Un equipo de investigadores ha buceado en un manuscrito conservado en la Biblioteca del Palacio Real de Madrid para reconstruir, con un nivel de detalle poco habitual, cómo era la fauna en torno a los Sitios Reales hace casi tres siglos.
El estudio, firmado por Juan Jiménez Pérez y Miguel Clavero, ha sido titulado como Creación de bases de datos históricas sobre biodiversidad a partir de cacerías reales y ha sido publicado el pasado 13 de febrero en la Revista Europea de Investigación sobre la Vida Silvestre. Su propuesta es directa: usar los registros cinegéticos de monarcas y aristócratas como fuente de información ecológica.
La clave está en el ‘Asiento de la Caza‘, un pequeño libro encuadernado (200 × 145 mm) y de 160 páginas que anota los resultados de las cacerías en las que participó Fernando VI entre 1745 y 1755. Los autores han extraído fechas, lugares y especies con el máximo detalle posible, hasta el punto de poder trabajar con registros mensuales y, en un tramo del documento, incluso diarios.
De ese vaciado sale una cifra que impresiona por sí sola: 1.241 cacerías, más de 38.000 animales abatidos y 62 taxones registrados. Pero no solo se trata de volumen. Es, sobre todo, precisión: aparecen 313 lugares de caza citados y los investigadores han conseguido localizar un 92% de los individuos que aparecen en el libro en Sitios Reales concretos, gracias al cruce con cartografía histórica.

Un archivo del Palacio Real convertido en mapa de biodiversidad
Una de las ideas del trabajo es que la ecología histórica necesita fuentes sólidas para evitar el «síndrome de línea base cambiante»: dar por ‘normal’ un paisaje ya degradado porque solo miramos series recientes. Los autores recuerdan que muchos indicadores de biodiversidad sitúan la referencia en los años 70, cuando buena parte de los ecosistemas ya estaban muy transformados.
En ese contexto, el ‘Asiento’ se convierte en un tesoro inesperado. Cada jornada de caza en un lugar y periodo concreto se considera un evento, y cada mención a un animal cobrado dentro de ese evento, un valioso registro. Con esa lógica, lo que era una mera contabilidad para la corte termina siendo una base de datos utilizable por la ciencia.
Pero los investigadores no se quedan en el recuento. Han analizado también patrones de estacionalidad y de composición de capturas según el Sitio Real, con técnicas estadísticas para identificar gradientes: meses donde predomina la caza de palomas, periodos donde se mezclan diferentes modalidades de caza mayor y etapas más ligadas a las jornadas tras ungulados y carnívoros.
Además, hay un detalle revelador: el rey cazaba todo el año. En el tramo con reconstrucción diaria (octubre de 1754 a diciembre de 1755), Fernando VI cazó casi el 75% de los días posibles (315 de 428). La imagen que deja el manuscrito es la de una actividad constante y organizada, siguiendo el movimiento de la corte entre Madrid y su entorno.

Los Sitios Reales como áreas protegidas antes de que existiera el concepto
Aquí es donde el estudio conecta con un debate muy actual. Los autores señalan que los cotos reales eran, de alguna manera, análogos a las áreas protegidas que hoy día conocemos, porque se gestionaban para asegurar la abundancia de determinadas especies para el monarca. Eso implicaba restringir usos intensivos como agricultura, ganadería, tala y la caza de subsistencia dentro de esos espacios.
Esa protección tenía efectos colaterales. El propio trabajo cita que la corte tuvo que gastar cantidades importantes para prevenir y compensar daños de ungulados en las tierras de labor vecinas. Es decir, un paraíso cinegético bien guardado también significaba densidades altas y conflictos con la agricultura. Nada muy distinto, por cierto, de lo que hoy se discute cuando se habla de sobrepoblaciones o de daños en cultivos.

Los datos permiten, además, comparar disponibilidad de especies entre cotos y detectar su presencia estacional. Y, en algunos casos, seguir la fenología de migratorias: el estudio menciona patrones compatibles con la migración en especies como la becada, cazada en épocas concretas del año muy concretas como sucede hoy día.
La lectura de fondo, en clave moderna, es potente: la gestión —aunque respondiera a priori a intereses cinegéticos— generó espacios donde la presión sobre el territorio era menor que fuera, creando refugios y manteniendo fauna en cantidades notables. Dicho de otra manera: la idea de proteger un lugar para sostener vida silvestre estaba funcionando, al menos en parte, mucho antes de que llegaran las figuras legales actuales.

De la perdiz al lobo: lo que se cobraba dice mucho… y lo que no aparece, también
El “Asiento” recoge 38.701 citas de animales de 62 especies o grupos de especies. Más del 87% pertenece a especies de caza menor muy populares como el conejo, la perdiz roja, la liebre ibérica, las palomas, la codorniz y la becada. Solo el conejo suma 15.021 ejemplares, cerca del 40% del total.
En cuanto a la caza mayor, el gamo aparece con frecuencia (1.354 individuos), y también el jabalí (605) y el ciervo (492). Entre los carnívoros, los más presentes son el zorro (555) y el lobo (331). El manuscrito incluso anota 292 rapaces de al menos 10 especies distintas, un dato que hoy chirría pero que sirve para entender mentalidades, prácticas y una gestión muy diferente en la época.
El análisis diario sugiere algo que cualquiera reconocería en una jornada moderna: se tendía a concentrar el interés en pocas especies. En promedio, 1,68 especies abatidas por evento. Y, cuando tocaban palomas, el número se disparaba: más de 37 por día de media. La percha de conejos rondaba los 15 diarios y la codorniz, unas 12.
Pero lo más interesante quizá llega por la vía contraria: las ausencias. El estudio destaca la falta de registros de corzo, pese a que hay documentos del siglo XVI que lo citan cerca de algunos Sitios Reales. Para los autores, que no aparezca dos siglos después sugiere un declive serio o una retirada a zonas de refugio.
Otra ausencia llamativa es la del lince ibérico en el manuscrito, pese a que el área de distribución histórica habría incluido buena parte de esos espacios. El trabajo plantea como hipótesis que ya fuese escaso en el centro peninsular en el siglo XVIII, en línea con el declive histórico de la especie.
Doñana y Gredos: cuando un coto termina siendo un símbolo de conservación
La reflexión del estudio sobre los Sitios Reales abre la puerta a mirar otros ejemplos españoles donde la protección ligada a la actividad cinegética terminó derivando en espacios de referencia. Y ahí dos nombres aparecen una y otra vez en la conversación: Doñana y Gredos.
Sobre Doñana, conviene recordar algo que a veces se pasa por alto: durante décadas se habló del “Coto” casi con el mismo peso que del parque. En un texto divulgativo, Fernando López-Mirones subraya esa paradoja y rescata una frase atribuida a Francisco Bernis, fundador de la Sociedad Española de Ornitología: «En aquellos tiempos, el pensar que hubiera una persona muy interesada en el medio ambiente y en proteger la fauna sin que fuera cazador, era imposible». La cita, guste más o menos, ilustra una época y un contexto social.

En Gredos, la historia se cuenta casi sola. La creación del Coto Real aparece ligada a la salvación de la cabra montés cuando estaba al borde de desaparecer. Concretamente fue en 1905 cuando se formalizó esa protección tras la cesión de derechos de caza al rey Alfonso XIII, con una idea simple: guardería y veda para recuperar una población reducida a dos o tres docenas de ejemplares.

Hay quien cuenta que, tras fallar un disparo en 1903, el príncipe Elim Pablovich Demidoff habría dicho a Pedro Pidal, marqués de Villaviciosa de Asturias, que un animal tan magnífico no podría desaparecer —refiriéndose al macho montés—. Más adelante, la respuesta atribuida a Alfonso XIII, quien habría asegurado que eso no podía permitirse, fue lo que encendió la mecha de un coto de caza real origen de la conservación de una de las especies más emblemática de España.
Los cazaderos reales como primeros ‘parques naturales’
El reciente estudio recoge prácticas que hoy no encajarían ni legal ni éticamente, y la propia discusión científica señala sesgos posibles en lo que se anotaba y lo que se ignoraba. No obstante, lo relevante es otra cosa: demuestra que existen datos históricos sistemáticos y sorprendentemente detallados, pero que estaban fuera de las anotaciones de muchos científicos porque nacieron con otra intención. Propone además el citado estudio movilizarlos para entender tendencias a largo plazo, con un valor añadido: al tratarse de registros indiscriminados en cuanto a especies, cubren más taxones que otras fuentes históricas.
El estudio deja una última lección incómoda para el presente. Si queremos hablar de conservación con rigor, necesitamos saber cómo eran los sistemas naturales cuando los impactos eran menores o diferentes, y en eso cazadores como Fernando VI dejaron un legado que no podemos obviar. Debemos mirar atrás sin prejuicios, rastreando archivos, manuscritos y documentos que, a priori, nadie habría etiquetado para su posterior estudio como fuentes de biodiversidad.
Por último, debemos destacar que el ‘Asiento de la Caza’ demuestra una vez más que el paisaje donde la fauna era abundante hace 275 años era en ciertos enclaves porque el territorio se gestionaba para ello, aunque el objetivo fuera que el rey cazara.








