La pala chocó con algo duro. Cinco piezas metálicas, oxidadas, del tamaño de un brazo. Un vecino de Villores (Castellón) estaba reformando una parcela a principios de agosto de 2026 cuando el suelo le devolvió lo que llevaba casi noventa años guardando: un depósito de munición de la Guerra Civil enterrado bajo sus pies. Avisó al alcalde, Iván Guimerà, y el Ayuntamiento llamó a la Guardia Civil. Lo que parecía un susto puntual se convirtió en un operativo de varios días.
Los agentes vallaron la zona de inmediato y comenzaron a excavar con cuidado. La cifra fue creciendo día a día: primero 25 proyectiles, luego 63, finalmente 68 obuses de artillería rompedores de 75 milímetros, cada uno con un peso aproximado de ocho kilos. Aparte, los especialistas encontraron una carga de trilita de 345 gramos que había quedado suelta, separada de los proyectiles. En total, algo más de 544 kilos de material explosivo acumulado en un solo punto, en un municipio de la comarca de Els Ports que hoy apenas supera los 51 habitantes censados.
El hallazgo se produjo el 6 de agosto y la Guardia Civil lo comunicó públicamente el día 10, cuando los especialistas del GEDEX —el Grupo de Especialistas en Desactivación de Artefactos Explosivos de la Comandancia de Castellón— cerraron el operativo. La razón por la que el caso llama la atención no es solo la cantidad: el año anterior, ese mismo GEDEX había retirado en toda la provincia, a lo largo de varias intervenciones distintas, un total de 36 artefactos de la Guerra Civil. Villores casi duplicó ese balance anual completo en una sola tanda, con un único tipo de proyectil.

Casi un siglo bajo tierra y con plena capacidad de destrucción
Los proyectiles presentaban mal estado de conservación por el tiempo que llevaban enterrados, pero la Guardia Civil confirmó que mantenían intacta su capacidad de destrucción. Eso es lo que hace peligroso este tipo de hallazgos: el óxido y la humedad deterioran la carcasa exterior, pero no necesariamente la carga interior. En este caso, los obuses carecían de espoleta y estopín, lo que según la Guardia Civil hizo su manipulación algo más segura para los especialistas, aunque no eliminó el riesgo. El material fue trasladado a la cantera La Torreta, entre Castellón y Borriol, donde fue detonado de forma controlada en varias tandas hasta cerrar el operativo el lunes 10 de agosto.
La hipótesis más probable sobre el origen del depósito apunta a munición sin montar, escondida a toda prisa durante la retirada para que no cayera en manos del bando contrario. Villores y la comarca de Els Ports fueron zona de frente durante la Guerra Civil, y el terreno de muchas fincas del interior peninsular guarda todavía restos de aquella época sin que nadie lo sepa. Desde 1985, la Guardia Civil ha detonado en España unos 35.000 artefactos explosivos, el 80 por ciento procedentes del conflicto de 1936-1939. Los proyectiles de artillería rompedores de 75 y 105 milímetros son, junto a las granadas de mano, los artefactos más frecuentes en esos registros.
Qué hacer si la pala o la bota topan con algo así
Para agricultores, cazadores y cuadrillas que trabajan el monte, la pauta es siempre la misma y la Guardia Civil la repite cada vez que interviene en un caso así: no tocar el objeto, no moverlo y no intentar comprobar si está descargado. El deterioro exterior no dice nada sobre el estado de la carga interior. Lo que sí hay que hacer es alejarse con calma por el mismo camino por el que se llegó, señalizar la zona de forma visible sin acercarse al artefacto y llamar al 062 o al 112. Esos dos números derivan el aviso a los equipos especializados que saben cómo actuar.
En un coto, lo que debe hacerse pasa por avisar a la guardería y a la directiva para cortar accesos y apartar a la gente de la zona, sin esperar a que lleguen los agentes para tomar esa decisión. En una batida o montería, el capitán o el guarda deben saberlo de inmediato. En una finca agrícola, si la máquina ya ha rozado el artefacto, lo más prudente es retroceder despacio por la misma rodada, asegurarse de que el apero no arrastra nada y alejarse antes de llamar.
Cuando lleguen los especialistas, la aportación más útil es una descripción prudente desde lejos: forma aproximada, tamaño, si hay más piezas visibles, referencias del terreno para facilitar el acceso. Nada más. La decisión de neutralizar en el lugar o trasladar el material la toman ellos con criterios técnicos, como ocurrió en Villores, donde optaron por llevar los 68 obuses a una cantera para detonarlos con seguridad. No hay pieza de caza, apero ni reforma que justifique saltarse ese protocolo.
Un recordatorio para titulares de coto y gestores de finca
El caso de Villores es llamativo por la cantidad, pero no es una rareza. Cualquier finca con historia de frente, retaguardia o paso de tropas puede guardar restos sin que conste en ningún registro. Zonas del Sistema Ibérico, el Ebro, el Jarama, Teruel o el Maestrazgo concentran históricamente más hallazgos, pero los artefactos aparecen en lugares inesperados cuando se mueve tierra que lleva décadas sin tocarse. Una labor de desfonde, la apertura de una pista, la instalación de un bebedero o simplemente una tormenta que erosiona un talud pueden sacar a la luz lo que el tiempo había cubierto.
Para los titulares de coto y los gestores de finca, tener los teléfonos del 062 y el 112 a mano en la guía de caza o en el cuaderno de campo no cuesta nada y puede marcar la diferencia. Explicar el protocolo básico al inicio de cada temporada, igual que se recuerdan las normas de seguridad con las armas, es una precaución razonable en zonas con historia bélica. El campo español guarda más de lo que parece, y no todo lo que aparece bajo la tierra es inofensivo por el simple hecho de llevar décadas enterrado.








