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Cinco pecados que los cazadores casi nunca confesamos al hablar de corzos

Si eres un amante del corzo y su caza, seguro que te sientes identificado con alguna de estas pecaminosas actitudes difíciles de reconocer.

corzos

La pasión por el corzo (Capreolus capreolus) también despierta nuestros instintos menos elevados haciendo que caigamos en algún pecadillo capital que otro. En este artículo quizá te sientas identificado, aunque todo lo que vas a leer a continuación está basado en mi propia experiencia, después de 20 años buscando el corzo de mi vida. Si todo esto no te suena de nada, enhorabuena. Eres entonces un cazador íntegro como pocos…

1. Nos puede la envidia

Resulta curioso cómo el corzo, el más pequeño de nuestros cérvidos, es capaz de remover lo más profundo y oscuro de nuestros instintos. Es algo que no sucede con venados, cochinos ni tan siquiera con la caza de alta montaña y es que el corzo y su caza provoca muchas veces la siguiente pregunta: ¿por qué él? Como siempre, el grado de envidia y celo viene dado por la envergadura del animal. Cuantos más puntos tenga, más oscuro será el verde de la cara y el corazón de tus compañeros. El último récord nacional nos ha servido para, además de demostrarnos que la sierra guarda en lo más espeso sorpresas de infarto, dejar al aire las vergüenzas de los cazadores.

Más de media docena de lances han corrido como la pólvora entre los aficionados. Nadie creía en la procedencia del corzo y muchos incluso ponían en duda que fuera español. «¿Cazado en abierto? Eso es imposible», se escuchaba. «Habrá tenido que costar una millonada» o «a mí no me gustaría cazar un animal alimentado a base de pienso» eran algunas de las lindezas dedicadas a ese monstruo que, a fuerza de repetirlas, terminaron por calar en algunos cazadores. Pero todo se resume en que alguien normal, cargado de afición, ha conseguido hacerse con el sueño de cualquiera. 

© Shutterstock

2. Mentimos sobre el origen de nuestros corzos

Por todos es sabido el poder de atracción de estos animales. Ejercen un tipo de magnetismo que hace que los cazadores de bien acudan a su llamada sin dudarlo. Pero esta llamada también es captada por algunos que, amigos de lo ajeno, no dudarán en visitar las carreteras y caminos aledaños a los cotos más querenciosos. Disgusto tras disgusto, se ha ido popularizando la costumbre de no desvelar el lugar de procedencia de los trofeos con el fin de evitar visitas incómodas que buscan la genética esparcida por el coto.

Ahora resulta casi imposible conocer si un corzo ha sido cazado en la sierra de Cadiz o si por el contrario su origen se halla en los Ancares leoneses. Como todo, esto tiene consecuencias. Y es que también hay quien decide contar la verdad y, como en el cuento de Pedro y el lobo, nadie le cree. Desgraciadamente debemos acostumbranos a dejar de preguntar. No sabremos si la respuesta es real o se trata de una invención por lo que la curiosidad debe desaparecer de nuestras mentes envidiosas. Además, el hecho de preguntar ya te pone en el disparadero y algunos sospecharán que tienes un interés oculto. Así de triste es la realidad.

3. Sí, ocultamos los trofeos

Existen dos vías comunes para acceder a un precinto. Una es adquirirlo a alguna orgánica especializada e ir con ellos el día asignado para tratar de abatir tu trofeo, pero la más extendida es la de arrendar cotos con un numero determinado de permisos. Por el elevado coste de estos, siempre se buscan socios que hagan más llevadero el desembolso económico. Con ellos se acuerdan los días de caza, las fechas y los lugares por donde moverse… pero lo que parece una gran idea para compartir experiencias y jornadas de caza con amigos muchas veces se torna en días de disgusto y desilusión.

El celo que despierta este cérvido hace que muchos lleguen a ocultar los mejores trofeos incluso a sus amigos para ser ellos los únicos con posibilidades de éxito. A la pregunta «¿tienes alguno localizado?» se suele contestar con evasivas, negando la mayor o incluso enviando a nuestro apreciado compañero exactamente en dirección contraria a la querencia del animal. Recuerda que la avaricia rompe el saco y que por muy grande que sea el corzo en cuestión, nunca va a valer tanto como la amistad bien entendida. Intenta ser buen compañero. Así te será mucho más sencillo encontrar socios para los próximos años. 

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4. Exageramos al hablar del tamaño de los corzos

De un tiempo a esta parte, y coincidiendo con el aumento incesante de corzos en España, podemos asegurar sin rubor alguno que el tamaño sí importa. Y es que es esta última cualidad la que vuelve locos a muchos cazadores, que han dejado de valorar el entorno, el lance o las dificultades vividas durante la caza para centrar su atención en las dimensiones óseas del trofeo. Cuando por mera equivocación o exceso de calentura se han abatido corcitos pequeños, feos o sin apenas desarrollo, muchos tratan de ocultarlo avergonzados, sin reparar en que a lo mejor se ha realizado una labor de gestión tan digna como necesaria y vital para el equilibrio de la población. Otra historia es si el macho es todo un señor.

Nunca es suficiente y tratan de aumentar la longitud y el grosor de las cuernas con trucos fotográficos zafios y vulgares. Jugar con la profundidad de campo está muy visto y como no se corrija este hecho algunos cazadores van a estar en otra provincia en relación al animal cazado. Pero todo vale si lo que queremos es presumir y ser el envidiado cazador de un trofeo sin parangón. Todas estas prácticas suponen un desprecio para la pieza que en ningún otro país de Europa sería bien visto por quienes respetan y cuidan del campo.

5. Caemos en la hoguera de las vanidades

Que el corzo es un animal de costumbres y querencias fijas es sabido por todos. Esto se traduce en que en muchas ocasiones su caza puede resultarnos más cómoda de lo esperado. Todos hemos tenido controlados algún macho que nos ha permitido hacer una entrada sencilla con la seguridad de que él estaría allí esperando, como siempre. Pues bien, nunca nadie me ha relatado este tipo de lances. Es como si no existieran. Casi todos los recechos se tiñen de dramatismo. Horas de caminata por pendientes imposibles bajo temperaturas más propias del averno decoran las vivencias más corrientes y mundanas.

La distancia de tiro también sufre las consecuencias de esta corriente actual. Ya nadie caza a los 100 metros tradicionales y los disparos a larga distancia parecen mucho más sencillos y habituales de lo que en realidad son. No digo que este tipo de lances cargados de emociones fuertes no existan, pero estoy seguro que abundan más los otros. Deberíamos limitarnos a disfrutar y a ser capaces de reconocer sin problema nuestras experiencias y tener claro cuáles son nuestros límites.