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Conejos y zarzales frente a podencos ibicencos, manetos, andaluces y portugueses

Podenco ibicenco cazando. ©Shutterstock
Podenco ibicenco cazando. ©Shutterstock

El arbusto espinoso forma un conglomerado de ramas entrelazadas que con el tiempo se van acumulando unas sobre otras y cubriendo los cauces de los venerillos estacionales de diversos espacios. Es más frecuente la presencia del zarzal en terrenos ocupados por batolitos graníticos. Cancheras, canchaleras, canchos y en sus bases, a veces, el zarzal. Propiedades cuarteadas en huertos, o huertas, con paredes de piedras graníticas, y  sobre los arroyos y regatos, los zarzales. Y en los zarzales, los conejos. Caso de cazaderos cercanos a poblaciones.

También en campo abierto, cotos sociales o locales en los que la diversidad del entorno puede ser heterogénea; pero el zarzal busca la compañía del arbolado y el monte bajo característicos del ambiente mediterráneo. Al fin y a la postre, zarzales entre olivos, encinas, almendros, algún esporádico pinar,  y toda la extensa flora que caracteriza esta geografía meridional.

Cuando las primeras lluvias del otoño refrescan el secarral del estío, comienzan a apuntar los verdines del suelo entre la profusión de hojas caducas; los árboles se van tiñendo de tonos rojizos y ocres; se notará pronto que la temporada de caza va a comenzar y nos disponemos a acudir al cazadero habitual, en el que las zarzas perennes ocupan toda la depresión del ribero, desde las rañas altas hasta la orilla del agua. 

Avanzado el otoño empezarán a aparecer sobre suelo, pastos  y arbustos las huellas del rocío y, entrado el solsticio, no serán extrañas las frías madrugadas en las que zarzas, y monte en general, ofrecerán el espectáculo de las heladas esmorecedoras. Pero la caza aún persiste y acudiremos bien pertrechados a echar al conejo del refugio de los zarzales con ayuda de nuestros perros.

El cazador de conejos con podenco

Antaño, las clásicas “segarra”, y antes, los leguis o borceguíes y alguno, tal vez, el lujo de las polainas. Hoy, el calzado del cazador es una bota cómoda, flexible, resistente e impermeable. Las marcas, póngalas el amable lector, que tendrá amplio panorama donde elegir.  En piernas y torso, cada uno es cada uno, si bien, se ve cada ejemplo por ahí que dan ganas de dejarlo y dar media vuelta. Debería haber unas normas de estética, así como las hay de ética; porque algunos cazadores ofrecen un aspecto verdaderamente descorazonador.

Bien está el camuflaje, pero será para la ocasión en que sea necesario y no para ir al salto, a cuerpo gentil, y sin que hagan falta ninguna esos atuendos que parecen sacados de una película tonta de esas de Chuck Norris  o el Stallone de turno. Ni tanto ni tan calvo. Tampoco pegan mucho en el monte atuendos chillones ni colorines estentóreos. Ustedes saben de sobra que verdes, marrones y grises concuerdan divinamente con el entorno agreste de los cazaderos.

Un conejo entre zarzas.
Un conejo entre zarzas.

¿Canana y mochila o chaleco? Antaño, las primeras; luego aparecieron los chalecos, muy funcionales, y van a acabar por imponerse; aunque algunos aún nos resistimos y preferimos las más tradicionales morralita y cartuchera. De gustos, hay para todos.

Lo que desde luego es recomendable, y sobre todo avanzada la temporada, es un material resistente al agua, porque en torno a los zarzales, el pasto y el monte bajo, con el rocío mañanero,  pueden dejar “pingando” las perneras del cazador  a las primeras de cambio.

¿Usted se cubre la cabeza cuando va de caza? Hay quien ignora gorras y sombreros porque teme que esos aditamentos aceleren su preocupante alopecia. Allá cada cual. Algunos sin gorra o sombrero, sentimos que nos falta algo cuando andamos por ahí con la escopeta en los brazos. Y no les cuento si el día está soleado y el sol de invierno, mucho más inclinado, nos da de frente a la hora de encarar el arma. Pero en fin, son minucias, lo que realmente importa es que en los zarzales estén los conejos y que tengamos perros en condiciones que sepan echarlos fuera para que disfrutemos del lance.

¿Qué arma usamos?

¿No irá usted a los conejos con una de 12 mm o con una patera del 10, no? En efecto, la del 12 de toda la vida. Parece muy lógico y sencillo ¿verdad? Pues no lo es tanto. Porque, queramos o no, se impone la contención, y todo lo que sea abusar de los medios de que disponemos, frente al animalito a cazar, será abuso y por ende, sinrazón.

Vayamos por partes. Yo tiro con la del 20 ¿y qué? Cada vez veo más escopetas del 20 por ahí. ¿Diferencia? Una del doce abre la circunferencia de un paraguas de adulto y la del 20 abre como un paraguas infantil. Pues mejor, cuantas más oportunidades tenga la pieza, en este caso el conejo, más meritorio el ejercicio. Es una opinión, oiga, no se enarbole. Pero lo clásico es la del 12 de toda la vida. Pero ¿paralela, superpuesta o repetidora? Esa es otra.

La repetidora de cinco tiros, personalmente, me pareció una auténtica felonía. Como me sigue pareciendo que autoricen tres tiros. Con dos hay bastante ¡y sobra uno! Y si se va la pieza, el conejo, que se vaya. Haber apuntado mejor. La realidad es que cada vez veo más repetidoras en el campo y en los mil reportajes que miro en la tv. Peor para mí, que no las quiero ni en pintura. Estilizadas, las superpuestas. Y venerables, las paralelas de siempre, pletina corta (ya casi  no hacen) o larga.

Me he dejado atrás el 16, calibre equilibrado donde los haya; lo que sucede es que a ver cuántos andan por ahí con una del 16. Habas contadas. Creo que ni las hacen, ni se venden y apenas  se usan. Siempre habrá alguno, pero eso: una rareza. Y para los conejos, ¿por qué no?…ideales.

¿Y los cartuchos? Hay quien mete unas virutas de 34 gr y sexta. Ni que fuera a la guerra. Los cazadores rurales siempre han preferido munición gorda. No sé por qué. Pero hoy día los medios y las técnicas lo mismo son de pueblo que de ciudad. Unos y otros con sexta, séptima u octava. Es lo normal. Y no tantos gramos de munición, que con 30 va el tiro sobrado.  Me parece a mí que el cartuchito de séptima y 30 gr es lo ideal, y con 28 también, o con 32, si me apuran. No se encocoren: He matado muchos conejos con la del 20, 24 gr y octava.

No, no, no me vengan con que se dejan heridos y se van. Eso depende del plomo que les haya alcanzado, y lo mismo puede irse si le has disparado con una del 12 o del 20, con quinta o con mostacilla.

Concluimos: Una paralela del 12, 30 gr y séptima ¿Les parece bien? Pues eso.

El podenco ¿Ibicenco, canario, maneto andaluz o portugués?

Si canchos de granito, tomillos, escobas, retamas y zarzales…el podenco. ¿Ibicenco, canario, maneto andaluz o portugués? El que sea, pero a ser posible tamaño medio, tal vez el que dicen portugués. Porque si tamaño grande, entra mal en el zarzal, y si es chico, corre poco; así que ni una cosa ni otra. El canela rojizo de orejas enveladas de siempre. ¿Y por qué el podenco es el ideal? Les preguntaríamos a los socios de las sociedades de amigos del podenco, que las hay, como de las otras razas. Habrá diversas razones, pero quizás la fundamental es la dureza de la caza del conejo en ese medio fragoso y hostil de las cancheras y los zarzales.

Para cazar en el zarzal hacen falta dos propiedades, facultades o características fundamentales: un olfato excelente para detectar, desde fuera, la presencia del conejo dentro de las zarzas y valor para entrar en ellas. El zarzal pincha, hiere, y no todos los perros se atreven a aguantar y soportar la hostilidad del arbusto. Por eso, si un perro detecta y luego penetra, estamos ante un caso muy poco habitual, que los ha habido y hay, pero no tantos.

Lo normal es que si el perro es de tamaño “grande” no le guste entrar en el zarzal; obviamente, uno pequeño lo hará con más soltura. Y si entrar para echar al conejo es importante, lo es también la facultad olfativa del perro para avisar de que hay o no conejo “enzarzalado”.

Ya saben que la en la conducta de un perro influye enormemente la educación que haya recibido, luego serán educación y temperamento los factores determinantes de su conducta. Cada perro es un mundo, pero de forma genérica podríamos establecer unas pautas para considerar las posibilidades de las distintas razas, respecto, naturalmente, a la caza de conejos en zarzales.

Observen la siguiente tabla:

Conejos-zarzasResistenciaOlfatoCobroObediencia
PodencoExcelenteBuenoIrregularIrregular
SetterAceptableBuenoBuenoRegular
PointerAceptableExcelenteBuenoIrregular
EpagneulbretonDeficienteBuenoExcelenteExcelente

Pónganle todas las pegan que gusten, que de perros podríamos debatir hasta el hartazgo; pero piensen en la caza de octubre en la que aún hay días de recias calores y sofoquinas extenuantes. El podenco aguantará lo que le echen, pero el dócil epagneul no tardará en presentar síntomas de cansancio. ¿Qué puede suceder lo contrario? Pues claro; pero hablamos de forma genérica, no particular.

Normalmente el podenco es recio e independiente y el epagneul más tierno y cariñoso ¿Que sucede lo contrario? De acuerdo, pero lo normal es lo primero. Y así…hasta el cansancio.

¿Y las otras razas, no vamos a decir nada? No acabaríamos nunca. Ideales para entrar en el zarzal, los “terrier” (jags, fox) y los teckel, pero velocidad, más bien poca. Un cazador ideal de conejos en zarzal puede ser el perro más raro del mundo, un “mil leches” de aspecto heterogéneo, por ejemplo; pero será excepción que confirme la regla. A la postre y concluyendo, nosotros nos inclinamos por el dicho podenco canela, de mediana estatura, que lo mismo detecta que entra en el zarzal hasta echar al conejo fuera. Por soñar, que no quede.

Así son los lances de conejo con podenco y escopeta

Vayamos por partes. El zarzal puede tener dos metros o cubrir todo el cauce de un arroyo; luego depende de la extensión del mismo y del refugio que ofrezca al conejo para que adoptemos una actitud u otra.

Y antes de nada, una observación: El conejo, si puede, evita tener que refugiarse en el zarzal, a no ser que en él tenga su casa, es decir, su vivar. Cosa poco corriente, por cierto. El conejo, de noche, anda por el monte moviéndose a sus anchas con las precauciones necesarias; pero en cuanto oye algo que presume peligroso, un coche, unas palabras, un ladrido, etc., busca refugio y salvación.

En el primer otoño, aún con calor, si no llega a su encerradero o vivar, se esconderá en el zarzal ante el peligro. Y luego, cuando lleguen las heladas y carámbanos, entrará más decidido a buscar el techo de las zarzas para que no le caiga encima el frío, el hielo, la “rosada” dicen por el norte, de la noche.

Un cazador solo, con su perro, en el zarzal, lo tiene bastante difícil. Si el perro entra y el zarzal es largo, el conejo correrá y se moverá hacia delante y hacia atrás y lo volverá loco. Varía el lance si hay dos perros; entonces tendrá que echarse fuera si no quiere darse de hocicos con uno de los canes, y ahí está la ocasión de la escopeta.

El problema es que si sólo hay una escopeta, el conejo puede salir por un lateral y/o por la otra punta del zarzal – depende del tamaño, claro – y adiós muy buenas: fuera de tiro. Lo ideal son dos escopetas, por lo menos. Tres pueden ser multitud; aunque si el zarzal es grande y largo, no hay duda que tres cubrirán mejor que dos.

Grupo de podencos bebiendo en una jornada de caza. ©JyS
Grupo de podencos bebiendo en una jornada de caza. ©JyS

Si el zarzal está en cercado de paredes y terreno despejado, difícil será que corra por lo limpio, aunque de todo puede haber; lo normal es que busque el amparo de la pared y algún agujero para ponerse al otro lado y largarse a cubierto.

El zarzal en campo abierto, rodeado de pasto, arbustos y árboles. Si hay encerradero o vivar, lo mejor es irse de allí y no perder el tiempo; pero si no, depende de la labor de los perros para echarlo fuera. Aunque uno no entre, acosará al conejo desde el exterior y éste, en cuanto pueda, buscará el escape al amparo del pastizal del entorno. He ahí la destreza y oportunidad del cazador para poner el tiro en ese instante preciso de la huida del conejo. El cual, por cierto, ofrece pocos momentos en los que se pueda poner tras los puntos.

Ya saben que el tiro al conejo es instintivo, normalmente. Apenas hay tiempo de echarse la escopeta a la cara. Tiro a tenazón, que todos sabemos lo que es.

No pocas veces, y después de una prolongada brega, carreras para un lado, carreras para otro, el conejo ha salido, se ha largado y no hemos visto por dónde, con el desconcierto de perros y cazadores. De todo hay en esa caza tan entretenida y que ofrece (ofrecía) numerosas lances en que la inminencia de la salida del conejo nos ponía el corazón en un puño. Dichosos los que aún pueden disfrutar de ella.