marcó en mi cabeza como zona de seguridad, «hasta ahí puedo disparar». A mi espalda la mochila, provista de las cuatro cosas que nunca pueden faltar, un cuchillo, una navaja, algo de fruta y un poco de agua. El trípode junto a ella, como tantas veces termino por no hacer uso de él. Suena de nuevo un disparo, esta vez más lejos, de esos que suenan a acierto. Parece un momento de calma y enciendo brevemente la emisora, nuestros compañeros de las rehalas se comunican intensamente para situarse bien, para no adelantarse, para no dejar a nadie atrás. Se ayudan y nos anuncian que ha habido un levante, que los perros van adelante, reconozco perfectamente la voz de Tomás: «Permaneced atentos en lo puestos, son jabalíes».

Sujeto la visera de mi gorra, la recoloco y de nuevo apago la emisora. Reviso el rifle, seguro puesto, sin correa, es otra manera de obligarme a mantener la concentración, como lo es no traer una silla en la que sentarme, lo sujeto con mi brazo derecho y apoyado sobre mi antebrazo izquierdo, miras abiertas en esta ocasión. Como acostumbro a hacer, doy cuenta de un plátano al tiempo que observo a mi alrededor y bebo agua. La mañana va transcurriendo, los minutos pasan y adivino de nuevo las ladras lejanas de los perros que sin duda llevan caza.

Cómo explicar la emoción que nos provoca a cada uno de los que estamos allí. Cuántos cuidados, cuántos kilómetros, cuántas ausencias, tantas y tantas madrugadas, cuánto esfuerzo y sobre todo cuánta pasión en esta forma de vivir. Son sencillamente las ilusiones y los sueños compartidos, entre amigos, en convivencia con todo lo que nos rodea, con la tradición, con las costumbres, a la memoria de tantos compañeros que de alguna manera siempre permanecerán aquí, a las buenas prácticas, al respeto y a algo tan importante como es nuestra propia libertad, la nuestra como cazadores, que es la de todos.

Otra imagen del jabalí. © O. M.

Levanta las hojas a su paso, su trote es intenso y decidido, lo escucho venir y lo veo entre las ramas secas, por delante de mí ha abandonado el arroyo y desde la derecha se aproxima sin pausa. Es un precioso macho; no tengo dudas, viene sólo, sin perros, sus trazas son inconfundibles.

A cada paso mejora su posición, está a tiro, pero decido aguantar, hay muchas hayas y muchas ramas, espero a que se meta por mi izquierda confiando mi suerte, su suerte, a un solo tiro. Quito el seguro, me encaro el rifle y coloco el dedo sobre el gatillo, es el momento, expiro, siento mi corazón latir y disparo, la bala le roza levemente la cruz y el jabalí se vuelve sobre sus pasos, pero ahora aprieta, casi de culo me ofrece una parte de su costado derecho, disparo de nuevo y lo hago por tercera vez. No aprecio que encaje el tiro, pero cuando parecía marcharse, le veo ceder, cae entre las hojas sobre su costado izquierdo.

Hoy es jueves, 24 de marzo de 2022, de un caluroso día en Bilbao. Mientras espero a la salida de mi pequeña Noa tomando un zumo de naranja, escucho a Bruce en la radio. Sin sonido puedo ver las imágenes de la locura en Ucrania, mientras en las calles de cada ciudad la vida sigue, protestas de transportistas, de armadores, de ganaderos, de agricultores, paradas de producción de diferentes sectores y lo que parece un riesgo real de falta de abastecimiento.

Desde aquí he decidido volver a aquel 29 de diciembre de 2016, se trata tan solo del recuerdo y relato de un día de caza, elegido en libertad. Disfruta de aquello que te guste, lo que sea y con quien sea que te haga sentir que estás aquí, nunca des la vida por supuesta.