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En 1776 el rey Carlos III trajo a España un animal tan raro que terminó en un cuadro atribuido a Goya

Un oso hormiguero llegado de Buenos Aires en 1776 fascinó tanto a Carlos III que ordenó su retrato: hoy se atribuye a un joven Goya.

Hay cuadros que nacen por encargo real y cuadros que nacen por capricho de un rey fascinado con un animal que nadie en Madrid había visto antes. Este es de los segundos. En julio de 1776 llegó a la corte española una hembra de oso hormiguero gigante procedente de Buenos Aires, y Carlos III quedó tan prendado del animal que decidió inmortalizarlo en un lienzo, algo reservado casi en exclusiva a la familia real. El resultado, La osa hormiguera de su majestad, se conserva hoy en el Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid y vuelve a estar de actualidad: un vídeo publicado en Instagram que recupera su historia ha superado ya los 20.000 «me gusta».

Un animal exótico para un rey obsesionado con la naturaleza

El ejemplar viajó desde Buenos Aires en un trayecto que, según reconstrucciones históricas del episodio, se prolongó más de dos meses hasta llegar a Cádiz por mar y después a Madrid por tierra. Nada más presentarlo en Palacio, el rey pudo verlo en su propio cuarto y, según recoge la documentación conservada sobre la obra, observó lo mansa que era aquella hembra, motivo por el que ordenó su traslado a la Casa de Fieras del Buen Retiro. Fue entonces cuando se encargó también su retrato.

Carlos III llevaba años empeñado en reunir fauna exótica de sus dominios de ultramar para estudiarla en el Real Gabinete de Historia Natural, la institución que había fundado en 1771 y que se convirtió en el germen del actual museo madrileño. Tigres, llamas, avestruces o elefantes pasaron por sus manos, pero un oso hormiguero vivo era una rareza mayor: era el primer ejemplar de la especie que se veía en España.

El encargo de Mengs y la sospecha de que fue pintado por Goya

Oficialmente, el encargo recayó en Anton Raphael Mengs, pintor de cámara del rey. Así lo certifica un documento del Archivo General de Palacio fechado el 17 de septiembre de 1776, en el que se ordena pagar quince doblones «para que se le den a un pintor que ha copiado al natural el oso palmero que está en el Buen Retiro». El papel no dice quién sostuvo el pincel, y ese vacío documental es precisamente lo que ha alimentado el debate sobre la autoría durante más de dos siglos.

En 2011, el investigador Javier Jordán de Urríes, especialista en la pintura de Mengs, publicó en la revista Goya un estudio que atribuía la ejecución material del lienzo a un joven Francisco de Goya, entonces alumno del taller de Mengs y todavía sin nombre propio en la pintura española. El propio museo recoge en su blog que, según el investigador, se trataría del «primer, y exótico, retrato de encargo regio pintado por Goya». Jordán de Urríes se apoyó en semejanzas de paisaje, iluminación, sombras y pinceladas con otras obras del aragonés de esa misma etapa, cuando colaboraba con la Real Fábrica de Tapices de Santa Bárbara. El propio museo, sin embargo, mantiene la cautela: la ficha de la obra sigue hablando de una atribución y no de una certeza documental, y otros estudios académicos, como el que en 2006 publicó la investigadora Ana Victoria Mazo en la revista Asclepio, sitúan la ejecución en el círculo de Mengs sin llegar a nombrar a Goya. Lo más certero, por tanto, es decir que el lienzo se pintó bajo la dirección de Mengs y que una investigación seria, aunque no unánime, apunta a Goya como su verdadero autor.

Un retrato que también es una ficha zoológica

El lienzo mide 105 por 209 centímetros y muestra al animal de perfil, a tamaño natural, con la lengua y las garras delanteras perfectamente visibles. En un segundo plano aparece la misma osa hormiguera, esta vez dormida y enroscada sobre sí misma, tal y como descansa la especie en libertad. Junto a esa segunda figura se incluyó una inscripción que la describe: explica que se alimenta de hormigas, que procedía de Buenos Aires, que fue copiada del natural en la Casa de Fieras del Retiro en julio de 1776 y que el ejemplar tenía entonces treinta meses. Esa combinación de retrato posado, postura de reposo y cartela explicativa convierte al cuadro en un documento con voluntad casi científica, a medio camino entre el capricho cortesano y la ilustración naturalista propia de la Ilustración.

El oso hormiguero gigante, cuyo nombre científico es Myrmecophaga tridactyla, es un mamífero propio de Centroamérica y Sudamérica que puede alcanzar los dos metros de longitud incluyendo la cola y que se alimenta exclusivamente de hormigas y termitas gracias a una lengua que supera los 60 centímetros. Habita sabanas, pastizales y bosques abiertos desde Honduras hasta el norte de Argentina, y aunque su aspecto resulta inofensivo, es un animal solitario dotado de garras delanteras capaces de infligir heridas graves si se siente amenazado. La impresión de mansedumbre que causó en Carlos III correspondía a un ejemplar concreto en cautividad, no al comportamiento habitual de la especie en su medio natural.

Siete meses de vida y un cuadro como único testimonio

La osa hormiguera no resistió mucho tiempo el clima madrileño ni la dieta sustitutiva que debieron proporcionarle en ausencia de hormigueros. El tesorero del Buen Retiro, Matías Martínez López, notificó su muerte el 31 de enero de 1777, apenas siete meses después de su llegada a España. Se trataba del primer ejemplar de la especie que llegaba vivo a Europa, y su fallecimiento, pese al fracaso, sirvió para documentar un episodio irrepetible.

El cuerpo del animal fue trasladado al Real Gabinete de Historia Natural para su disección, aunque aquel ejemplar taxidermizado no se ha conservado hasta nuestros días. El lienzo, en cambio, sí sobrevivió: procede de las colecciones de aquel gabinete real y pasó a formar parte del actual Museo Nacional de Ciencias Naturales, donde permaneció durante décadas en el despacho de la dirección antes de exponerse por primera vez al público en noviembre de 2011, coincidiendo con la ampliación de la exposición permanente sobre el Real Gabinete. Es, en la práctica, el único testimonio visual que queda de aquella osa hormiguera y de la fascinación que despertó en la corte ilustrada.

Un episodio que sigue generando curiosidad 250 años después

El vídeo que ha devuelto esta historia a la actualidad, publicado en la cuenta de Instagram del museo, acumula ya más de 20.000 «me gusta» y ha generado un aluvión de comentarios, algunos centrados en la curiosidad zoológica y otros que han derivado hacia el debate sobre el colonialismo, ajeno al propio hecho histórico documentado por el museo. Puede verse en el reel original publicado por el Museo Nacional de Ciencias Naturales, donde se recupera este capítulo poco conocido de los inicios de Goya.

Más allá de la polémica en los comentarios, el episodio conecta con una tradición que atraviesa la historia natural española: la de los animales exóticos llegados de los antiguos territorios de ultramar que despertaron la curiosidad de naturalistas y coleccionistas, y que hoy siguen alimentando el debate sobre la relación entre el ser humano y la fauna salvaje, algo que también preocupa en el mundo cinegético actual a la hora de gestionar especies foráneas o poco conocidas en el campo español. El cuadro puede contemplarse con gran detalle en la reproducción digital de la obra disponible en los archivos del museo, un documento que sigue provocando la misma pregunta que hace 250 años: cómo un animal tan singular acabó, por capricho de un rey, convertido en la primera obra exótica de un pintor que todavía no firmaba con su nombre completo.

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