El dato es difícil de ignorar: mientras la perdiz roja crecía un 58% en el coto donde se aplicó un control profesional de depredadores, en el coto vecino caía un 56,5% en el mismo período. Esa comparación, obtenida durante tres temporadas consecutivas en la provincia de Badajoz, es el corazón de un estudio que acaba de publicar la revista científica internacional Wildlife Biology. El trabajo lo ha desarrollado Fundación Artemisan con financiación de la Federación Extremeña de Caza (FEDEXCAZA) y la colaboración de la Universidad de León y la Junta de Extremadura, y analiza algo que los gestores de cotos llevan años defendiendo desde el campo: que el control profesional y selectivo de depredadores funciona, y que los números lo respaldan.
El estudio se llevó a cabo entre 2021 y 2023 en dos cotos de hábitat similar, óptimos para la caza menor y con la caza vedada durante todo el proyecto. En uno de ellos, un guarda rural especializado aplicó métodos homologados de trampeo y caza selectiva sobre zorro, urraca y jabalí. El otro sirvió como referencia sin intervención. Ese diseño —un coto con control frente a uno sin él— es lo que da solidez a las conclusiones: los resultados no se atribuyen a la suerte del año o al clima, sino a la gestión.
Qué significa selectividad y por qué importa tanto
Antes de hablar de perdices y conejos, el estudio resuelve una pregunta que está en el centro de cualquier debate sobre el control de depredadores: ¿las trampas homologadas capturan solo lo que deben? La respuesta, cuando las maneja alguien que sabe, es que sí, con una precisión muy alta. En las jaulas metálicas empleadas para la urraca se alcanzó una selectividad del 99,44% a lo largo de 1.410 jornadas de trampeo: de todas las capturas registradas, solo dos fueron de una especie no objetivo, dos tórtolas turcas que fueron liberadas sin daño.

Para el zorro se usaron lazos propulsados de dos modelos distintos. El Collarum alcanzó una selectividad del 95,24% y una eficiencia de 4,53 zorros por cada mil noches de trampeo; el Belisle Selectif obtuvo un 83,33% de selectividad y 1,63 zorros por cada mil noches. La diferencia entre modelos es relevante para quien tiene que decidir qué herramienta poner en el campo: no todos los lazos homologados rinden igual, y elegir bien marca la diferencia tanto en precisión como en resultados. En cuanto al jabalí, las esperas nocturnas resultaron más eficaces que la caza al salto, y para el zorro los perros en madriguera superaron a otras modalidades. En total, el esfuerzo de caza acumuló 101 jornadas y 737 horas de trabajo, con 47 jabalíes y 39 zorros capturados.
El estudio se desarrolló en una zona con presencia de lince ibérico, águila imperial, águila perdicera y búho real, entre otras especies protegidas. Que los métodos empleados no afectaran a ninguna de ellas no es un detalle menor; es la demostración de que el control profesional y el respeto a la fauna protegida son compatibles. De hecho, hay una relación más profunda entre el lince y la gestión cinegética que merece atención: tener un lince en el coto puede ser una buena noticia para el conejo, la perdiz y el cazador, porque como superdepredador desplaza y reduce a zorros y meloncillos, aliviando la presión sobre la caza menor. Esa dinámica, que los cotos bien gestionados conocen bien, encaja con lo que el estudio de Badajoz mide desde el otro ángulo: cuando se reduce la presión de los depredadores oportunistas, la caza menor responde.

La perdiz responde antes; el conejo, más despacio
El efecto sobre la perdiz roja fue el más llamativo. La mejora llegó principalmente a través de los pollos: una mayor proporción de las polladas logró sobrevivir los primeros meses de vida, que son los más críticos, y alcanzar el llamado excedente de población, que es la bolsa de aves jóvenes disponible para un aprovechamiento cinegético sostenible. Las mejoras en los indicadores de densidad pre-reproductora, tamaño de polladas y juveniles por bando empezaron a apreciarse ya entre el primer y el segundo año de control. A partir del segundo año, la diferencia con el coto testigo era evidente.
El conejo de monte también respondió, pero con más calma. El incremento de la abundancia primaveral se hizo apreciable a partir del tercer año de control sostenido. Esa inercia no sorprende a quien gestiona cotos: el conejo necesita que la presión del zorro baje de forma mantenida para que sus poblaciones se consoliden. La liebre, en cambio, se mantuvo estable durante todo el proyecto, sin mostrar cambios apreciables en ninguna dirección.
El estudio también apunta cuándo conviene concentrar el esfuerzo. Para zorro y urraca, los meses de enero a junio —el período reproductor de la caza menor— son los más críticos, porque es cuando la presión sobre nidos, pollos y gazapos es mayor. Para el jabalí, el control resulta más oportuno entre julio y diciembre.
Ciencia hecha en el campo, no en el laboratorio
José María Gallardo, presidente de FEDEXCAZA, resume la filosofía del proyecto con una idea que cualquier gestor de coto reconocerá: «La gestión de la fauna no puede hacerse de espaldas al campo. Las decisiones deben apoyarse en ciencia basada en datos reales, obtenidos sobre el terreno».
La publicación en Wildlife Biology, una de las revistas de referencia en biología y gestión de fauna, da a estos resultados un respaldo científico que va más allá del debate de opinión. Para FEDEXCAZA, que financió la investigación a través de su programa de ayudas, supone también un argumento concreto para defender ante las administraciones que las políticas de gestión de fauna se construyan sobre evidencias y no sobre prejuicios.
Los propios autores insisten en que el control de depredadores no puede entenderse como una medida aislada. Funciona mejor cuando se combina con mejoras de hábitat —siembras, bebederos, refugios, majanos— y cuando el esfuerzo se adapta a la biología de cada especie y a las características concretas del terreno. Un coto con buena cobertura vegetal, agua disponible y gazaperas en condiciones saca más partido al control que uno con el hábitat degradado. La gestión integral es la que multiplica los resultados, y este estudio aporta la evidencia de que cada pieza del puzzle importa.








