El joven pescador, que lleva tan solo tres años practicando la pesca «en serio» a surfcasting y spinning desde costa, vivió el sábado 31 de enero de 2026 una jornada que difícilmente olvidará. Tras varios intentos cambiando de puesto por culpa de las algas, terminó encontrando el escenario perfecto: un banco de arena limpio donde, apenas media hora después de lanzar, llegó una picada que no parecía lo que finalmente fue.

La captura tuvo lugar en la playa del espigón Juan Carlos I, en un día de tregua tras la lluvia. El mar seguía algo revuelto, aunque comenzaba a asentarse, y la orilla aparecía salpicada de estrellas de mar, señal inequívoca de los temporales recientes. Las condiciones no eran sencillas y obligaron a Eugenio a desplazarse hasta en cuatro ocasiones buscando un claro libre de algas.

No fue hasta el cuarto intento cuando localizó un banco de arena en el que pudo pescar con cierta comodidad. Allí, con las cañas ya asentadas, se produjo la picada alrededor de los 30 minutos. No fue una arrancada violenta, pero sí lo suficientemente firme como para arrancar el plomo de grapa de 150 gramos y desclavarlo de la arena.

© E. M. G.

Una picada engañosa y una sorpresa mayúscula

En un primer momento, Eugenio pensó que al otro lado de la línea venía un buen robalo. La tensión y la forma de trabajar el pez así lo hacían presagiar. Sin embargo, al acercarlo a la orilla y verlo platear entre las olas, la sorpresa fue inmediata: no era una lubina, sino una baila (Dicentrarchus punctatus) de tamaño descomunal.

Acostumbrado a capturar bailas de buen porte «muy grandes aquellas que pasan del kilo»—, el pescador reconoce que un ejemplar de 2,3 kilos es algo completamente extraordinario para esta especie. Ni él ni sus compañeros habían visto nunca una de semejante tamaño. La báscula digital confirmó después el peso exacto: 2,320 kilos.

Las imágenes muestran un pez corpulento, de flancos plateados y moteado característico, con una longitud que ronda los 55 centímetros.

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El montaje que marcó la diferencia

El equipo empleado fue un montaje de plomo corrido con hilo trenzado del 0,20, seguido de un bajo de fluorocarbono del 0,45 y un plomo de grapa de 150 gramos, imprescindible para fijar el aparejo en un mar todavía movido. La picada, aunque no espectacular, fue seca y constante, lo suficiente para desclavar el plomo y obligarle a trabajar el pez con calma.

La jornada, que había comenzado con dudas por la presencia masiva de algas, terminó convertida en una de esas fechas señaladas en rojo en el calendario de cualquier pescador de costa. Una captura inesperada, en condiciones complicadas y en un escenario que muchos dan por ya demasiado presionado, demuestra que el mar siempre guarda sorpresas.

Para Eugenio, que practica la pesca desde hace apenas tres años con regularidad, este ejemplar supone un antes y un después. No todos los días se tiene en las manos una baila de 2,3 kilos capturada desde playa abierta.

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