Día de caza, la película dirigida por Pedro Aguilera y protagonizada por Carmen Machi, Blanca Portillo, Rossy de Palma y Zoé Arnao, ha recaudado 23.873,82 euros y ha sido vista por 4.065 personas, según los datos oficiales del Instituto de la Cinematografía y de las Artes Audiovisuales.
Las cifras llaman especialmente la atención al compararlas con el dinero público que ha recibido el proyecto. El Gobierno le concedió 800.000 euros a través de las ayudas selectivas para la producción de largometrajes de 2022. A esa cantidad se suman otros 250.000 euros aportados por la Junta de Extremadura mediante su convocatoria de ayudas a la producción cinematográfica de 2023. En total, al menos 1.050.000 de euros públicos para una película que, por ahora, apenas ha superado los 4.000 espectadores. El cálculo es sencillo: las subvenciones identificadas equivalen a 258,30 euros por cada persona que ha pagado una entrada para verla.
El contraste económico es evidente, pero el problema de Día de caza no se limita a su escasa acogida en taquilla. También está en el retrato que ofrece de la caza y de quienes la practican. La película recupera el viejo tópico de las cacerías como espacios reservados a hombres ricos y poderosos, vinculados a la política, la aristocracia, los negocios ocultos y los abusos de poder. Una imagen heredada de la España de hace seis décadas que poco tiene que ver con la realidad social de la actividad cinegética actual.

Una visión construida desde el desconociento del mundo de la caza
Pedro Aguilera ha explicado en varias entrevistas que su película parte de La caza, el largometraje estrenado por Carlos Saura en 1966. Su intención era trasladar aquella historia al presente, cambiar a los protagonistas masculinos por mujeres y utilizar de nuevo una jornada cinegética como escenario de tensiones, secretos y enfrentamientos. El problema es que el propio director reconoce que su conocimiento de ese mundo es escaso. En una entrevista concedida al programa El Cine en la SER, Aguilera lo admitió de manera expresa: «Esos cotos de caza yo no los conozco mucho, yo no cazo ni me gusta cazar, pero he estado en algunos y conozco gente que caza».
A pesar de ello, el cineasta construyó su mirada sobre la actividad alrededor de una idea muy concreta: la de los cotos como lugares en los que las élites políticas y económicas mueven sus hilos lejos de la mirada pública. «Entonces empecé a investigar un poco en lo femenino dentro de la cacería y bueno, es un mundo fascinante que me parece que tampoco se había tocado, tampoco se ha tocado mucho ese esos cotos de caza donde ocurren tejemanejes de la élite política y económica, incluso de la aristocracia, donde se pactan cosas que no sabemos, donde incluso ha habido asesinatos, o sea, estuve como investigando sobre el tema, ha habido cosas, han pasado cosas muy fuertes en cotos de caza». En esa misma intervención, Aguilera añadió: «El propio Franco lo utilizaba mucho también para hacer deals, ¿no? e historias».
Es decir, el director reconoce que no conoce mucho los cotos, que no caza y que la actividad no le gusta, pero termina utilizando como referencia principal las cacerías vinculadas al franquismo, la aristocracia y las altas esferas del poder. Un marco narrativo perfectamente legítimo para una ficción, pero muy alejado de la realidad cotidiana de miles de cazadores españoles.
Machi y Portillo ridiculizaron a las mujeres cazadoras
La polémica creció durante la promoción del largometraje. En un vídeo difundido por Fotogramas desde el Festival de Málaga, Carmen Machi y Blanca Portillo hablaron sobre las mujeres cazadoras y dejaron claro que tampoco se habían acercado a conocerlas antes de opinar sobre ellas. Portillo reconoció incluso que desconocía la existencia de asociaciones femeninas vinculadas a la actividad: «Ahora mismo hay asociaciones de mujeres cazadoras, que yo no tenía ni la más remota idea. Cuando a mí me lo dijo Pedro, yo no daba crédito, dije: “No puede ser”. Sí, sí, más mujeres que hombres».
A continuación, la actriz aseguró que esas cazadoras «siguen haciendo, pues lo que se ha hecho siempre en las cacerías: juntarse para pintar la mona y para hacer negocios». Portillo afirmó además que los personajes de la película «son absolutamente reales» y que «todo eso que se ve en la película es real». Sin embargo, cuando les preguntaron si habían hablado con alguna asociación de mujeres cazadoras para conocer de primera mano ese mundo, la respuesta de Carmen Machi fue tajante: «No hace falta».
Después, entre risas, Portillo añadió: «Yo no quería, señor juez, yo no quería». Machi remató la escena diciendo: «Se detectan, se detectan». Las propias actrices admitieron así que no consideraron necesario hablar con las mujeres a las que estaban retratando. No se acercaron a sus asociaciones, no compartieron una jornada con ellas y no trataron de conocer una realidad que, sin embargo, presentaron ante las cámaras como si estuviera perfectamente documentada.
Carmen Machi explicó que su contacto con la actividad se limitó prácticamente al aprendizaje necesario para utilizar las armas durante el rodaje: «Nosotros como mucho tuvimos una persona que nos enseñó a utilizar las armas y es lo más que… lo más cercano que estuvimos». Blanca Portillo contó, por su parte, que había hablado con «un hombre que él trabaja organizando partidas de caza para esta gente» y que este le relató cómo eran esos ambientes. Una vez más, toda la aproximación quedó reducida al perfil de las grandes cacerías organizadas para personas adineradas, como si ese modelo representara al conjunto de la caza española.
«El poder que da una escopeta es un poco repugnante»
Las declaraciones de Carmen Machi fueron todavía más lejos cuando se refirió directamente a la acción de cazar. La actriz afirmó: «Además, tú fíjate, mientras están matando a conejitos, que eso vaya tela también… ellos están hablando de otras cosas». Después añadió: «Hay algo terrible. Y luego mientras hacen negocios, están pensando en sus cosas. El poder que da una escopeta de pum, pum —hace un gesto de disparar— a uno más pequeñito es un poco repugnante».
Sus palabras provocaron una oleada de críticas, especialmente entre mujeres cazadoras que no se reconocían en aquella caricatura. Beatriz Alcoya respondió: «Yo como mujer cazadora os aconsejo que para hablar lo hagáis con conocimiento de causa, hablar gratuitamente de oídas es muy fácil. Yo no me siento identificada para nada con lo que estáis hablando».
Otra aficionada insistió en la misma idea: «Como mujer cazadora os aconsejo que para hablar de caza lo hagáis con conocimiento y no de esta manera». Incluso personas contrarias a la actividad cuestionaron la seguridad con la que las actrices hablaban sobre un mundo al que habían decidido no acercarse. Una usuaria escribió: «No me gusta nada la caza. Pero lo de no molestarse en ir a hablar con ellas y decirlo con esa altivez es penosa».

La caza de hoy no es la de hace 60 años
Uno de los mayores problemas conceptuales de Día de caza está precisamente ahí: en tratar la caza actual como si la España de 2026 siguiera siendo la de 1966. La actividad cinegética española no está formada por aristócratas, empresarios o políticos reunidos en grandes fincas. De hecho, la inmensa mayoría la practican trabajadores, agricultores, ganaderos, jubilados, jóvenes, mujeres y vecinos de miles de pueblos. Buena parte de ellos caza en humildes sociedades locales y terrenos gestionados durante generaciones por personas que viven directamente vinculadas al campo.
Eso no significa que no existan grandes cacerías ni que no haya personajes poderosos que participen en ellas. Significa que utilizar esa pequeña parte para representar al conjunto de los cazadores ofrece una imagen tan incompleta como injusta. La realidad del sector incluye también trabajos de gestión que raramente llegan al cine. Durante los meses más secos, cazadores y gestores llenan bebederos y transportan millones de litros de agua a lugares en los que la fauna silvestre apenas encontraría otra forma de sobrevivir. Mantienen charcas, comederos, caminos y cortafuegos, realizan siembras para favorecer a distintas especies y dedican dinero y jornadas de trabajo a conservar hábitats que no benefician únicamente a los animales cazables.
Cuando un incendio arrasa el monte, son también muchas veces las sociedades de cazadores y los vecinos del lugar quienes entran en las zonas quemadas para llevar agua y alimento a los animales supervivientes, reparar infraestructuras y colaborar en la recuperación del terreno. A ello se suma el control de poblaciones de especies como el jabalí, el conejo o determinados ungulados, cuya sobreabundancia provoca daños agrícolas, accidentes de tráfico y problemas sanitarios. La gestión cinegética actual es mucho más compleja que la imagen de una élite cerrando negocios alrededor de una escopeta.
Por supuesto, todo ello no convierte a la caza en una actividad ajena a la crítica, pero una crítica rigurosa exige conocer primero aquello de lo que se está hablando. Y ese esfuerzo parece haber faltado tanto en la película como en buena parte de su promoción.

Un fracaso comercial y también conceptual
Día de caza ha recibido al menos 1.050.000 euros en ayudas públicas y, por ahora, solo ha recaudado 23.873,82 euros. Sus 4.065 espectadores equivalen a 258,30 euros de subvenciones por cada persona que ha ido al cine a verla. El público no ha respaldado la propuesta, pero el fracaso va más allá de las cifras. La película intenta presentar la caza española del siglo XXI utilizando los mismos códigos, prejuicios y ambientes de poder de hace 60 años.
Su director admite que no conoce mucho los cotos y que ni caza ni le gusta cazar. Sus protagonistas reconocen que no hablaron con asociaciones de mujeres cazadoras porque consideraron que «no hace falta». Aun así, unas y otros han presentado su visión como si fuera el retrato real de un colectivo formado por cientos de miles de personas.
El resultado es una película que no solo ha encontrado poco respaldo en las salas. También ha perdido una oportunidad para acercarse a la verdadera realidad de la caza actual: mucho más rural, trabajadora, diversa y vinculada a la gestión del territorio de lo que permite ver la vieja caricatura de los señoritos, los negocios y las escopetas.








