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Coronavirus: Magistral reflexión de un cazador ante la saturación de los supermercados

Jara y Sedal

La muchedumbre abarrota los supermercados ante el miedo de quedar sin abastecimiento de comida y otro productos de primera necesidad debido al coronavirus. Juan Beltrán, el «cazador pobre» más aplaudido de Wild Frank Caza, recuerda cómo se abastecían las familias cuando él era solo un niño. 

Juan Beltrán Sánchez

Las noticias de los diarios televisivos hablan de largas colas de gente en las grandes superficies para hacer acopio de alimentos y artículos, y de que faltan ya algunos productos en sus estanterías. Hasta el presidente de una de estas grandes superficies ha salido en la tele para tranquilizar a la población. Es más, mi hija me confirmaba la veracidad de lo dicho desde un pueblo cercano a Madrid.  

Sin saber por qué, he recordado los años de mi infancia, la casa donde nací y la tienda de comestibles de mi tío Facundo: un pequeño portal en lo alto de la calle Barreras donde despachaba -muchas veces fiado- arroz, lentejas, garbanzos, judías, azúcar, vino…, a granel; y otros artículos de primera necesidad. He recordado imágenes de aquella enorme despensa que había en casa, junto a la cocina, llena de tarros de conservas -tomates, pimientos, berenjenas, alcaparrones, mermeladas…- y orzas donde, conservados en manteca, estaban los lomos, costillares y embutidos de los cerdos que sacrificábamos en otoño. He visto en mi memoria: los jamones y lienzos de tocino, las ristras de ajos y pimientos secos y los racimos de uvas pasas colgando del techo; los higos secos, las nueces, almendras y castañas; las garrafas de cristal de boca ancha llenas de aceitunas rajadas y el enorme depósito para el aceite de oliva -entonces no se le denominaba “virgen extra”-; los melones, granas y membrillos que había en el pajar.

Sin saber por qué, he recordado el enorme corral de la calle Del Sacramento, 20; la casa donde nací. Sus cuadras, y en ellas: cerdos, gallinas –con sus violadores gallos-, un par de cabras con sus chotos, y en el fondo media docena de conejas de cría sueltas en un corral empedrado -para evitar que escavaran madrigueras- con su correspondiente refugio, que a la vez, servía de palomar. He visto en mi memoria: las dos enormes higueras y el pilar cuadrado donde abrevaba aquel mulo tordo; las parras, de las que colgaban uvas tintas, moscatel o corazón de cabrito, además de su imprescindible sombra; un ‘granao’, un peral, un cerezo y un ciruelo que mi padre injertó con una cuña de albaricoque. Y lo he recordado a él, con su blusa de carbonero, haciendo los surcos para sembrar las papas. Y a Yuni y Linda, mis mestizas, que vigilaban que las ratas no mermaran las producciones.

Hoy, mañana o pasado tendremos que ir a hacer cola en la caja de cualquier gran superficie. Y yo desearé volver a la calle Del Sacramento, 20; donde nací. Y a la pequeña tienda de mi tío Facundo… ¡él nunca salió en la tele para tranquilizar a sus clientas!