Félix Rodríguez de la Fuente, el cazador naturalista

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Con él empezó todo. Gracias a su mente privilegiada y su arrollador carácter consiguió que España entera conociese su propia naturaleza y deseara preservarla. Y sí, Félix Rodríguez de la Fuente era cazador.

12/9/2018 | Alfonso V. Carrascosa (científico del MNCN-CSIC)

Félix Rodríguez de la Fuente rescató la cetrería en nuestro país. /Archivo de la familia Rodríguez de la Fuente

Este año se han cumplido 50 años de Operación Baharí, un auténtico hito en la historia de la caza española, precisamente el mismo año en que se conmemoran los 90 años del nacimiento del principal protagonista de dicha historia: el doctor Félix Rodríguez de la Fuente (1928-1980). La Operación Baharí y la construcción del mito del más conocido naturalista y mejor divulgador científico del siglo XX –al que tanto llegarían a querer multitud de niños que le llamaban Félix, el amigo de los animales, algunos de los cuales hemos llegado a ser científicos, entre otras cosas, gracias a su labor– recibieron sus primeros apoyos firmes desde el mundo de la caza, mundo por cierto que en lo científico también propició, por ejemplo, los anillamientos de aves migratorias antes de que existiera la Sociedad Española de Ornitología de la que Félix fue socio fundador.

Así nació el naturalista

Quien mejor ha contado su vida ha sido Benigno Varillas en su magnífica obra Félix Rodríguez de la Fuente, de la que tomo los datos de su biografía y su mensaje de futuro que a continuación resumo brevemente. Seducido a los 12 años por la experiencia de presenciar un fenómeno cinegético natural, el de la caza de patos por un halcón peregrino en su Poza de la Sal natal (Burgos), a los 17 se decidió a resucitar el Arte de la Cetrería lanzándose a ello en picado, como sus queridos halcones: una aventura que duraría toda su vida. A partir de aquí no paró de estudiar por cuenta propia, visitar bibliotecas, desempolvar pergaminos…

Sus progenitores retrasaron su escolarización, lo cual le permitió disfrutar del campo, y su padre le regaló unos prismáticos cuando sólo tenía 13 años, lo que le convirtió en un estudioso ornitólogo y un auténtico experto en bird watching (observación de aves). Éstas fueron algunas de las claves de su iniciación como naturalista. Después se licenció en medicina, en la especialidad de estomatología –poseía estudios más que suficientes para entender cualquier fenómeno zoológico, por científico o abstruso que pudiera ser; conviene recordar que el único título universitario que obtuvo Darwin fue el de teólogo–, y con trabajo fijo de dentista en la consulta del doctor Sol su vida profesional estaba más que encarrilada. Sin embargo, la fuerte atracción que sentía por la naturaleza le llevó a dejarlo todo por la caza con halcón en puño… sin un duro en el bolsillo. Y salió más que airoso de este lance, como se diría en términos cetreros.

Terminando las milicias universitarias solicitó a las autoridades militares –a las que, junto con el presidente de la Diputación de Burgos, les encantaba acompañar a Félix cuando salía a cazar con su halcón– que le ayudaran a resucitar el Arte de la Cetrería. La Capitanía General de la VI Región Militar y el entonces jefe del Servicio Nacional de Pesca Fluvial y Caza (SNPFC), Jaime de Foxá, a quien conoció por esas fechas, le facilitaron una moto con la que realizar los desplazamientos necesarios para capturar halcones que adiestraría para hacer una demostración en la inauguración de una estatua de El Cid durante las Fiestas Cidianas de Burgos.

Impulsor de la cetrería

Jaime Foxá –entonces presidente de la Federación Española de Caza– le apoyó también en la puesta en marcha del Centro de Cetrería de Burgos del SNPFC, del cual Félix sería fundador y director. Con este pequeño apoyo proveniente del mundo de la caza fue dándose a conocer a la élite del país, jefe de Estado del momento incluido, gracias al gancho del exotismo de la cetrería y a su extraordinario don natural de una irresistible locuacidad de la que siempre hizo gala y con la que comenzó su vida pública este auténtico Cid halconero. En 1960 la Federación Española de Caza le concedió en la persona de su presidente, Joaquín España Cantós –a la sazón responsable de la Oficina para la Investigación y Estudio de la Migración de las Aves, funciones que más tarde asumiría la Sociedad Española de Ornitología–, el diploma de reconocimiento a su labor por recuperar la cetrería: de nuevo, un estímulo proveniente del mundo de la caza en la incipiente actividad de nuestro protagonista.

Félix Rodríguez de la Fuente en su juventud. /Archivo de la familia Rodríguez de la Fuente

La fuerza de Félix era tal que su mensaje conservacionista convenció a Jaime Foxá, Joaquín España y otros que apoyaban las juntas de extinción de alimañas –que habrían acabado con las aves rapaces y el lobo–, de tal modo que derogaron las leyes que las sustentaban protegiendo así a los controladores naturales de las especies de interés cinegético. Y llegamos a la Operación Baharí, primer beneficio social en época contemporánea española que Félix consiguió a base de la aplicación del Arte de la Cetrería, cuyos pormenores han sido contados con detalle en el libro Soltando pihuelas de Javier Ceballos. Corría el convulso año de 1968 cuando el doctor Rodríguez de la Fuente –ya muy activo en prensa, radio y la recién creada Televisión Española y, por tanto famoso, además de afincado en Madrid gracias en parte a haberse enamorado y casado con Marcelle Genevieve Parmentier, que tanto le ayudó en su carrera– fue recomendado al ejército de EEUU por uno de sus miembros, el célebre cetrero A. Graham, teniente coronel y director de United Peregrine Society Ins., para hacer frente a un problema que en 1967 había causado la pérdida de 100 millones de las pesetas de entonces a la Base Aérea de Utilización Conjunta de Torrejón de Ardoz: los choques de aviones con aves (bird strike).

Operación Baharí, halcones en los aeropuertos

Félix aceptó el reto y lo llamó Operación Baharí –halcón en árabe–. Consistió en utilizar sus aves como medio para ahuyentar a las aves involucradas en los choques, algo que no requería necesariamente eliminarlas: bastaba volar sus halcones para espantarlas de manera natural, respetuosa y sostenible –echando mano de su bagaje cidiano los había bautizado con los nombres de Minaya, Perla, Durandal, Doña Aldonza, Doña Elvira y Don Mendo–.

El éxito fue tal que en el primer año de la aplicación del sistema las pérdidas se redujeron a cero. En 1970 Aviación Civil le propuso hacer lo mismo en el aeropuerto de Madrid-Barajas, lo cual llevó a cabo mediante Operación Baharí II. Luego sería la Base Aérea de Morón y a continuación el resto de los principales aeropuertos españoles. Hoy son más de 20 los que recurren a este sistema para aumentar la seguridad aérea, un modo ancestral de ejercitar la caza cuyo desarrollo había impulsado en sus orígenes –que se remontan en España a la época visigótica– la ornitología y que Félix recuperó apoyado por el mundo de la caza, salvando vidas humanas y reduciendo de manera drástica las pérdidas económicas de la aviación. Parte de todo ese legado es posible encontrarlo en Internet buscando los programas escritos y dirigidos por el propio Félix, que llevaron por título Los halcones, de la serie Planeta Azul –emitido por TVE el 18 de septiembre de 1971–, y Altanería. 1ª parte, de la serie El hombre y la Tierra –el 26 de marzo de 1976–.

¿Cómo veía la caza Félix Rodríguez de la Fuente?

Y como es de bien nacidos el ser agradecidos, y sin duda Félix lo fue, dejó escrito en su prólogo a la Enciclopedia de la Caza las siguientes palabras sobre dicha actividad: «Cuando un naturalista que dedica la vida al estudio y protección de la naturaleza toma la pluma para prologar una enciclopedia de caza, necesariamente ha de hacerse una pregunta. ¿Es justo que el zoólogo, el proteccionista, el amigo de los animales, abra las páginas de un libro que, de manera tan rigurosa como atractiva, describe las técnicas de la persecución, el acoso y la muerte de las criaturas salvajes? El naturalista, con toda sinceridad, no tiene más remedio que responderse a sí mismo afirmativamente: puede y debe introducir al lector en las artes venatorias. Primero, porque él mismo llegó a conocer y a querer a los animales siguiendo las venturosas sendas del cazador. Y, sobre todo, porque la caza, lo que los científicos llaman la predación, ha venido constituyendo el resorte supremo de la vida desde que ésta apareció sobre nuestro planeta. Porque el cazador, si mata siguiendo las rígidas e inmutables leyes que ha impuesto la naturaleza a la gran estirpe de los predatores, regula, con su acción, y dirige, al mismo tiempo, el complejísimo concierto de las especies: el equilibrio entre los vivos y los muertos.

(…) Querría, también, recordarle las reglas estrictas que, desde el principio de los tiempos, han venido respetando todos los cazadores, desde el tiburón al águila, desde la mantis religiosa al tigre. Reglas cuya transgresión transforma al predator en hediondo necrófago, al noble cazador en despreciable matarife (…). El predator no sólo es el guardián de los pastos y de los frutos, al evitar la excesiva proliferación de los fitófagos, sino que también actúa como un verdadero forjador, como una formidable fuerza selectora que, implacablemente, va mejorando las condiciones anatómicas, fisiológicas, y psíquicas de todas sus presas. Pero el propio cazador ha de adaptarse también, incesantemente, a las depuradas cualidades conquistadas por el vegetariano, porque todos los predatores mal dotados, incapaces de mantener su ‘plena forma’ en esta fascinante y trágica carrera de perfeccionamiento, son incapaces de cazar habitualmente, se debilitan más y acaban desapareciendo como individuos o como especies en el concierto de la vida.

Félix, junto a su familia, en una entrevista de Televisión Española. /Archivo de la familia Rodríguez de la Fuente

Félix Rodríguez de la Fuente, un cazador ético

(…) Por ello, compañero cazador que, olvidado de tu condición de artesano, de intelectual, de financiero o de político, te sumerges de pronto en la eterna e inmutable tensión del predator ante la presa, piensa que la naturaleza ha impuesto reglas muy severas a cuantos nos hallamos en la cúpula de la pirámide de la Vida. No mates, caza. Porqué no es lo mismo matar que cazar. La persecución, el acoso y la muerte de la pieza siempre han exigido del cazador esfuerzo físico y agudeza mental. Y en cuanto el ejercicio de la caza contribuya a desarrollar tus músculos y afinar tus sentidos, será para ti una actividad noble y deportiva, regida por la eterna ética biológica. Una sola pieza que te exija una tarde entera de persecución, una penosa espera desafiando al cierzo o un laborioso cálculo de estrategia cinegética, representará más alta conquista y más provechosa dedicación que cien infelices animales derribados con comodidad y sin fatigas. Porque no es la cantidad de capturas lo que forma y ennoblece al cazador, sino la calidad de las mismas».

Félix, durante un rodaje. /Archivo de la familia Rodríguez de la F.

Se ha comentado que Félix tenía un carácter autoritario o excesivamente protagonista. En las líneas precedentes ha quedado claro que fue alguien a quien la naturaleza hirió su retina virgen, como diría Cajal, cuando no era más que un niño, y que nació con el inmenso don natural de su capacidad de comunicación y convicción a lo que se unió su pasión por la cetrería. Efectivamente, por méritos propios fue un protagonista de nuestra historia, de la historia reciente de las ciencias naturales en nuestro país, que salió adelante con muy pocos apoyos de los estamentos científicos oficiales –que no financiaron su proyecto de estudio de las rapaces de España– y claros y resueltos ánimos desde las filas del mundo de la caza, todo ello en un entorno de privación de libertades que hacen todavía más grande si cabe su obra. ¿O es que por su arrolladora personalidad vamos hoy a culparle de su papel protagonista en la protección de las rapaces, del lobo, pero además de los caballos asturcones, de la gacela mohor, del Bosque de Muniello, de las Tablas de Daimiel, de la Dehesa del Saler, de la Albufera de Valencia… o de haber impulsado como nadie las vocaciones científicas de muchos que aún hoy siguen activos en nuestro país? Sólo por las vidas que ha salvado la caza mediante el Arte de la Cetrería que recuperó para España habría que recordar, en este 2018, la importancia de su figura.

Félix Rodríguez de la Fuente, el cazador naturalista
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