Dioses mezquinos

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Fernando López Mirones es – 26/4/2017 –

Nuestros genes humanos no han cambiado prácticamente nada en los últimos cincuenta mil años. Eso significa que el cazador recolector de la Edad de Piedra era un tipo exactamente igual que usted y que yo. No es una afirmación irrelevante, por mucha tecnología que portemos en los bolsillos. Nuestro pensamiento, sensaciones, conductas y apetencias ya estaban ahí entonces. Muchas de las características que la evolución nos instaló las hemos adaptado culturalmente a los hábitos modernos; otras las hemos olvidado… pero siguen operando, ocultas. Detrás de hábitos de consumo o comportamiento que la publicidad y el mercadeo tratan de desvelar hay un primate con una única obsesión: rastrear. Es la actividad inteligente más antigua, que exige, además, tantas capacidades intelectuales como investigar e inventar. Todas nuestras neuronas crecieron y se capacitaron para interpretar, predecir y actuar, para crear nuevas estrategias evaluando desde la profundidad de una huella hasta el viento dominante. Cazar en silencio hizo que desarrolláramos el lenguaje no verbal, los gestos, nuestros rostros. El sudor en la piel desnuda nos informa de los cambios del viento. Caminar sobre dos patas nos hace eficientes en marchas largas con un gasto mínimo de energía, liberando calor para termorregularnos, y nos permite portar ingenios en las extremidades superiores, las armas.

Estudios recientes corroboran algo que ya sabían los san de Namibia: se rastrea con mayor eficiencia cuando se tiene hambre, hasta un veinticinco por ciento mejor. Existe una relación directa entre los intestinos y el cerebro. Como casi siempre, la sabiduría ancestral de los pueblos cazadores coincide con la ciencia moderna que estudia las relaciones energéticas entre depredador y presa. Un depredador es el capturador sin armas; un cazador, quien se vale de instrumentos y otros animales en estrategias complejas y aprendidas culturalmente. Se ha comprobado que caminar por el campo rastreando a un animal produce, al cabo de más o menos una hora, un estado llamado sofrónico a través del cual el cuerpo y la mente del perseguidor alcanzan un estado de compenetración entre sí y con el entorno extraordinarios.

El rastreador cazador alcanza la culminación de lo humano en el ejercicio de su actividad. Sin embargo, culturalmente nos hemos convertido en algo ecológicamente muy distinto. Dícese del animal que obtiene la carne buscándola entre la que han matado otros, el carroñero. Alimentarse de los despojos empaquetados que se buscan en los anaqueles de los supermercados aleja al antes cazador de esa conexión con la presa y con el concepto de la supervivencia que lo llevó a ser inteligente. La carne sin ojos, obtenida sin esfuerzo, acaba con la ceremonia de la vida. Ya no se mira a la cara a la presa, y, por tanto, se le pierde el respeto y se sustituye por clemencia artificial.

Pasar de cazadores a carroñeros nos puede costar caro como especie. Es un retroceso evolutivo que nos separa de la tierra y de los animales. Dejamos de ser uno de ellos para convertirnos en dioses mezquinos. El humano que deja de rastrear presas comienza a cazar a otros humanos, aunque sea de forma simbólica, y cae en el fanatismo de ideologías nefastas. La moda cultural no cambia un ápice a ese cazador genético de hace cincuenta mil años que hoy intenta vivir con su lobo bonsái en un piso de ciudad mientras éste lo mira, rogándole: ¿cuándo volveremos a cazar juntos? 

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