Durante años, la caza fue expulsada de los parques nacionales españoles bajo la idea de que la naturaleza recuperaría por sí sola el equilibrio perdido. Pero el tiempo ha terminado desmontando ese planteamiento en Cabañeros. La Junta de Castilla-La Mancha acaba de prorrogar el Plan de Gestión de Ungulados Silvestres del parque nacional después de admitir oficialmente que las poblaciones de ciervos y jabalíes siguen causando graves daños ecológicos y que las medidas de control deben mantenerse porque la situación continúa lejos de estabilizarse.
La resolución, publicada este 22 de mayo en el Diario Oficial de Castilla-La Mancha, prolonga durante un año más un plan aprobado en 2023 que ya supuso, aunque sin llamarlo así, el regreso de la actividad cinegética al Parque Nacional de Cabañeros. Aquella decisión llegó después de años de advertencias por parte de técnicos, propietarios y científicos sobre el deterioro del ecosistema. Ahora la propia Administración reconoce que los problemas persisten y que es imprescindible mantener las actuaciones de control poblacional para evitar que el parque siga degradándose.
La resolución firmada por la Dirección General de Medio Natural y Biodiversidad admite que continúan existiendo «densidades superiores a los objetivos establecidos en el PRUG», así como problemas de regeneración vegetal y desequilibrios ecológicos derivados del exceso de ungulados. También señala que sigue siendo necesario asegurar el cumplimiento de la Directiva Hábitats y mantener un estado de conservación favorable de hábitats y especies.
En otras palabras: el parque nacional no ha conseguido recuperar el equilibrio sin intervenciones humanas. Y el principal instrumento utilizado para ello vuelve a ser, aunque bajo fórmulas administrativas y eufemismos técnicos, la extracción selectiva de animales mediante la caza.

La prohibición de la caza acabó disparando el problema
El origen de la situación se remonta a la aplicación de la Ley de Parques Nacionales, que prohibió la caza deportiva en estos espacios protegidos. En Cabañeros, donde históricamente las fincas habían mantenido las densidades de fauna bajo control mediante aprovechamientos cinegéticos, aquello provocó un cambio radical.
Sin depredadores naturales capaces de regular poblaciones de ciervo y jabalí, los animales comenzaron a multiplicarse hasta alcanzar densidades incompatibles con la conservación del monte mediterráneo. La propia Junta reconoció ya en 2023 que no era viable «la aplicación de una estrategia de regulación de las poblaciones de ungulados a través de procesos naturales de depredación». Aquella resolución explicaba que el parque sufría una «afección negativa a la composición y diversidad» de flora y fauna, con elevados niveles de ramoneo, degradación de hábitats y riesgos sanitarios asociados a altas densidades de animales.
El mensaje era claro aunque el término ‘caza’ desapareciera del texto oficial. La Administración autorizaba «artes cinegéticas» y «métodos de control poblacional» porque había comprobado que el ecosistema estaba perdiendo capacidad de regeneración. Jara y Sedal ya adelantó entonces que el regreso de la actividad cinegética a Cabañeros era inevitable. Tres años después, la prórroga del plan confirma que el problema no solo continúa, sino que sigue requiriendo actuaciones intensivas para intentar contenerlo.
Europa también ha terminado dando la razón al control cinegético
La publicación de esta prórroga llega apenas unas semanas después de que el Parlamento Europeo reclamara a España revisar el modelo de gestión de Cabañeros e integrar la caza regulada dentro de las estrategias de conservación cuando esté científicamente justificada. La conclusión europea fue contundente. Tras visitar el parque y escuchar a técnicos, científicos, propietarios y administraciones, los eurodiputados asumieron que la prohibición absoluta de la caza había contribuido al deterioro del espacio protegido.

El informe aprobado en Bruselas alertaba de la sobrepoblación de ciervos y jabalíes, la pérdida de regeneración vegetal, la erosión del suelo y el empobrecimiento de la biodiversidad. Además, reconocía expresamente el papel de la caza regulada como herramienta útil de gestión de fauna silvestre.
Durante aquella visita, los representantes europeos pudieron comprobar sobre el terreno el contraste entre parcelas valladas, donde la vegetación se regeneraba con normalidad, y zonas abiertas al ramoneo continuo de los ungulados, prácticamente incapaces de recuperarse. Los datos manejados durante la misión reflejaban densidades de hasta 100 animales por kilómetro cuadrado en algunas áreas del parque, muy por encima de lo que los expertos consideran sostenible.
La Junta admite que el control debe continuar
La nueva resolución del DOCM deja poco margen a la interpretación. El Gobierno regional reconoce que «la continuidad del plan resulta imprescindible para no interrumpir las acciones de gestión iniciadas» y para asegurar que las poblaciones se mantengan «dentro de los límites compatibles con la conservación del Parque Nacional».
El documento recuerda además que durante estos años se han aplicado medidas de captura en vivo, extracción selectiva, seguimiento sanitario y controles poblacionales periódicos. Sin embargo, admite que todo ello no ha sido suficiente todavía para corregir completamente el problema. Por todo ello, el plan prorrogado mantendrá las mismas medidas, criterios técnicos y actuaciones previstas hasta ahora. Es decir, continuará permitiéndose el control poblacional mediante actuaciones cinegéticas aunque la Administración siga evitando definirlas directamente como actividad de caza deportiva.

La paradoja resulta evidente. Después de años expulsando la caza de los parques nacionales bajo argumentos ideológicos y políticos, las propias administraciones reconocen ahora que el exceso de fauna salvaje amenaza precisamente aquello que se pretendía proteger.
Cabañeros se ha convertido en el gran símbolo del fracaso de la no intervención
Lo ocurrido en Cabañeros empieza a verse ya en muchos sectores como el ejemplo más claro de los límites del modelo de “no intervención” aplicado en determinados espacios protegidos. La ausencia de depredadores naturales, el crecimiento descontrolado de ungulados y el deterioro progresivo del monte mediterráneo han terminado obligando a recuperar aquello que durante años se quiso eliminar: la gestión activa de fauna mediante controles cinegéticos.
La diferencia es que ahora la caza vuelve bajo otros nombres. Se habla de «extracciones selectivas», «capturas», «control poblacional» o «artes cinegéticas». Pero el fondo es el mismo: recechar un animal o tratar de abatirlo mediante otra modalidad cinegética para evitar que el ecosistema colapse.
Y mientras la Administración sigue evitando llamar caza a lo que durante décadas fue simplemente caza de gestión, la realidad ecológica de Cabañeros continúa imponiéndose sobre el discurso político. Lo ocurrido en este parque nacional empieza además a verse como un aviso para otros espacios protegidos españoles donde también se redujo o eliminó la gestión cinegética esperando que la naturaleza se equilibrara sola. Con los años, el exceso de ungulados, la falta de regeneración vegetal y el deterioro de hábitats están obligando a muchas administraciones a asumir una evidencia incómoda: sin control poblacional, conservar determinados ecosistemas mediterráneos resulta cada vez más difícil.








