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Los cazadores somos nuestro peor enemigo

Iker Ortíz reflexiona sobre la declaración de la caza como esencial y la extraordinaria oportunidad que esto supone para el colectivo.

Cazador sacando jabalí con una cinta

Por Íker Ortíz de Lejarazu

Llevo semanas pensando en la cantidad de oportunidades que perdemos como colectivo todos aquellos cuya pasión es la caza y la naturaleza. Llevamos semanas con restricciones de movilidad que afectan, entre otras muchísimas cosas a la actividad cinegética. Tras las medidas iniciales, las administraciones de buena parte del país han ido reconociendo la caza mayor como una actividad esencial, porque clama al cielo que efectivamente lo es. Este hecho es algo que los medios, en su mayoría sensacionalistas, están transmitiendo en busca de polémica. Pero que a mi modo ver la sociedad está asumiendo con más normalidad de la que esperaríamos.

El paso de los años está expandiendo entre la sociedad no cazadora un pequeño grado de conciencia sobre la necesidad de la caza, sobre todo porque, quién más y quien menos, ha tenido un susto al volante con algún jabalí, conoce a alguien que ha acabado con su coche en el taller o a lo mejor se ha topado con algún cazador cabal con ganas y tiempo de explicarse. Me enerva pensar que ante esta oportunidad, volvemos a no estar a la altura como colectivo. Es momento de respaldar que la administración nos considere esenciales, de comunicarlo, publicitarlo, sentirnos orgullosos y rentabilizar esta victoria.

En cambio, algunos cazadores incapaces de ver más allá de su punto de mira, están reclamando la necesidad de practicar cualquier modalidad de caza como absolutamente esencial. Como si cazar becadas en Huesca viviendo en Bizkaia tuviese algo de esencial. Una caza que se practica por pasión, para disfrutar en el plato de una captura dificultosa, exigente, para vivir el trabajo de los perros y por una larga lista de razones que todos los cazadores conocemos, pero sin que ninguna pase cerca de ser esencial.

Por muchísimas razones que haya para estar en desacuerdo con todas las medidas que los diferentes gobiernos están tomando, el límite hay que ponerlo en algún lado, por lo que parece lógico que pueda ser en lo esencial y la movilidad, y que si no se puede ir a 30 kilómetros a por setas, tampoco se pueda ir a por zorzales.

Mientras tanto, muchas organizaciones que nos dicen representar, están dejando pasar la oportunidad de aprovechar lo que la declaración de la caza como esencial supone para el colectivo: enarbolar la bandera de una actividad necesaria y responsable ante la sociedad, aprovechar la oportunidad para tender puentes con la administración o transmitirnos a los propios cazadores un mensaje optimista y ordenado.

Estas organizaciones deberían contar con un punto de vista claro y un rumbo planificado, en lugar de dejarse coaccionar irresponsablemente por aquellas voces discordantes dentro del colectivo, o lo que es peor, tomar la actitud reprochable de callar para no enfadar a unos pocos, en lugar de marcar el rumbo en beneficio de todos los cazadores.

Por si esto fuera poco tampoco faltan quienes, a lo mejor aburridos por el confinamiento, aprovechan un espacio en un periódico de tirada nacional para abrir debates internos en foros públicos, dónde ante la ausencia de victoria posible, la pérdida es segura. Eso sí, imagino que visto desde el prisma de la obtención de protagonismo, este tipo de maniobras son rentables. Por todo ello, no me queda nada más triste que pensar que los cazadores seguimos siendo nuestro peor enemigo y que muchos no aprovechan las oportunidades para reflexionar, ni ante la falta de actividad que propicia el confinamiento…