José Ortega y Gasset: la razón de la caza

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Filósofo vinculado al periodismo, es considerado una de las mentes más privilegiadas del Siglo XX. Por eso, sus apellidos dan nombre desde 1984 a los premios más prestigiosos del diario El País. Un medio cuya línea editorial, sin embargo, ha condenado la caza en los últimos años. En la memoria de todos queda su prólogo a la obra del Conde de Yebes, que es, quizá, el texto más elogiado de la historia cinegética.

17/4/2019 | Salvador Calvo Muñoz

José Ortega y Gasset.
José Ortega y Gasset.

Hace la friolera de veintitantos años se celebró en esta urbe de Norba Caesarina –vulgo Cáceres– el Primer Congreso Internacional de la Caza. Fue precisamente en aquellos días de tantas cosas y tanto ajetreo que, en casa de Manolo Villalón, eché yo mano al libro Veinte años de caza mayor del Conde de Yebes. Y en él, claro está, leí por primera vez el famoso prólogo de don José Ortega.

Ya no sé si, como le sucede a tantos lectores, encontré entonces en el texto del filósofo el armazón moral que sustenta esta vocación, afición, oficio, ocio, deporte –¡de deporte, nada!–, identidad, esencia, existencia o lo que sea esto de la caza. El caso es que de mente tan prodigiosa como la del autor del prólogo, y de su magistral pluma, salieron las razones –¡tan bien razonadas!– que han justificado tantos, tantísimos pasos y caminatas por el campo con la escopeta al hombro.

He aquí que desde hace algún tiempo tengo sobre la mesa un libro especial, particular y, si me permiten, delicioso. Libro que abro de vez en cuando para solazarme en su lectura, ahora por aquí, luego por allá. Ha sido, sin duda, por mediación de otra ilustre pluma con la que tenemos relación epistolar hace ya algunos años: Xavier Trias de Bès, a través del cual contactamos con Joaquim Rossell, secretario que fue del Catalunya Chapter del Safari Club Internacional. Esta prestigiosa institución, es decir, a la postre Joaquim Rossell, tuvo a bien enviarme un ejemplar de Pròleg a Veinte años de caza mayor. Un servidor –disculpen la personalización– estudió en sus años mozos salmantinos Filología Románica y en cuanto navega por las aguas madres de los idiomas románicos disfruta como un rayón en un barrero. Este libro que citamos es bilingüe. Doña María Roser Esquius i Ausió lo ha traducido del español al catalán divinamente y han hecho una edición magnífica, adornándola con las estupendas ilustraciones de Manel de Jesús i Palau. ¡Qué gran acierto el del Safari Club, es decir, el de Joaquim Rossell! ¡Qué gozada para los que, acunados en nuestra madre latina, nos solazamos en la prole idiomática románica! Leemos a Ortega: «La vida que nos es dada tiene sus minutos contados y, además, nos es dada vacía»; es decir, «La vida que ens han donat té els minuts comptats i, a més, ens l´han donada buida». Mare de Deu. Qué regalo más certero.

José Ortega y Gasset, el cazador

Como cazador, don José Ortega sujeta mis convicciones, afirma mis raíces y da sentido a mis pasos y disparos; pero como filólogo, leyendo, ara en castellá, ara en catalá, me siento como esos jinetes acrobáticos que corren con un pie puesto sobre la montura de un caballo y el otro sobre el de al lado. Inefable placer espiritual el de las palabras, decía un profesor que tuve y que se llamaba, por cierto, Lázaro Carreter. Pero vamos al hombre cazador y que nos entretenga, en la introducción del Pròleg, la fina pluma de Joaquim Rossell: «El Prólogo a que nos referimos lo escribió don José Ortega y Gasset en junio de 1942, en Lisboa, para el libro del Conde de Yebes Veinte años de caza mayor, que se publicó en Madrid en 1943 (…). Incluso entre los conocedores del Prólogo se duda sobre si realmente su autor era cazador. Para ello transcribimos algunos pasajes contenidos en el libro Ortega y Gasset, mi padre. Una visión íntima y emocionada del primer filósofo español cuyo autor es Miguel Ortega (Madrid, 1983)». Sigue Rossell: «Su citado hijo nos cuenta que a José Ortega y Gasset le gustaba cazar y leer libros de caza, y de hecho cazaba bastante antes de la Guerra Civil. Siempre tuvo una escopetas del 20, y nuca del 12. Primero cazaba con una Sarasqueta de dos cañones con extractores automáticos, pero como consecuencia de un registro en la casa, recién empezada la Guerra Civil, se la llevaron.

Ortega y Gasset cazando con su hermano en la década de los 1930.
Ortega y Gasset cazando con su hermano en la década de los 1930.

Posteriormente su hijo Miguel le regaló una Trust Eibarrés, que fue expuesta en la exposición del centenario de su nacimiento, con la cual tiró mucho, hasta el último día en que cazó. Nunca disparó con rifle, usando para la caza mayor escopeta con bala, jamás con posta, y en los ojeos tiraba con dos escopetas que cargaba él mismo. (…) Siempre tuvo perro en casa; primero un pointer que se llamaba Sil y después un basset. Más tarde, Taiga, la galga rusa. La última vez que cazó fue en la finca de Araya, en Cáceres, ciudad en la que estuvo viviendo durante un mes, alojado en el hotel Jamec, allá por 1949. Dejó de cazar desde entonces por llevar una vida muy de otro tipo por exceso de trabajo y viajes al extranjero; pero siempre conservó la afición».

El gusto de ser paleolítico

He ahí algún detalle biográfico de don José Ortega como cazador, aunque a nosotros siempre nos ha subyugado su certerísimo pensamiento filosófico, y más cuando se ha ocupado de nuestro oficio de cazadores. Cuando en numerosas ocasiones nos hemos tenido que batir dialécticamente con los abundantes, hoy día, ecologistas anticaza, casi siempre hemos interpelado al adversario con la pregunta de rigor: «¿Usted ha leído a Ortega?». Y como casi siempre –¡siempre!– no saben por dónde van los tiros, allí hemos dado por concluida la diatriba.

Se lo oímos a Delibes, pero cuando le preguntaron a Ortega por qué cazaba, contestó: «Cuando está usted harto de la enojosa actualidad de ser muy del siglo XX, toma usted la escopeta, silba usted a su can, sale usted al monte y sin más se da el gusto de ser paleolítico…». Sí señor, eso exactamente

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1 Comentario

  1. La inteligencia del ser humano y la practica de la caza van unido a su propia existencia, desde que el hombre es hombre, y por ende puede hacerse extensivo a los animales de la tierra que tambien lo practican por naturaleza.

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