El verano se resiste a marcharse, pero el corzo ya ha cambiado de ritmo. Terminado el celo, los machos dejan de perseguir hembras y de marcar territorio a cada esquina y vuelven a lo que más les importa: comer tranquilos. En muchas comunidades autónomas septiembre es el último mes hábil para el rececho del corzo, lo que convierte cada salida en una oportunidad que no se repite. Y justo cuando la presión cinegética baja y el campo empieza a oler a tierra mojada, aparece uno de los mejores reclamos naturales de la temporada: las ricias.
Las ricias son los rebrotes tiernos que nacen en el rastrojo cuando caen las primeras lluvias de otoño. Los granos de cereal que quedaron en el suelo tras la cosecha germinan, el campo reverdece a parches y los corzos lo saben antes que nadie. Esos brotes aportan agua, fibra tierna y nutrientes en un momento en que el monte lleva meses seco. Para el cazador que aún tiene algún precinto que colocar, localizar qué rastrojos han reverdecido primero es ya la mitad del trabajo. La otra mitad es no estropearlo.

El calor que todavía aprieta en los primeros recechos de septiembre condiciona los movimientos de los animales tanto como la lluvia. Los machos se mueven en las horas frescas, al amanecer y en los últimos cuarenta minutos de luz, y durante el día buscan sombra y agua. Charcas, arroyos someros, abrevaderos y regatos con arboleda se convierten en puntos de paso obligado. Ahí, con el viento de cara y paciencia, se puede resolver una temporada entera.
Rastrojos que reverdecen: por qué las ricias son un imán
No todas las ricias son iguales ni aparecen al mismo tiempo. Las nacencias más tempranas y tiernas suelen brotar en los suelos más frescos: bajos, umbrías, pies de algunas tierras y vejigas donde el grano cayó más denso. Esos rincones son los primeros en reverdecer y los primeros en recibir visitas. Un macho viejo que ha aprendido a comer sin exponerse demasiado entrará al rastrojo por el borde más protegido, aprovechando la linde o la isla de monte que le da cobertura de retirada.
La estrategia más eficaz en estos escenarios es observar antes de pisar. Una pequeña elevación, media hora de espera con prismáticos y, si hay movimiento, un acercamiento pausado por las sombras u ocultándonos con aquello que encontremos a nuestro paso. En días calmados los animales toleran peor el ruido del rastrojo seco; sin viento, cada paso debe ser medido y calzando suela blanda, si es posible. Una entrada de trescientos metros bien ejecutada da más corzos que uno de kilómetro y medio atropellando caza.
Las cabeceras con más grano caído, las rodadas donde el cereal se amontonó y los pequeños claros del rastrojo concentran las mejores nacencias. Si ese mosaico coincide con un viento favorable, resérvalo para la última luz. Espera con el sol a la espalda, evitando destellos en la óptica y el brillo de la piel descubierta, que el corzo localiza sorprendentemente lejos.
Calor, agua y sombras
Cuando el termómetro aprieta, los corzos comprimen su actividad a las franjas más frescas y buscan agua con más regularidad de lo habitual. Antes de plantear una espera junto a un aguadero, conviene asegurarse de que es legal en la comunidad autónoma correspondiente y de que el titular del coto o la finca lo autoriza. Si es viable, la posición ideal es a sotavento y a distancia prudente, sin pisar la senda de entrada del animal.

Los corredores frescos son las autopistas discretas del corzo en septiembre. Las orillas de sotos, las umbrías de encinar o pinar y las vaguadas que conectan monte con rastrojo concentran el tráfico de animales en las horas de calor. Los rastros en la arena más fina, las heces recientes en los bordes del rastrojo y alguna escodadura vieja en pequeñas jaras o retamas ayudan a dibujar el mapa de movimientos. Con ese croquis, elige un punto de espera que permita un disparo seguro y una salida silenciosa si no cuadra la jugada.
En días especialmente cálidos, reduce la actividad al amanecer y a los últimos treinta o cuarenta minutos de luz. Si el viento cambia, retrocede y reintenta; septiembre no perdona errores y puede que ese gran corzo que aún no has conseguido meter en el visor se te escape para siempre.
Señales que valen un corzo en septiembre
Tras el celo, la actividad de marcaje baja, pero aún se encuentran frotaderos viejos y camas en islas de monte cercanas a comida. Las heces más oscuras y compactas en los bordes del rastrojo suelen delatar comidas recientes de ricias. Las sendas frescas, con pisadas paralelas, marcan rutas de ida y vuelta entre cobertura y alimento: ahí es donde un puesto discreto ofrece más opciones.
Planifica las entradas y, sobre todo, las salidas. Puedes ayudarte del móvil y marcar en Maps la línea limpia hacia un camino y así evitar cruzar las zonas donde se alimentan.
Un peluca en el último día: lo que enseña insistir hasta el final
La mejor lección sobre septiembre la vivimos en nuestra propia piel el pasado año. Me encontraba ante el último día de la temporada corcera de 2025. En un monte de Castilla-La Mancha que pocos frecuentan, donde meses atrás una desbrozadora había eliminado la estepa y ya brotaba pasto nuevo entre los pinos silvestres, me crucé con el animal que nunca imaginaba: un corzo peluca. El receche arrancó sin grandes expectativas, pero acabó siendo uno de esos regalos del monte que no se olvidan.

De aquella jornada aún conservo varias lecciones. La primera, no darte nunca por vencido: el patrón de comida manda y las alteraciones del entorno —labores, movimientos de ganado, aprovechamientos forestales…— pueden mover a un macho de un coto a otro. La segunda, que los viejos a veces enseñan la cara cuando el rastrojo o el monte aclarado ofrece verde fresco y el calor aprieta. Y la última, que el último día de la temporada, por qué no, puede ser el mejor de la temporada.








