En Azuaga, al sur de Badajoz, el campo ya no es lo que era hace unas décadas. Donde antes abundaban los conejos y las perdices, hoy la supervivencia de estas especies depende de decisiones que poco tienen que ver con el estereotipo de la actividad cinegética. El segundo episodio de ‘La caza sin filtros’ pone el foco en ese cambio silencioso que está marcando el futuro del medio natural.
La filmación huye del espectáculo y se centra en lo que no suele verse. No hay grandes lances ni escenas impactantes, sino gestión diaria, trabajo constante y decisiones difíciles que, en muchos casos, pasan por no salir al campo con la escopeta. Un enfoque que refleja hasta qué punto la caza moderna ha evolucionado hacia un modelo más técnico y responsable.
Ese cambio se aprecia especialmente en territorios que han sufrido un fuerte declive de fauna. En Azuaga, la respuesta no fue insistir en el aprovechamiento, sino todo lo contrario: limitarlo. Se establecieron cupos estrictos e incluso se optó por renunciar voluntariamente a la actividad en momentos críticos, algo que ha sido clave para la recuperación de especies.
Recuperar el equilibrio perdido
La gestión cinegética que se muestra en el episodio tiene un objetivo claro: devolver al campo el equilibrio que perdió. Especies como el conejo (Oryctolagus cuniculus) o la perdiz roja (Alectoris rufa), fundamentales en la cadena trófica, han sido el centro de estos esfuerzos durante años.
Ese trabajo no solo beneficia a las especies cinegéticas. La mejora de las poblaciones de conejo ha permitido el regreso de uno de los grandes símbolos de la fauna ibérica: el lince ibérico (Lynx pardinus). Su presencia en la zona no es casual, sino consecuencia directa de un territorio bien gestionado.

Detrás de este equilibrio hay figuras clave como el guarda de caza, que coordina censos, mantiene puntos de agua y alimento y controla las poblaciones. Su labor, muchas veces invisible, resulta determinante para que el ecosistema funcione.
Sin embargo, el episodio también pone sobre la mesa problemas que rara vez ocupan titulares. Uno de los más llamativos es el impacto de los gatos asilvestrados, capaces de arrasar nidadas enteras y competir con especies protegidas. Una amenaza creciente que, según se muestra, puede comprometer los avances logrados.
Datos y ciencia frente a prejuicios
Otro de los pilares que aborda el capítulo es el papel de la ciencia en la gestión actual. La caza ya no se entiende sin datos, y proyectos como Coturnix son un buen ejemplo de ello. A través de esta iniciativa, los propios cazadores recopilan información sobre la codorniz (Coturnix coturnix), generando miles de registros útiles para conocer su estado real.
Estos datos han sido fundamentales para ajustar cupos, establecer periodos de veda y responder a debates públicos en torno a la conservación. Algo similar ocurre con la tórtola europea (Streptopelia turtur), cuya recuperación ha permitido replantear su aprovechamiento bajo criterios científicos.
El mensaje que deja el episodio es claro: la caza sostenible, cuando se apoya en planificación y conocimiento, puede ser una herramienta eficaz para conservar la biodiversidad. En Azuaga, esa realidad no se teoriza, se aplica cada día.
Lejos de discursos simplistas, ‘La caza sin filtros’ muestra un campo complejo, donde cada decisión cuenta. Y deja una idea que sobrevuela todo el relato: cuando se hace con responsabilidad, la gestión cinegética no degrada el medio, sino que contribuye a mantenerlo vivo.









