Diez lecciones para la vida que te da la caza

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La caza no se reduce a ganarle la partida a un animal para conseguir su carne o su trofeo. Cazar es una actividad que forja nuestro carácter, una escuela de valores y habilidades que nos enseña, dentro de una sociedad cada vez más alejada de lo natural, otra forma de enfocar nuestra vida. Estas son algunas de las lecciones que nos inculca.

Foto: Pedro Ampuero

8/11/2019 | Antonio Cástor

Conexión con lo natural

El hombre actual está totalmente desconectado de la tierra, de la naturaleza. La vida urbanita, sibarita y estresada a un tiempo, más el sencillo acceso a todo tipo de productos alimenticios procesados hace que prospere la concepción absurda de que una cosa es la carne que viene en bandejas y otra, los animales. La carne sí se puede comer, los animales no porque dan pena. No se paran a pensar que en el precio que pagan por esa bandeja de comida va incluido también el sueldo del ‘sicario’ que ‘asesina a los inocentes seres vivos’. Y la solución no consiste en renunciar a su consumo, sino en no vivir de espaldas a la realidad. Los animalistas y especialmente los veganos y vegetarianos son hipocresía en estado puro. Supongo que tampoco montarán en coche porque en unos pocos kilómetros circulando cometen un auténtico genocidio atropellando a pobres miles de insectos que tienen exactamente el mismo derecho a vivir que un cerdo, un corzo o una ballena azul. El campo es la mejor terapia contra esta forma de pensar y filosofía irracional. De los pueblos y de la caza salen pocos ecologistas radicales pero muchos verdaderos naturalistas con conocimiento del medio y criterios sensatos de protección. 

Autosuficiencia 

Sólo un pescador que extrae del agua su cena, aquel que cría animales para su consumo, el aficionado que cultiva sus hortalizas y verduras o cualquier persona que recolecte del campo algo comestible o útil puede comprender lo que siente un cazador que abate una pieza en buena lid, la desuella o pela, trocea, cocina y luego come en compañía de los suyos. Se trata precisamente de esa conexión con la naturaleza que nos sana y convierte en personas coherentes que vuelven a estrechar el vínculo que nunca debimos perder.Esa sensación de que si mañana cerrasen todos los supermercados podríamos procurar nuestro propio alimento le hace sentir a uno en comunión con el medio natural que tanto amamos y te regala autoconfianza en tus capacidades. Esto no va sólo dirigido a los anticaza, sino a los propios buscadores de trofeos que una vez cobrados los cuernos o colmillos se desentienden de lo que en realidad es el origen, sentido y pureza de la caza: el aprovechamiento de la carne. Su procesado con nuestras manos y consumo nos ayuda a ser agradecidos, valorar y respetar como conviene la vida del animal que nos ha sido concedido.

Carne de caza
Cazar nos enseña a ser autosuficientes. /Ángel Vidal

Disciplina 

Aparte de la disciplina que se adquiere con el cultivo de la paciencia, el poder de la pasión por la caza puede obrar milagros, principalmente cuando uno es joven. En mi época del trasnoche y la francachela son incontables las veces en las que no sin cierto pesar me despedía de mis compañeros de alterne sabiendo que las cuestas al día siguiente no perdonan los excesos. Si uno quedaba con la peña de caza, eso era sagrado; y si te comprometías había que ir aunque fuera a rastras. Yo era de los más jóvenes y los veteranos no consentían que faltásemos a nuestra palabra so pena de no tener plaza en el coche para la próxima. Además, al que acudía perjudicado a la junta se le solía obsequiar con llevar la mano por lo alto de la cuerda para ayudarle a desintoxicarse con el tratamiento del sudor y espabilarse con el aire fresco de la sierra. Las indicaciones y recriminaciones de los ‘viejos’ a la hora de llevar la mano sin adelantarse, de tener cuidado con los tiros, de no disparar sobre lo que no se debe son las mejores riendas para manejar el ímpetu de la juventud.

Perseverancia y espíritu de superación

 El cazador lleva toda la mañana en solitario subiendo y bajando sierra pero las perdices son las dueñas del terreno y nos han burlado en todas las estrategias. Las piernas parecen de plomo, el gorro y la camisa están empapados y blanquecinos por la sal que deja la evaporación. Se va arrastrando derrotado en dirección al coche cuando de pronto vuela un bando en dirección a los barrancos. Está agotado, pero la adrenalina que fluye con el prrrrrrr potente de su vuelo le recuerda que todavía puede intentarlo. La caza le ha enseñado muchas veces su capacidad para sobrepasar el límite físico cabal. Merced a la pasión uno es capaz de realizar sacrificios que de otra manera no haría. Somos capaces de mantenernos inmóviles horas aguardando la entrada en escena de la pieza, tan quietos que a veces hemos perdido el riego y hemos necesitado apoyarnos en el arma para podernos levantar. Hemos aguantado estoicos el frío glaciar hasta la congelación física. Movimos a brazo toneladas de piedra para construir un majano o levantamos medio ribazo a golpe de azada para sacar a nuestro perro de la zorrera y otras mil penalidades las más de las veces con escasas horas de sueño. Un cazador empedernido conoce bien el significado de la palabra esfuerzo, aunque acompañado de ilusión sólo pesa en el cuerpo.

Paciencia y caza

Para una persona que, como yo, sea intrínsecamente ansiosa e impaciente pudiera parecer que la caza no es la actividad más idónea por la necesidad de atesorar serenidad y dominio de nuestros impulsos… pero sucede todo lo contrario. Frente al deseo de que todo acontezca y se nos dé siempre cuando uno quiere, de la inmediatez de la sociedad de la tecnología en que vivimos, la ley del campo nos enseña una disciplina distinta. Los animales no se sujetan a nuestros caprichos pueriles. En especial en las modalidades en que debemos esperar a que la pieza venga a nosotros de poco sirve que en nuestro interior haya un tigre arañando las paredes. La única forma de llegar a la consecución del lance, a la recompensa de la emoción de la adrenalina liberada junto al disparo o al cobro de la pieza, es obligando a nuestro cuerpo y mente a esperar pacientes. Por eso mi madre no lograba entender cómo me tenía que sujetar durante los 30 minutos de misa a fuerza de pellizcos de monja, y luego era capaz de aguantar cinco horas bajo la higuera con la carabina de balines, disecado y con la barbilla hacia el cielo como un legionario.

Ética  

El ejercicio de la caza comporta unos valores éticos que van más allá de lo puramente legal. El cazador no deja de disparar a un animal con crías o en época de veda porque lo diga la ley o por miedo a una sanción, lo hace por amor a la naturaleza, porque respeta sus periodos y se siente integrado en su entramado,  en la forma en que ella se rige, que es comer o ser comido, vivir o morir. El cazador se integra desde su racionalidad humana y la liberación moral que supone el progreso de no depender de matar forzosamente para subsistir. En el cazador actual se impone la ética porque no debe elegir entre los ojos tiernos de un cervatillo y los de sus propios hijos esperando en casa algo de alimento. No dispara ya una perdiz a peón o una liebre encamada porque no se juega las proteínas de la semana, por eso hoy en día se erige como la figura más experta y valiosa en la conservación de especies y sus hábitats. 

Compañerismo

Recuerdo una montería en la que tuve la fortuna de abatir un buen venado, de los primeros que tumbaba en mi vida. Mi puesto estaba en lo alto de una sierra sin caminos cerca. Lo dejé marcado y como era matacuelga si lo quería debía sacarlo por mis medios. Cuando pedí ayuda junto a las brasas, el aroma a panceta y el vino la gente se hacía la sorda; pero nunca olvidaré a la media docena de personas que subieron conmigo y llegaron a su casa de noche y sin comer. Aunque haya piques, la caza es una suerte de religión que establece un vínculo con cualquier devoto del último rincón del planeta. Uno sabe que en esencia siente lo mismo cuando abate una pieza que el inuit que caza una foca o el bosquimano que trinca un impala, salvando la distancia de la necesidad imperiosa de la supervivencia. Vemos un documental y empatizamos con su satisfacción, alivio y orgullo. En la patria chica, la complicidad que existe con nuestros compañeros de correrías cinegéticas es algo intangible, pero se manifiesta cuando hacemos piña casi sin quererlo en cualquier evento social. «¡No te vayas a ir con los cazadores y me dejes sola otra vez, eh!».

La caza es compañerismo. /JyS

Autoconocimiento  

Vivimos en un mundo sin silencio. La vida ajetreada y el estrés inhumano que nos devora a todos, en especial a los esclavos de la urbe, apenas nos deja tiempo para pensar, y si lo tenemos, preferimos evitarlo escuchando en los medios voces ajenas a la de nuestro interior. Pensar a menudo es doloroso o complicado y nos auto convertimos en zombis de la rutina. En la caza encontramos wesas «vacaciones de humanidad» que ya describía Ortega y Gasset cuando la deshumanización no era ni de lejos la actual. El cazador a menudo camina solo y, sobre todo, espera solo en el silencio y el decorado inspirador de nuestros campos o en la noche introspectiva más cerrada. El cazador está alerta, pero piensa, lidia con sus pensamientos, rumia acerca de su vida sin que suene el ruido tecnológico. A menudo adopta decisiones o encuentra una solución mientras espera en la quietud. El cazador es tan osado que llega en estas circunstancias incluso a apagar el móvil. Eso exige valentía. El pensar nos hace valientes, rompe las cadenas del miedo a afrontar nuestra vida e intentar ser mejores, planteárnoslo al menos. ¿Cazaterapía? Si, no me cabe duda.

Sostenibilidad

Poco puede enseñar a un cazador con la mentalidad actual un ‘ecologista de salón’. Los parques nacionales más antiguos han sido creados y guardados por cazadores. El primero de España por ejemplo, Picos de Europa, fue impulsado en 1918 por Alfonso XIII gracias al conocimiento y amor por el campo que le propició su pasión venatoria. Félix Rodríguez de la Fuente, avezado cazador, hizo más por la fauna ibérica durmiendo una siesta que todas las organizaciones animalistas actuales juntas. Él sabía que el criterio de protección no debe ser el sentimentalismo progre que hoy impera  sino el estado real de conservación de una especie. Yo, como otros miles de españoles, soy titular de un coto en el que no se caza la perdiz no porque lo prohíba la ley, sino porque nosotros sabemos que hay demasiados predadores –que la absurda normativa nos impide controlar tan a menudo– como para que los pares saquen sus polladas adelante. Decidimos no tirar a los conejos cuando las enfermedades los diezman, sembramos para facilitar la vida, habilitamos puntos de agua… aunque nadie nos obliga. Lo hacemos para que la caza pueda ser una afición respetuosa y noble.

Humildad

El hombre actual es soberbio, siempre lo fue, pero hoy la sensación de que todo está bajo nuestro control es mayor. Un mundo en la mano, la ciencia y la medicina, distancias enormes recorridas en apenas horas… Tenemos motivos para engañarnos viviendo como si fuésemos inmortales, intocables, como si el sufrimiento se pudiese mantener alejado siguiendo unas pautas determinadas. Por eso cada vez hay menos tolerancia al fracaso y la frustración, porque no se aceptan como algo inherente a la existencia y parte indispensable de nuestro crecimiento como personas. En la caza uno no controla el clima, el viento, los instintos de los animales y sus caprichos. Mediante la experiencia podemos predecir, pero siempre hay un gran margen de error y mucho espacio para el fallo y el fracaso. Muchas veces el esfuerzo, la perseverancia, la experiencia, tienen recompensa. Otras no. ¿O sí? ¿Acaso es falso afirmar que hemos aprendido infinitamente más de los lances malogrados que de los aciertos? Cualquier vivencia que rebaje nuestro ego al mínimo y nos haga sentir maravillosamente imperfectos nos cura por dentro. Y la caza cura, ¡vaya que si cura! Algunos días especialmente. Lo sabéis bien.

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