El precio político de la caza

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Editorial

Manifestación de cazadores del pasado mes de marzo en Valladolid. /Jara y Sedal
Manifestación de cazadores del pasado mes de marzo en Valladolid. /Jara y Sedal

La tormenta política ya escampó. Han sido meses muy intensos para los cazadores, los cuales no estábamos acostumbrados a ser objeto, ni mucho menos, objetivo político de los grandes partidos. Desde que la Federación Andaluza de Caza activara la campaña #LaCazaTambienVota hace más de siete meses, la actualidad política nos ha dejado más titulares relacionados con la actividad cinegética que en toda la historia de la democracia junta. Y esto es muy positivo, pues por primera vez los cazadores y el mundo rural han tenido un protagonismo real en los programas electorales de las diferentes formaciones. A todos los niveles: nacional, autonómico y municipal. Por fin somos sujetos electorales.

Posiblemente los cazadores y lo que han llamado la «España vaciada» desde las ciudades no seamos conscientes de la magnitud y la importancia que ha tenido el rosario electoral que acabos de concluir. Al margen de resultados, de colores, de vencedores o de vencidos, por primera vez el mundo rural –caza, pesca, toros, agricultura y ganadería– se ha enfrentado al animalismo en las diferentes campañas electorales. Aquellas formaciones que han optado por defender los postulados animalistas se han estrellado. Los que han defendido al mundo rural han ganado –arrasado, en algunos casos–. Y esto es algo que, con seguridad, unos y otros no olvidarán. 

Especialmente reseñable es el caso de Podemos, una formación que, a pesar de contar con corrientes internas que defienden la caza y la pesca, se ha visto dominada por sus círculos animalistas, los cuales han impuesto su discurso prohibicionista y han ofertado su formación como una alternativa real a PACMA y su delirante ideario. No hay que olvidar que el animalismo es una corriente populista y, por tanto, está envenenada. Hablar de derechos de los animales es un absurdo cuyo verdadero objetivo no es ofrecer amparo jurídico a los seres vivos sintientes, sino recortar las libertades individuales de los ciudadanos, que son los que votan. El animalismo no es una cuestión de ideología, es una cuestión de libertad, y esto es algo que la formación de Pablo Iglesias no ha sabido o no ha querido entender, como muestra su desaparición casi absoluta del mundo rural.

En el otro lado tenemos el caso de los partidos que sí han defendido la actividad cinegética: PP, PSOE, Ciudadanos y Vox. Los casos de Emiliano García-Page, en Castilla-La Mancha, y Guillermo Fernández Vara, en Extremadura, son el mejor ejemplo. Fueron los primeros en salir a los medios de comunicación para defender a los cazadores aún a costa de enfrentarse a Teresa Ribera, Ministra del MITECO, cuando aseguró que prohibiría la caza. Sus respectivas campañas han estado plagadas de promesas en favor del mundo cinegético y el mundo rural ha respondido en las urnas. Sus dos mayorías absolutas lo demuestran. 

La derrota animalista en Europa, donde más esperanzas tenían de entrar con su minoritaria propuesta, ha demostrado que España no quiere políticas delirantes que atentan contra las libertades individuales de sus ciudadanos. Quizá por no tener precedente era algo que algunos desconocían. Esperemos que todos los partidos hayan aprendido que la caza también vota, y que tiene un importante precio político. Ahora es momento de trabajar para que, al igual que sucedió en su día con el ecologismo, el mundo rural acceda a las instituciones de forma efectiva y real.

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