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Descubren que el plomo que Europa quiere prohibir en la munición de caza ya se trabajaba en España hace casi 5.000 años

Un estudio publicado en Antiquity demuestra que las comunidades del nordeste peninsular desarrollaron una metalurgia propia del plomo milenios antes de los fenicios. Ahora la Unión Europea avanza hacia la retirada de este metal de los cartuchos de caza.

El plomo, el mismo metal que la Unión Europea quiere retirar de la munición de caza, ya era conocido y trabajado por los habitantes de la península ibérica hace casi 5.000 años. Un nuevo estudio arqueológico ha revelado que las comunidades locales desarrollaron una tecnología propia para obtenerlo mucho antes de la llegada de los fenicios.

La investigación, publicada en la revista científica Antiquity, sitúa en el nordeste peninsular una tradición metalúrgica del plomo que comenzó durante el tercer milenio antes de Cristo. El hallazgo obliga a revisar la idea mantenida hasta ahora de que esta actividad había llegado a la Península de la mano de los colonizadores fenicios.

El descubrimiento coincide en el tiempo con el avance en Bruselas de una propuesta que plantea prohibir los perdigones de plomo utilizados en la caza, con un periodo transitorio de siete años.

Las primeras pruebas directas aparecen en un yacimiento de Lleida

El trabajo ha sido dirigido por Julia Montes-Landa, investigadora posdoctoral Marie Skłodowska-Curie del Departamento de Prehistoria y Arqueología de la Universidad de Granada, con la participación de especialistas de las universidades de Cambridge y Lleida y de la empresa Iltirta Arqueología.

Los científicos estudiaron tres pequeños restos de escoria recuperados en Minferri, un yacimiento situado en Juneda (Lleida) y ocupado durante la Edad del Bronce. Los análisis químicos y microestructurales permitieron identificar en ellos las pruebas directas más antiguas conocidas hasta ahora de fundición de plomo en la península ibérica.

Yacimiento de la Edad del Bronce de Minferri. © Universidad de Granada

Una semilla de trigo carbonizada encontrada en el mismo contexto fue sometida a una datación mediante carbono 14. El resultado situó uno de los restos entre los años 1885 y 1692 antes de Cristo, con un 95,4 % de probabilidad. Es decir, aquellas comunidades procesaban minerales ricos en plomo hace unos 3.800 años.

Los habitantes de Minferri practicaban la agricultura y la ganadería y también dominaban distintas técnicas metalúrgicas. Para trabajar los minerales utilizaban pequeños hornos excavados en el suelo y crisoles abiertos cubiertos con carbón, en los que podían alcanzarse temperaturas de al menos 1.100 grados.

Una cuenta de collar de hace casi 5.000 años

Los restos de Minferri aportan la prueba directa de que el plomo se fundía en el nordeste ibérico, pero la investigación relaciona este hallazgo con una pieza todavía más antigua: una cuenta de collar de plomo encontrada en Coveta de l’Heura, en Ulldemolins (Tarragona).

Esta pequeña pieza se remonta a comienzos del tercer milenio antes de Cristo, alrededor del 2800 a. C., por lo que tendría cerca de 5.000 años. Los análisis isotópicos ya habían apuntado que pudo fabricarse con minerales locales, aunque hasta ahora faltaban residuos metalúrgicos que permitieran demostrar la existencia de una producción propia.

Las escorias descubiertas en Minferri ayudan ahora a encajar aquella pieza aislada dentro de una tradición tecnológica más amplia. Según los autores del estudio publicado en Antiquity, el trabajo del plomo habría aparecido en el nordeste peninsular durante el Calcolítico y continuado hasta mediados del segundo milenio antes de Cristo.

Resto de una escoria hallada por el equipo arqueológico. @ Universidad de Granada

Los investigadores consideran que la materia prima pudo proceder de los distritos mineros de El Molar-Bellmunt-Falset y Montsant, en Tarragona. Las comunidades prehistóricas habrían seleccionado de manera intencionada minerales polimetálicos ricos en cobre y plomo, posiblemente similares a la caledonita o la linarita.

Una tecnología anterior a la llegada de los fenicios

Hasta ahora, buena parte de la literatura arqueológica situaba el comienzo de la producción de plomo en la península ibérica en torno al año 1000 antes de Cristo, coincidiendo con la presencia fenicia. Aquellos colonizadores procesaban galenas argentíferas principalmente para extraer plata, mientras el plomo quedaba ligado a ese proceso.

Los nuevos resultados muestran un escenario diferente. Las poblaciones indígenas del nordeste peninsular ya buscaban obtener plomo mucho antes y desarrollaron para ello una técnica distinta, sin que la plata fuese el objetivo principal de la operación. Ahora los científicos plantean que este conocimiento pudo llegar desde el sur de Francia, donde se han encontrado cuentas y residuos metalúrgicos similares. Sin embargo, mientras al norte de los Pirineos la técnica perduró, en el nordeste ibérico desapareció después de mediados del segundo milenio antes de Cristo y no volvió a documentarse hasta la llegada de los fenicios.

Esta interrupción constituye uno de los aspectos más llamativos de la investigación. Los arqueólogos no descartan que el abandono respondiera al escaso valor social, simbólico o práctico que aquellas poblaciones otorgaron al plomo frente a otros metales como el cobre o el bronce.

Europa avanza hacia la prohibición de los perdigones de plomo ignorando un estudio español clave

El hallazgo se conoce mientras la Unión Europea continúa la tramitación de una nueva restricción sobre el uso de este metal. El Comité REACH respaldó el pasado 25 de junio la propuesta de prohibir los perdigones de plomo, estableciendo un periodo transitorio de siete años. Las balas, según el texto aprobado en esa fase del procedimiento, quedan fuera de la restricción.

El debate sobre la futura prohibición cuenta también con una investigación española centrada específicamente en aves cinegéticas terrestres. La Federación Sectorial Española de Armas y Municiones presentó en 2020 el estudio ‘Presencia de perdigones y niveles hepáticos de plomo en aves cinegéticas cazadas con munición sin plomo’, elaborado con ejemplares de codorniz común, perdiz roja y paloma torcaz.

Una de sus particularidades fue el método utilizado para obtener las muestras. Las 94 aves examinadas fueron abatidas con perdigones de acero, con el propósito de evitar que la propia munición empleada durante la captura contaminara los tejidos o introdujera restos de plomo que pudieran confundirse con perdigones ingeridos previamente en el medio natural.

Esta precaución respondía a una de las críticas metodológicas recogidas en el trabajo: si el animal se abate con plomo, puede resultar más difícil determinar si los restos encontrados proceden del disparo o de una ingestión anterior. Las muestras se obtuvieron de codornices silvestres cazadas en Zamora, perdices rojas aclimatadas procedentes de Ciudad Real y palomas torcaces recogidas también en Zamora.

Solo una de las aves tenía perdigones de plomo ingeridos

Los resultados mostraron que únicamente una de las 94 aves analizadas presentaba perdigones de plomo en la molleja con certeza de haberlos ingerido. Se trataba de una perdiz roja aclimatada y no se localizaron restos semejantes en el buche o los intestinos de ningún otro ejemplar.

Esa misma perdiz fue la única ave en la que se detectó una concentración hepática elevada y compatible con la ingestión de perdigones de plomo. El análisis arrojó un valor de 7,189 partes por millón y el ejemplar mostraba, además, signos clínicos que los investigadores relacionaron con esa exposición.

Según las conclusiones del trabajo, la proporción de ejemplares potencialmente afectados se situó en el 1,06 % de la muestra. Sus autores consideraron que, en las especies, lugares y condiciones estudiadas, el empleo de perdigones de plomo en la caza menor no suponía un riesgo para el estado de conservación de aquellas poblaciones.

Detectar plomo no permite conocer automáticamente su origen

El estudio también encontró algunos ejemplares con concentraciones ligeramente superiores a 0,65 partes por millón, el umbral más exigente que tomó como referencia para identificar una posible contaminación ambiental. Sin embargo, la presencia del metal en los tejidos no permitía determinar por sí sola que su procedencia fuera la munición cinegética.

Los investigadores plantearon la necesidad de estudiar otras posibles vías de exposición. El plomo puede encontrarse en determinados suelos, aguas, alimentos o zonas afectadas por actividades industriales y contaminaciones históricas, de modo que atribuirlo a los cartuchos exige demostrar el origen, la vía de entrada y la dosis recibida.

Esta diferenciación resulta especialmente importante al trasladar los resultados de unas especies a otras. El riesgo documentado en aves acuáticas que ingieren perdigones depositados en humedales no tiene por qué reproducirse con idéntica intensidad en perdices, codornices o palomas que viven y se alimentan en medios terrestres. Por ese motivo, el sector reclama evaluaciones diferenciadas por especies, hábitats y modalidades.

Las alternativas al plomo también plantean interrogantes

Las organizaciones cinegéticas sostienen que cualquier sustitución obligatoria debería estudiar también el comportamiento de los materiales alternativos. El acero aparece como una de las opciones más accesibles, pero no todas las escopetas antiguas están preparadas para dispararlo y su mayor dureza puede incrementar el riesgo de rebotes en determinados terrenos y circunstancias.

A ello se añaden el coste de adaptar o reemplazar armas, la disponibilidad de los cartuchos y su eficacia a diferentes distancias. El sector advierte de que estas consecuencias afectarían especialmente a sociedades locales y cazadores que practican una caza social con equipos adquiridos hace décadas.

También se reclama que se valore el posible impacto sobre el bienestar animal. Si una alternativa ofrece un rendimiento insuficiente en determinadas armas o modalidades, podría aumentar el número de piezas heridas y no cobradas. Por ello, el mundo de la caza defiende que la transición no se limite a retirar el plomo, sino que garantice previamente la seguridad, compatibilidad y eficacia de los materiales destinados a sustituirlo.

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