Muchos cotos se han quedado sin perdices mirando siempre hacia fuera, culpando al furtivo, a la mala suerte o incluso al tiempo, cuando en realidad gran parte del problema está dentro de la propia gestión del terreno. La falta de agua, la eliminación de lindes, las fumigaciones o el abandono de pequeñas mejoras del hábitat son errores que se han ido normalizando con los años simplemente porque nadie se ha detenido a corregirlos. Y lo peor es que, en la mayoría de los casos, todavía estamos a tiempo de poner remedio antes de que las patirrojas desaparezcan por completo.

La perdiz roja atraviesa uno de los momentos más delicados de las últimas décadas en buena parte de España. Cada temporada son más los cazadores que recorren sus acotados con la sensación de que las patirrojas han desaparecido. Sin embargo, detrás de esa caída no suele haber una sola causa, sino una suma de problemas desarrollaremos a continuación.

En muchos cotos, especialmente los agrícolas, la situación se repite año tras año. Donde antes era habitual escuchar el reclamo de las perdices en primavera o levantar bandos en otoño, ahora apenas quedan algunas parejas aisladas. Y lo preocupante es que, en muchos casos, todavía se siguen cometiendo errores que dificultan aún más su recuperación.

La clave, según coinciden gestores y técnicos cinegéticos, está en revisar qué está fallando en el terreno y actuar antes de que sea demasiado tarde. Hay medidas sencillas que pueden marcar la diferencia y que, aplicadas con continuidad, permiten recuperar densidades aceptables de perdiz silvestre.

Agua, comida y refugio: lo básico para que sobrevivan

Uno de los problemas más frecuentes en los cotos cerealistas es la falta de recursos básicos durante los meses más duros del verano. La disponibilidad de agua resulta esencial tanto para las perdices adultas como para los pollos, especialmente en zonas donde apenas queda vegetación natural.

Disponer de bebederos y comederos bien repartidos puede reducir los desplazamientos de las aves y, con ello, el riesgo de predación. Muchos gestores recomiendan instalar puntos de agua cada 30 o 40 hectáreas y acompañarlos de pequeñas aportaciones de trigo para facilitar la alimentación en los momentos más críticos.

Pero no basta solo con aportar agua y comida. Las perdices necesitan también zonas donde protegerse. Las tormentas de granizo veraniegas provocan auténticos estragos entre los perdigones en amplias zonas de la meseta, y por eso cada vez son más los cotos que instalan pequeños refugios construidos con palés y ramas entrelazadas.

Un cazador crea un refugio para las perdices. © Edu Pompa

Estos cobijos, colocados cerca de rastrojos, lindes o comederos, ofrecen protección frente al granizo y también frente a algunos predadores. La ubicación es clave: deben situarse en zonas querenciosas donde las parejas suelan moverse habitualmente.

El problema silencioso de las fumigaciones

Otro de los grandes enemigos de la perdiz roja moderna está en los tratamientos agrícolas intensivos. Las lindes y ribazos funcionan como auténticas despensas para los pollos durante sus primeras semanas de vida, ya que allí encuentran insectos fundamentales para su desarrollo. Cuando esos márgenes se fumigan de forma sistemática, desaparecen hormigas, saltamontes y otros pequeños invertebrados que constituyen la base de la alimentación de los perdigones. El resultado suele ser demoledor: los pollos se ven obligados a recorrer mayores distancias buscando comida y quedan mucho más expuestos a zorros, córvidos y rapaces.

La eliminación del pasto natural y de los pequeños arbustos agrava aún más el problema. En muchos cultivos de secano apenas queda vegetación espontánea, y en olivares, almendrales o viñedos se elimina constantemente cualquier cubierta vegetal. Esa homogeneidad del paisaje perjudica directamente a la especie.

Por eso, los especialistas insisten en recuperar el llamado “coto mosaico”, alternando cultivos con barbechos, rastrojos, eriales, arroyos con vegetación y pequeñas manchas de monte. La diversidad es uno de los factores que más influye en la presencia estable de perdices.

Jabalíes, predadores y exceso de presión cinegética

El aumento del jabalí en muchos territorios ha terminado convirtiéndose en un problema añadido para la perdiz roja. Aunque a menudo se asocia únicamente a daños agrícolas o accidentes de tráfico, lo cierto es que el cochino ejerce una enorme presión sobre los nidos. Los huevos de perdiz forman parte habitual de la dieta oportunista del jabalí y, en cotos con densidades elevadas, la reproducción de las patirrojas puede verse seriamente comprometida. No es casualidad que en muchos grandes cotos perdiceros el control del jabalí sea una prioridad absoluta.

A ello se suma la necesidad de gestionar correctamente otros predadores como el zorro o los córvidos. Siempre dentro de la legalidad y conforme a los permisos autonómicos correspondientes, numerosos cotos realizan controles mediante cajas trampa, esperas o aguardos autorizados.

Controlar los depredadores es de vital importancia. © Shutterstock

Tampoco conviene olvidar la propia presión cinegética. Hay terrenos donde simplemente se sigue cazando por encima de sus posibilidades reales. Realizar censos previos y adaptar los cupos a la densidad existente resulta fundamental para evitar que las poblaciones terminen colapsando.

El error de las sueltas y la importancia del hábitat

Cuando las perdices empiezan a escasear, muchos cotos optan por recurrir a ejemplares de granja para mantener las jornadas de caza. Sin embargo, numerosos gestores llevan años advirtiendo de las consecuencias negativas de estas prácticas.

Las perdices procedentes de granja presentan un comportamiento muy distinto al de las silvestres y, además, existe el riesgo de afectar a la pureza genética de las poblaciones autóctonas. En muchos casos, las repoblaciones acaban generando aves mucho menos adaptadas al medio.

Frente a eso, la mayoría de expertos apuesta por mejorar el hábitat antes que por soltar ejemplares criados en cautividad. La creación de caballones, islas de vegetación o franjas sin cosechar ofrece resultados mucho más eficaces a medio plazo.

Llegar a acuerdos con los agricultores también resulta imprescindible. Retrasar algunas labores, dejar pequeñas superficies sin cosechar o conservar determinadas lindes puede marcar la diferencia entre un coto vacío y otro capaz de mantener poblaciones estables de perdiz roja salvaje.

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