Han pasado cuatro años desde aquella marea naranja que desbordó calles y conciencias. Cuatro años desde que el mundo cinegético mostró, sin complejos, su mayor expresión de unidad, fuerza y dignidad. Y, sin embargo, el silencio ha sido ensordecedor. No hubo conmemoraciones, no hubo recordatorios a la altura de lo vivido. Apenas ecos dispersos de lo que fue, sin duda, uno de los momentos más trascendentales de nuestra historia reciente.

¿Cómo es posible que hayamos llegado hasta aquí?

Aquel día no fue una manifestación más. Fue una declaración colectiva. Fue la constatación de que, cuando el sector se une, es capaz de hacerse escuchar con una claridad imposible de ignorar. La marea naranja no fue solo un color; fue un símbolo. El símbolo de quienes viven el campo, de quienes entienden la rehala no como una herramienta, sino como parte inseparable de una cultura, de una forma de vida y de una ética.

Y, sin embargo, hoy parece que muchos prefieren mirar hacia otro lado.

La falta de memoria es, quizás, uno de los mayores riesgos que enfrentamos. Porque olvidar lo que conseguimos juntos es debilitar lo que podemos volver a lograr. Cada uno en su parcela, cada organización en su espacio, cada voz en su pequeño ámbito… mientras se diluye la conciencia colectiva que una vez nos hizo imparables.

En este contexto, surge una pregunta inevitable: ¿qué podría haber pasado si Cinegética se hubiera convertido en el lugar del encuentro para recordar el 20M?

Allí estaban todos. Partidos políticos, consejeros, directores generales… y, lo más importante, cazadores. Estaban reunidos en un mismo espacio quienes legislan, quienes gestionan y quienes viven la realidad del campo. Era el escenario perfecto. La oportunidad estaba al alcance de la mano: convertir un evento sectorial en un acto de memoria colectiva, en una reafirmación de unidad y también en un espacio para volver a trasladar, con claridad y sin rodeos, nuestras ideas y planteamientos a los responsables políticos y a los técnicos de la administración.

Porque aquel día no solo se demostró fuerza en la calle. También se dejó claro que el sector tiene argumentos, conocimiento y propuestas. Que sabemos lo que defendemos y por qué lo defendemos.

Pero no ocurrió.

Y lo que pudo haber sido una demostración de cohesión, de fuerza renovada y de mensaje claro hacia dentro y hacia fuera, se quedó en una ocasión perdida.. Porque no se trataba solo de recordar, sino de proyectar. De decir: seguimos aquí, seguimos siendo los mismos, seguimos defendiendo lo nuestro con la misma convicción.

Solo algunas voces aisladas recordaron. Demasiado poco para lo que fue.

Y cabe hacerse otra pregunta incómoda, pero necesaria: ¿acaso existe hoy un cierto sentimiento de vergüenza o de incomodidad colectiva por vestir el chaleco naranja?

Resulta difícil entenderlo. Aquello que fue la imagen más impactante de la historia cinegética, el mayor símbolo de unidad, orgullo y visibilidad del sector, parece hoy incomodar a algunos. Como si portar ese color —que nos hizo fuertes, visibles y respetados— se hubiera convertido, para ciertos ámbitos, en algo que es mejor no recordar demasiado.

Manifestante del 20M con una bandera de ARRECAL. © JyS

Pero el chaleco naranja no es un problema Es, precisamente, la prueba de que cuando dejamos de lado diferencias y egos, somos capaces de construir algo mucho más grande que nosotros mismos. Renegar de ese símbolo, aunque sea de forma silenciosa, es renunciar también a la fuerza que un día demostramos.

Y quizás ahí esté parte del problema: no en lo que somos, sino en el miedo a parecerlo.

Pero la marea naranja no fue un punto final. Fue un punto de partida.

El naranja sigue siendo el color de las rehalas. No solo como identificación, sino como declaración de principios. Representa el esfuerzo, la tradición transmitida generación tras generación, el respeto por el entorno y por los animales, la ética de quienes saben que su labor va mucho más allá de lo que muchos quieren reducir.

Porque aquí es donde entra la razón.

La rehala no es un vestigio del pasado, ni una práctica sin sentido. Es gestión, es equilibrio, es conocimiento del medio. Es una pieza clave dentro de un sistema complejo donde el ser humano, lejos de ser un intruso, ha sido históricamente parte activa. Defender la rehala es defender una forma de entender el territorio, basada en la experiencia, en la responsabilidad y en el compromiso.

Y ahí es donde el orgullo y la pasión encuentran su equilibrio con la razón.

Desde asociaciones como Arrecal, esa defensa no se limita al campo. Se traslada a los despachos, a los ministerios, a los espacios donde se toman decisiones que afectan directamente al futuro de esta actividad. Allí también se habla claro, con argumentos, con conocimiento y con la misma convicción con la que aquel día se llenaron las calles de naranja.

Pero nada de eso tendrá fuerza si olvidamos quiénes somos.

Remover conciencias no es una opción; es una obligación. No desde el reproche vacío, sino desde la responsabilidad colectiva. Recordar la marea naranja no es nostalgia: es estrategia. Es entender que la unión no fue casual, que la fuerza no fue puntual y que el orgullo no puede ser efímero.

Porque lo que ocurrió aquel día sigue siendo cierto hoy.

Somos muchos. Somos fuertes. Y tenemos razones.

La pregunta es si estamos dispuestos a volver a creerlo.

Síguenos en discover

Sobre el autor