El vídeo ha sido publicado por Vanessa Almeida en su cuenta de Instagram @valmeida8000, donde analiza con un tono sereno y técnico lo ocurrido en Panticosa. Su reflexión parte de un dato que muchos esquiadores conocen bien: el accidente se produjo con un nivel 2 de riesgo de aludes sobre 5, el más habitual durante buena parte de la temporada y con el que se mueve la mayoría de practicantes del esquí de montaña y el alpinismo.
Panticosa es, además, una zona especialmente delicada. Según explica, se trata de un entorno con grandes pendientes, corredores muy marcados y amplios paredones donde la nieve puede cargarse con facilidad. Aunque los refugios señalizan las áreas de mayor riesgo, el peligro forma parte inherente de este tipo de terreno, incluso cuando el parte no es extremo.
Cuando el riesgo no parece alto… pero lo es
Vanessa recuerda que ella misma ha esquiado en Panticosa en estas fechas y que conoce bien su carácter avalanchoso. El mensaje que lanza es claro: no hace falta un parte de nivel cuatro o cinco para que una avalancha sea mortal. De hecho, la mayoría de los accidentes graves se producen con niveles intermedios, cuando la percepción de peligro disminuye.
Tras ver las imágenes del operativo de búsqueda, en el que se utilizaron perros, palas y sondas, la experta apunta a una posibilidad inquietante: que algún sistema de seguridad no funcionara correctamente o no estuviera siendo utilizado. A partir de ahí, decide explicar qué considera imprescindible llevar siempre encima cuando se entra en este tipo de terreno.

El equipo que marca la diferencia bajo la nieve
Todo esquiador de montaña, insiste, debería llevar siempre tres elementos básicos que trabajan de forma conjunta cuando se produce una avalancha. El primero es el ARVA, un dispositivo electrónico que emite señal de forma continua. Vanessa subraya la importancia de comprobar su estado antes de cada salida, asegurarse de que tiene batería suficiente —ella cambia la pila cada temporada— y, sobre todo, llevarlo correctamente colocado en un arnés pegado al pecho, bajo la ropa exterior, de forma que no pueda perderse durante el arrastre.
Junto a este dispositivo, la sonda y la pala completan un sistema inseparable. En su caso, utiliza ambas de carbono para reducir peso, ya que se portean durante toda la jornada. La sonda permite localizar con precisión el punto exacto donde se encuentra enterrado un compañero una vez detectada la señal del ARVA, alcanzando profundidades de hasta dos metros y medio. La pala, por su parte, es la herramienta clave para excavar con rapidez, algo fundamental cuando cada segundo cuenta.
15 minutos decisivos
La experta explica con claridad qué ocurre tras una avalancha: la masa de nieve arrastra con tal violencia que resulta imposible saber cómo queda la víctima, si con la cabeza hacia arriba o hacia abajo, ni cuánta nieve tiene encima. Gracias al ARVA, los compañeros pueden pasar el suyo a modo búsqueda y conocer no sólo la ubicación exacta, sino también la profundidad aproximada a la que se encuentra la persona sepultada. A partir de ahí, la sonda confirma el punto y comienza una carrera contrarreloj con la pala.
Vanessa es contundente con el dato: hay unos 15 minutos antes de que la asfixia haga irreversible la situación. Por eso insiste en que este equipo no es accesorio ni opcional. No elimina el riesgo de avalancha, pero sí ofrece una oportunidad real de supervivencia cuando la montaña muestra su cara más dura.
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