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Esperas de jabalí en mayo ¿cebadero o siembra?

Con la llegada de la primavera y las siembras el jabalí (Sus scrofa) cambia sus hábitos: ya no te resultará sencillo cazarlos en cebadero.

jabalí

Con la llegada de la primavera en todo su esplendor nuestros adorados jabalíes (Sus scrofa) tienen ante sí un supermercado de alternativas culinarias que conllevará que el clásico cebo de bidón y maíz sea menos frecuentado y aún abandonado por ellos. Es el momento en que para el esperista tres y dos dejan de ser cinco; los comederos siguen siendo visitados pero no con esa puntualidad inglesa de la que el jabalí ‘estándar’ hace gala cuando el hambre aprieta.

Ahora, lo mismo pasan de recogida y pegan alguna trompada que llegan mucho mas tarde, también por lo largo de los días, o directamente no aparecen porque resulta que en los alrededores tienen alguna siembra, de trigo sin raspa por ejemplo, contra la que el resultón maíz, por más aditivos e ingredientes que añadamos, no puede competir.

¿Cómo cazar un jabalí en espera en un cebadero?

Para cazar un jabalí en espera en un cebo no hace falta mucha ciencia, esa es la verdad. Hay que colocarlo en un lugar cercano a sus encames y que le caiga de paso en sus correrías nocturnas. En los meses de calor, intenta ubicarlo cerca de los abrevaderos, que será el primer lugar que visiten para beber y refrescarse. Por otro lado busca un lugar donde el aire dominante aleje tus efluvios de la entrada y comida de los jabalíes

Si el jabalí no está muy resabiado y el aire nos respeta, después de tres o cuatro noches de acudir a la pitanza tenemos todas las papeletas para tirar. Suena muy simple, lo sé. Soy consciente también a la perfección, por la inmejorable vía del fracaso, de que luego la cosa se suele complicar. Cuando es un guarro con ‘formación académica’ el que toma nuestro cebadero o nos cogen el aire alguna noche el cúmulo de esperas infructuosas tras ellos puede llegar a desmoralizar hasta a un esperista del Athletic.

¿Sabes interpretar el campo?

El caso es que, de ordinario, incluso los cazadores noveles suelen tener más o menos éxito cuando se trata de ponerse frente al maíz, pero muy pocas veces aciertan cuando hay que tirarlos en la siembra y no son tutelados por alguien con experiencia. Después de muchos años en el mundo de las esperas puedo afirmar sin pudor que la inmensa mayoría de aficionados no sabemos interpretar la información que nos da el campo y que si nos privasen del cebado abatiríamos muy muy poquitos ejemplares.

Además, estas carencias se están agudizando con el uso de las cámaras nocturnas, monoculares térmicos, comederos automáticos y demás. Son inventos que están muy bien y dependen de la ética de quién los usa, es cierto, pero entontecen al predador que podría ser y embotan sus capacidades. El cazador de jabalíes de hoy es mucho más ceporro e ignorante que el de hace 30 años, aunque el de hoy tenga tres carreras y ocho másteres.

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Una experiencia real aguardando a un jabalí en un cebadero

Casos parecidos me han pasado con compañeros en muchas ocasiones, pero os cuento la última. Con la luna casi llena me voy con un conocido de espera. Vamos en mi coche, por lo que le pregunto si tiene pensado colocarse en algún sitio en concreto para dejarlo primero. Él me dice que va a un cebo que tiene con dispensador. Cuando llegamos al sitio veo que lo tiene ubicado a 300 metros de una avena adelantada y le advierto que lo más seguro es que le entren primero al cereal y que debería colocarse allí… ¡Que no! Que se están comiendo el maíz y que se queda. Vale.

Cuando voy a recogerlo, aparco a distancia y le doy las largas… Nada, media hora y el menda que no viene. Vuelvo a insistir y ni siquiera me enciende la pantalla del móvil. Salgo del coche y le llamo pero no contesta, por lo que ya me preocupo y me voy con la linterna hacia su puesto. Al ir llegando veo que se levanta y comienza a hacerme aspavientos. Bueno, pienso, al menos se menea y no está muerto. Cuando le alumbro veo que se pone el dedo en la boca para que me calle. Me voy hacia él ya algo mosqueado y, susurrando, me dice: «Tssssssss, no hables fuerte y siéntate conmigo, que entraron de día allí a la siembra y tienen que venir tarde o temprano». Me deja los prismáticos y en efecto, como el cereal no está alto se les ve nítidos comiendo. «¿Y por qué no te has acercado a tirarles si el aire va perfecto?», le pregunto. «¡Porque se espantan, hombre!». Yo no salgo de mi asombro y, tras mucho insistir, le convenzo para que me siga. Llevo la luz del móvil encendida y caminamos sin demasiada maña porque el terreno está húmedo y canta poco. 

Nos ponemos sin problemas a 50 metros de ellos y desde la orilla, apoyado en el trípode, se afeita un machete orondo y con un poquito de colmillo. El tío se pone loco de contento: «¡Jamás habría yo imaginado que no se iban a espantar!». Lo fuerte del caso es que se trata de una persona de 50 años que lleva más de 25 haciendo esperas. Ni sabía cazar en una siembra ni tampoco que con un mínimo de cuidado a los guarros confiados se les puede entrar de noche sin ningún problema. Y como él, montones.