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¿Por qué los cotos de caza bien gestionados sufren menos incendios?

Hay una realidad innegable: los cotos de caza y fincas bien gestionadas donde se realiza un aprovechamiento tradicional tienen menos posibilidades de sufrir un incendio. Te explicamos por qué.

Tablilla de un coto privado de caza.
Tablilla de un coto privado de caza. © Ángel Vidal

Miles de hectáreas calcinadas, pueblos prácticamente arrasados, pérdida de vidas humanas, muerte de animales domésticos y silvestres… Estamos viviendo uno de los veranos más negros que se recuerdan en nuestro país a causa de los llamados incendios de sexta generación: grandes incendios forestales capaces de permanecer fuera de control durante varios días, avanzar a grandes velocidades e, incluso, modificar las condiciones meteorológicas del entorno a causa de la energía que desprenden. Incendios que la mano del hombre no puede atajar fácilmente, quedando tan sólo la posibilidad de tratar de salvar lo máximo posible a su paso.

Mucho se ha hablado durante las últimas semanas en relación con esta situación, cada vez más preocupante y descontrolada, con un cruce de acusaciones entre los diferentes sectores implicados, los habitantes de los entornos afectados, las administraciones públicas o los ecologistas por citar algunos y que lejos de ayudar a resolver el problema contribuyen o, al menos, dificultan su gestión desde un criterio técnico y constructivo. De hecho, la anterior publicación se ha vuelto viral y la pregunta de por qué los parques nacionales arden y los cotos de caza no ha inundado las redes. Pero… ¿está bien planteada la pregunta? ¿Es pura demagogia? En este artículo daremos respuesta a esta cuestión y trataremos de desgranar algunas de las causas y aportar propuestas que contribuyan a prevenir situaciones desastrosas en el futuro.

No es sólo cambio climático

En primer lugar debemos apuntar a que, sin entrar en el debate sobre si existe o no cambio climático –aunque las evidencias dejan lugar a pocas dudas–, nos damos cuenta de que, como ha ocurrido este año, los veranos comienzan antes, las precipitaciones son cada vez más escasas y la temperatura media de los meses centrales del año aumenta progresivamente. Todo ello provoca que nuestros campos y montes cuenten con un porcentaje de humedad ambiental muy reducido que favorece el inicio y evolución de grandes incendios.

Por otro lado, no podemos negar tampoco que, durante los últimos años, existe una tendencia política de gestión de la naturaleza orientada hacia la reducción del intervencionismo humano, muchas veces hasta casi intentar alcanzar la ausencia total de la misma, donde el planteamiento utópico determina que la naturaleza debe alcanzar un equilibrio natural en el que el hombre no puede participar. «Lo mejor es no intervenir», afirman algunos. La teoría dice que «si los ecosistemas no son intervenidos por el hombre alcanzan un equilibrio», pero entonces hay que tener en cuenta que, en esa dinámica natural, factores como los incendios forestales intervienen de forma muy importante y desde hace miles de años han participado en el modelaje y renovación de nuestros bosques.

El fin último de estas políticas ‘no intervencionistas’ es que actividades como la cinegética, el aprovechamiento tradicional de la madera o incluso determinados modelos agrícolas y ganaderos esaparezcan de esos entornos forestales. No se dan cuenta de que todavía en esos entornos existen muchos miles de familias que viven y conservan los ecosistemas, paisajes y especies que, precisamente, han llegado hasta nuestros días gracias a esa actividad y que, además, son la base de nuestro sustento.

Otros factores que favorecen los incendios

Tampoco podemos olvidar una política forestal de repoblación con especies madereras de crecimiento rápido que suponen una importante fuente de actividad económica, pero que, desgraciadamente, ejercen como factores predisponentes y determinantes para el inicio y desarrollo de estos grandes desastres naturales.

Este hecho queda demostrado cuando visitamos una zona arrasada por el fuego en la que podemos ver pequeñas ‘islas verdes’ asociadas a especies autóctonas que cuentan con una mayor resistencia a los efectos del fuego, existiendo incluso publicaciones científicas que avalan la puesta en marcha de políticas de recuperación de especies forestales autóctonas como elementos preventivos que actúan como cortafuegos naturales.

Todos estos factores, en suma, son los ingredientes del caldo de cultivo propicio para que ocurran desastres como los vividos durante las pasadas semanas que hacen que todo aquello que se intenta proteger con medidas muchas veces ultraconservadoras desaparezca en pocas jornadas.

¿Qué podemos hacer para prevenir estos grandes incendios?

Para todos los que hemos encontrado en el monte nuestro hábitat natural la respuesta resultaría sencilla. Lamentablemente no siempre es tenida en cuenta en los espacios en los que se establecen las normas de uso de los espacios naturales, sobre todo de aquellos que se encuentran al amparo de figuras de protección, en la práctica casi todos. En este sentido sólo podemos concluir que esos grandes incendios de sexta generación y los que puedan suceder en un futuro –que podrían llegar a ser más devastadores aún– son difícilmente controlables con medios humanos y materiales. Independientemente de que los planes de contingencia de incendios y las brigadas forestales deban contar con una actividad más prolongada es urgente también habilitar medidas preventivas que contribuyan a su control en invierno, momento en el que sí es posible hacer algunas cosas para evitarlos o, al menos, para minimizar su impacto. Podríamos hablar de, al menos, tres propuestas indispensables en un futuro cercano.

Recuperar usos tradicionales del monte

La primera es la recuperación de los usos tradicionales del monte como elemento fundamental para la prevención de grandes incendios, incluyendo el aprovechamiento maderero sostenible de las masas forestales por los habitantes del medio rural para su abastecimiento propio, reduciendo la burocracia cada vez más extenuante que cualquier ‘paisano’ de un pueblo debe cumplir para poder podar una encina o un roble.

Quemas controladas en invierno

En segundo lugar, entre esos usos tradicionales tampoco debemos olvidar que durante el invierno en muchas zonas de España los ganaderos y agricultores tenían por costumbre la realización de quemas controladas para evitar la proliferación de matorral y asegurar la presencia de buenos pastos en primavera. Esta es otra de las acciones esenciales que las administraciones públicas limitan cada vez más, lo que hace que la biomasa que se acumula durante el verano sea creciente dando lugar a un incremento en el riesgo de incendios descontrolados.

Fomentar la ganadería extensiva

En tercer lugar, es necesario promover la ganadería extensiva de forma real y eficaz, no tanto a través de ayudas directas, que ya existen y que siempre son bienvenidas, sino desarrollando políticas de incentivación al relevo generacional de los agricultores y ganaderos de nuestros pueblos, con estrategias integrales que dignifiquen a un sector históricamente maltratado por la sociedad urbana, desde un punto de vista, al menos psicológico.

Luchar contra la despoblación

Es complicado que alguien que viva en una ciudad cuente con la calidad de vida de los habitantes de un pueblo y, sin embargo, siempre ha parecido que lo rural se asocia a atraso, a desconocimiento y a abandono, cuando en esos entornos se conservan conocimientos ancestrales que van desapareciendo de forma rápida con la pérdida de esos mayores que han hecho posible que en un país como España existan tantos miles de hectáreas incluidas dentro de la Red Natura 2000.

Los agricultores y ganaderos necesitan servicios, transportes, ocio y desarrollo económico igual que las personas que trabajan en otros sectores en la ciudad, y es algo que debe ser reconocido y garantizado en igualdad de condiciones que en los entornos urbanos. Es verdad que, por desgracia, el medio rural cada vez se encuentra más despoblado y esos servicios suponen un coste por persona más elevado, pero hay que tener en cuenta también que existe un servicio ecosistémico de esa parte de la población que hace precisamente que ese sobrecoste compense sobradamente y así debe ser valorado.

¿Qué papel desempeñan los cazadores en todo este complejo sistema?

La actividad cinegética es una de las grandes perjudicadas cuando el monte se quema, pues las especies silvestres, fundamentalmente las menores, van a tardar años en recuperar sus poblaciones, quedando así comprometida la viabilidad futura de los cotos afectados. Es evidente que, como los usos agrícolas y ganaderos tradicionales, una gestión cinegética sostenible contribuye de forma directa a reducir el riesgo de incendios forestales, a detectar de forma precoz su aparición y a controlar su desarrollo, pues son los cazadores un colectivo que siempre da la cara antes, durante y tras la aparición de estos desastres naturales o ‘naturalizados’.

Sabemos que cada año el sector cinegético destina cerca de 55 millones de euros en herramientas que previenen y combaten el fuego. La realización en el monte de siembras destinadas a las especies cinegéticas, los desbroces para la caza menor, la creación de puntos de agua y el mantenimiento de caminos y cortafuegos son elementos fundamentales para la prevención de incendios y que muchas sociedades de cazadores llevan a cabo de forma habitual, sin olvidar la impagable labor de cientos de guardas particulares de caza que con su vigilancia y esfuerzo velan por la conservación de grandes espacios naturales.

Se trata de una labor muchas veces silenciosa e incluso criticada por una parte de la sociedad que desconoce la realidad de una actividad indispensable para la conservación de los ecosistemas naturales, como lo son la agricultura, la ganadería y otros aprovechamientos forestales sostenibles.

Los cazadores, aliados contra el fuego

En ocasiones escuchamos aquello de que los cotos de cazan no tienen incendios en comparación con las zonas en las que no se caza, y también a veces se echa la culpa a los cazadores cuando hay un incendio en un coto. Realmente, las cosas no son ni blancas ni negras y nos movemos en una escala de grises. Los cotos de caza también se queman y no hay que caer en la demagogia, porque lo que importa en un terreno concreto, sea o no cinegético, es que esté bien gestionado para evitar el fuego y, en su caso, poder apagarlo cuanto antes.

Pero sí es cierto que en fincas y cotos de caza en los que se realiza gestión activa enfocada a la prevención del fuego es menos probable que los incendios pasen de conatos. Como decíamos anteriormente, las distintas administraciones dedican en su conjunto casi 900 millones de euros a prevenir y apagar fuegos; el sector cinegético, 55. Quizás sea momento de mirar a los cazadores, gestores y propietarios como lo que son: aliados frente al fuego.

Los incendios en España, en cifras

  • La superficie de bosque en España es 28 millones de hectáreas (15 de ellas con árboles), lo cual representa cerca del 30% de nuestro territorio.
  • Durante la última década se han quemado una media de 110.000 hectáreas al año; en 2002, al cierre de esta edición, son cerca de 200.000.
  • ¿Cualquier tiempo pasado fue mejor? Parece que no: en la década de 1980 y parte de 1990 y entre los años 2000 y 2010 se registraron cifras anuales de más de 400.000 hectáreas quemadas y más de 20.000 incendios al año.
  • En los últimos años se han registrado entre 10.000 y 15.000 incendios forestales.
  • La mayoría de incendios se concentran en el noroeste peninsular, aunque también existen puntos negros en el centro y sur. En todo caso, existe una zona de incendios muy frecuentes en las comunidades autónomas fronterizas con Portugal.
  • En 2022 las Administraciones públicas en su conjunto han destinado en materia de prevención y extinción de incendios, alrededor de 900 millones de euros.
  • Cada hectárea apagada cuesta unos 10.000 euros.