Los vecinos de Murgia, un concejo del municipio alavés de Zuia, se han acostumbrado en los últimos meses a una escena poco habitual: ver ciervos caminando con total naturalidad por el casco urbano. No se trata de un avistamiento puntual, sino de un pequeño grupo de machos que lleva todo el invierno moviéndose entre las casas y las fincas cercanas al pueblo.
Los animales se dejan ver con frecuencia en una zona situada junto a los surtidores de la autovía, muy cerca de las viviendas. Allí se alimentan y descansan mientras numerosos vecinos y visitantes se acercan para observarlos y fotografiarlos.
La presencia de estos cérvidos se ha convertido casi en un pequeño reclamo local. Muchos habitantes del entorno ya saben que, si quieren verlos, no hace falta subir al monte ni desplazarse a espacios naturales cercanos como el parque de Salburua.
Una manada de machos que lleva todo el invierno en el pueblo
Según relatan los vecinos, fue el pasado invierno cuando comenzaron a aparecer por el entorno del casco urbano. Desde entonces, el grupo se ha mantenido en la zona y su presencia se ha vuelto habitual para quienes viven allí.
Ahora, a las puertas de la primavera, el espectáculo resulta todavía más llamativo. De hecho, los propios vecinos aseguran que el flujo de visitantes ha aumentado en las últimas semanas.
Un grupo de machos que llama la atención
El hecho de que todos los ejemplares sean machos no es algo extraño. Fuera de la época de celo —la berrea, que tiene lugar en otoño—, algunos machos suelen reunirse en grupos.
En estas agrupaciones los animales permanecen juntos para alimentarse y reforzar sus relaciones sociales, lo que además les proporciona cierta seguridad frente a posibles depredadores.
Eso es precisamente lo que parece estar ocurriendo en Murgia, donde los animales han encontrado alimento fácil en las zonas verdes y en los terrenos próximos a las viviendas.
Entre la curiosidad y los primeros problemas
Sin embargo, la convivencia con estos visitantes salvajes no está exenta de inconvenientes. La presencia continuada de los animales ha comenzado a provocar daños en frutales y pequeñas fincas, lo que empieza a generar cierta división entre los vecinos.
Mientras algunos disfrutan con la oportunidad de observarlos tan cerca, otros empiezan a preocuparse por las consecuencias de que permanezcan durante tanto tiempo en la zona.








