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Por qué tu perro come hierba: cuándo es normal y cuándo hay que ir al veterinario

Más del 80% de los perros comen hierba con regularidad. La mayoría de las veces no es señal de enfermedad, pero en el campo hay riesgos reales que conviene conocer.

Cualquier cazador que haya sacado a su perro al rastrojo o a la linde de un pinar lo habrá visto alguna vez: el animal se detiene, mordisquea unos tallos y sigue como si nada. El comportamiento tiene nombre veterinario —pica— y es mucho más frecuente de lo que parece. Estudios recogidos por la red de hospitales VCA indican que más del 80% de los perros comen hierba con regularidad, y la mayoría de los veterinarios lo consideran una conducta normal con origen instintivo, no una señal de carencia ni de enfermedad.

La explicación más extendida —que el perro pasta para provocarse el vómito y purgarse— no se sostiene según la comunidad científica. Si tenemos en cuenta los estudios citados, menos del 25% vomita después de ingerir hierba, y solo alrededor del 10% mostraba algún signo de malestar antes de hacerlo. Con esas cifras, la teoría de la autopurgación no puede darse por buena de forma automática. Lo que sí parece claro es que el comportamiento tiene varias raíces posibles: aporte de fibra que suaviza el tránsito intestinal, un instinto heredado de los cánidos salvajes —en lobos y zorros se han encontrado restos vegetales en el contenido gástrico— y, en algunos casos, factores puramente conductuales como el aburrimiento o la búsqueda de atención cuando el contacto con el guía disminuye.

Para el dueño de un perro de caza, la pregunta práctica no es tanto por qué lo hace sino cuándo debe preocuparse. La respuesta corta: cuando el animal está alegre, come y bebe con normalidad, las deposiciones son regulares y el pastoreo es esporádico, no hay motivo de alarma. El problema aparece cuando el comportamiento se vuelve compulsivo, cuando va acompañado de vómitos repetidos o arcadas sin resultado, de apatía, diarrea o dolor abdominal visible. En esos casos puede haber detrás un reflujo, una enfermedad inflamatoria intestinal o una pancreatitis, y conviene una valoración veterinaria sin demora.

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El enemigo de los perros que salen al campo: espigas y plantas peligrosas

Más allá de la digestión, el riesgo real en el campo durante los meses cálidos son las espigas de gramíneas silvestres. Su forma —punta afilada y pequeñas barbas orientadas hacia atrás, como un arpón— hace que solo puedan avanzar una vez que se enganchan en el pelo o la piel del perro. Clínicas veterinarias españolas advierten de que la temporada de mayor peligro va de mayo a septiembre, con el pico de casos entre junio y agosto, cuando las plantas se secan y las espigas se sueltan con facilidad. Una vez dentro del cuerpo, no salen solas y pueden migrar hacia órganos internos causando infecciones graves o abscesos que acaban requiriendo sedación y cirugía.

Las zonas más vulnerables son los espacios entre los dedos, los oídos, los ojos y la nariz. Las señales de alerta son claras: sacudidas de cabeza o rascado intenso de oídos, ojo doloroso con lagrimeo, lamido insistente de una pata, cojera repentina o hinchazón interdigital. Ante cualquiera de esas señales tras una jornada de campo, la recomendación veterinaria es acudir ese mismo día a la consulta, no esperar a ver si mejora solo. El Colegio Oficial de Veterinarios de Badajoz recuerda que cuando no se detectan a tiempo, las espigas pueden provocar inflamación, infecciones, abscesos o lesiones más profundas en función de la zona afectada y del tiempo que permanezcan en contacto con el animal.

Otro riesgo que pasa más desapercibido es el de los céspedes y cunetas tratados con herbicidas o pesticidas. Lamer o masticar hierba pulverizada puede ser tóxico, y al arrancar brotes el perro puede ingerir larvas o huevos de parásitos intestinales. Mantener la desparasitación al día es una barrera sanitaria básica, especialmente en perros que trabajan en el campo con regularidad.

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En entornos rurales y de monte mediterráneo hay además plantas que pueden causar daño serio si el perro las ingiere. La adelfa (Nerium oleander), habitual en carreteras, parques y márgenes de caminos, contiene glucósidos cardiotóxicos: los síntomas aparecen pocas horas después de la ingestión e incluyen vómitos, hipersalivación, arritmia cardiaca y dificultad respiratoria. El tejo (Taxus baccata) contiene taxinas que afectan al sistema nervioso central y pueden provocar la muerte del animal. La dedalera (Digitalis purpurea) produce una sintomatología similar a la adelfa, también por glucósidos cardiacos, y la cicuta (Conium maculatum) —que crece en bordes de caminos y terrenos húmedos— alberga alcaloides neurotóxicos que pueden derivar en parálisis progresiva e insuficiencia respiratoria. La azalea o rododendro (Rhododendron spp.) cierra este grupo con grayanotoxinas que provocan vómitos, debilidad y depresión cardiaca. Ante la sospecha de ingestión de cualquiera de estas plantas, la única respuesta correcta es acudir al veterinario de inmediato.

La revisión de dos minutos que puede evitar una urgencia

Para quien sale al campo con su perro, la prevención es sencilla y no requiere más que un par de minutos al terminar la jornada. Revisar con linterna los oídos, comprobar los ojos, peinar el manto en dirección contraria al pelo y dedicar atención especial al espacio entre los dedos y las almohadillas. Si hay dolor, secreción, cojera o un cuerpo extraño incrustado, mejor que lo extraiga un veterinario: intentar sacarlo sin experiencia puede empujar la espiga más adentro. El Colegio de Veterinarios de Badajoz señala que dedicar ese tiempo a la revisión puede evitar visitas urgentes y complicaciones que luego exigen intervención quirúrgica.

Durante los paseos o la jornada de caza, si el perro intenta pastar en cunetas de mantenimiento intensivo o zonas con hierba tratada, la respuesta más eficaz es interrumpir con una orden breve y premiar cuando obedezca. Ofrecer trabajo de nariz, cobros cortos o pequeñas rutinas de obediencia mantiene al animal concentrado y reduce el hábito sin convertir el paseo en una lucha continua. En perros de pelo largo, mantener recortadas las zonas de mayor riesgo —entre los dedos y alrededor de las orejas— durante los meses de mayo a septiembre reduce de forma notable la probabilidad de que una espiga llegue a clavarse.

En definitiva, ver a un perro mordisquear hierba en el campo no es, por sí solo, motivo de alarma. Lo que sí merece atención inmediata es la combinación de ese comportamiento con síntomas digestivos persistentes, signos neurológicos o cualquier señal local compatible con una espiga. Una revisión veterinaria periódica —especialmente antes y después de la temporada de caza— y la desparasitación regular son las dos medidas que más protegen a un perro de trabajo en el monte.

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