En plena Sierra Espuña, donde el monte mediterráneo convive con una presión constante por la sequía, los incendios y los daños agrícolas, la figura del cazador vuelve a colocarse en el centro del debate. El tercer episodio de La caza sin filtros, la serie documental promovida por Mutuasport y Cazaflix, se traslada hasta Totana (Murcia) para retratar el trabajo diario de una sociedad de cazadores que lleva años defendiendo la gestión del territorio y luchando por el futuro del arruí, una especie declarada invasora en 2016 y cuya presencia sigue generando una enorme controversia.

Lejos de los enfoques más superficiales sobre la actividad cinegética, el documental vuelve a apostar por enseñar la realidad del campo desde dentro. Lo hace acompañando a cazadores, agricultores y gestores rurales que explican cómo la gestión cinegética forma parte del equilibrio de una sierra donde cada decisión tiene consecuencias directas sobre el territorio.

La producción mantiene la línea de los dos capítulos anteriores, estrenados en Almargen y Azuaga, donde la serie ya mostró cómo distintas sociedades de cazadores trabajan en la recuperación de especies como la perdiz roja o el conejo mediante gestión basada en datos y actuaciones constantes sobre el hábitat. En esta ocasión, el foco se desplaza hacia uno de los debates más delicados de los últimos años en el sureste español: el futuro del arruí en Sierra Espuña.

El episodio recoge testimonios de antiguos responsables del coto y vecinos vinculados al monte que recuerdan cómo el arruí convirtió durante décadas a Totana en un referente internacional de la caza de montaña en libertad. También refleja el malestar existente entre buena parte del sector tras la declaración de la especie como invasora, una decisión que sigue siendo muy cuestionada en la zona.

Una sierra gestionada cada día

Más allá del debate sobre el arruí, el documental muestra el trabajo cotidiano que desarrollan los cazadores sobre el terreno. Las cámaras acompañan labores de prevención de incendios, vigilancia del monte y control poblacional de jabalíes, una especie cuya expansión preocupa especialmente a agricultores y propietarios por los daños que provoca en cultivos y explotaciones.

Varios empresarios agrícolas explican durante el capítulo que, sin la intervención continua de las sociedades de cazadores, muchas explotaciones sufrirían pérdidas difíciles de asumir. Esa conexión entre gestión cinegética y economía rural se convierte en uno de los mensajes centrales del episodio.

El capítulo también enseña actuaciones dirigidas a recuperar fauna menor, especialmente perdices y conejos, muy castigados en una zona marcada por la falta de agua. Los cazadores muestran bebederos, aportes de alimento y pequeñas mejoras de hábitat que buscan mantener poblaciones viables pese a las duras condiciones ambientales.

Todo ello aparece acompañado por una idea recurrente a lo largo del documental: la de que gran parte de este trabajo pasa desapercibido fuera del mundo rural. El relato evita caer en el enfrentamiento directo, aunque sí deja patente la sensación de incomprensión que comparten muchos de los protagonistas.

El arruí, entre la polémica y la identidad rural

La figura del arruí vertebra prácticamente todo el episodio. Los protagonistas defienden que esta especie forma parte desde hace décadas de la identidad de Sierra Espuña y sostienen, apoyándose en estudios científicos mencionados en el documental, que su presencia controlada no ha provocado los efectos negativos que justificaron su inclusión como especie invasora.

Uno de los argumentos que más se repite durante el capítulo es el papel que desempeña el arruí en la reducción de matorral, ayudando a disminuir la carga vegetal en una sierra especialmente vulnerable a los incendios forestales. La gestión de esta especie aparece así vinculada no solo a la actividad cinegética, sino también a la conservación del entorno.

La producción deja además algunos de los momentos más humanos de la serie hasta ahora. Especialmente emotiva resulta la relación entre un padre y su hija, unidos por las jornadas compartidas en el monte y por una forma de entender la naturaleza que se transmite entre generaciones.

El arruí, un cortafuegos natural en una sierra cada vez más seca

Uno de los argumentos que más peso tiene entre los defensores del arruí es su papel en la prevención de incendios forestales en Sierra Espuña. Varios investigadores y expertos en gestión forestal llevan años advirtiendo de que la desaparición de esta especie provocaría un aumento de matorral y biomasa en una sierra especialmente vulnerable al fuego por la sequía y las altas temperaturas.

El catedrático de la Universidad Politécnica de Madrid Alfonso San Miguel llegó a alertar de que eliminar el arruí supondría «un abandono peligroso» del monte y facilitaría incendios capaces de provocar «daños irreparables» sobre parte de la vegetación de Sierra Espuña. En la misma línea, el investigador del CSIC Jorge Cassinello defendió que esta especie actúa como un «cortafuegos natural» gracias a su alimentación basada en herbáceas y vegetación baja.

Según Cassinello, el arruí reduce de forma constante la acumulación de combustible vegetal porque «controla la invasión natural de matorrales», algo especialmente importante en un entorno seco donde el monte puede convertirse rápidamente en un polvorín durante el verano. Los defensores de la especie sostienen además que esta labor se realiza de manera continua y natural en zonas de difícil acceso donde los trabajos forestales mecánicos resultarían mucho más costosos.

Para muchos vecinos y cazadores de Totana, el arruí no solo forma parte del paisaje de Sierra Espuña desde hace décadas, sino que también contribuye activamente al mantenimiento de una sierra más limpia y menos expuesta a grandes incendios forestales.

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Los ecologistas mantienen que el arruí debe desaparecer de Sierra Espuña

El debate sobre el futuro del arruí sigue muy lejos de resolverse. Mientras cazadores, agricultores y parte de la Administración regional defienden mantener poblaciones controladas en Sierra Espuña, organizaciones ecologistas como Anse y Ecologistas en Acción sostienen que la especie debería acabar desapareciendo del territorio al estar incluida desde 2016 en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras.

Las asociaciones conservacionistas consideran que no existe base científica suficiente para modificar su actual estatus legal y defienden aplicar medidas encaminadas a su eliminación progresiva. El director de Anse, Pedro García, aseguró que «no hay ninguna razón científica ni de gestión que justifique de ninguna manera el cambio de catalogación de la especie» y sostiene que el objetivo debe seguir siendo la erradicación cuando esta sea viable.

Desde Ecologistas en Acción también rechazan que el arruí pueda volver a considerarse una especie cinegética homologable. Su portavoz regional, Rubén Vives, defiende que la prioridad debe ser evitar su expansión y aplicar controles poblacionales, aunque reconoce la dificultad práctica de hacer desaparecer completamente la especie. Frente a ello, los cazadores de Totana sostienen que el arruí forma ya parte del ecosistema y de la identidad de Sierra Espuña, convirtiéndose así en uno de los grandes puntos de choque entre el sector cinegético y el movimiento ecologista en la Región de Murcia

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